Una administración inadecuada de los bienes materiales es un tema delicado, pero si también administramos mal nuestros recursos internos: emociones, sentimientos, actitudes, pensamientos, ideas, sueños, etc., estamos en problemas. A veces descuidamos nuestro mundo interior para ocuparnos sólo de lo material y allí es cuando se produce un desequilibrio entre nuestra vida emocional, espiritual y el mundo exterior.

Por eso, es tan importante ser personas frugales. Tal vez no robas, no eres infiel a tu pareja, pero conoces la frugalidad de primera mano en distintas áreas de tu vida. Hay un dicho acerca de la frugalidad insensata que afirma que algunas decisiones son ahorrativas, pero al mismo tiempo van a causar grandes derroches. Los ingleses usan una frase que dice: “penny wise, pound foolish”, que podríamos traducir como “sabios en gastar los centavos, pero tontos en gastar los dólares”. Solemos cuidar en demasía los centavos, discutimos o regateamos cuando estamos en el mercado, en aquellos insumos que son prioridad en nuestra alimentación, regateamos hasta el último centavo por los pepinos que vamos a comprar, pero en la boutique no regateamos y allí compramos lo que no necesitamos, lo que no es importante; así es como gastamos más de la cuenta y ahorramos en lo que no se debe ahorrar.

Hay quienes dicen: “¿Para qué voy a ir al odontólogo a gastar en una consulta si mis dientes ya han durado mucho?” Pero cuando viene el problema, tendrá que pagar las consultas de 20 años y otros 20 años más, porque tendrá que someterse a tratamientos más importantes. Como reza el dicho: Más vale una onza de prevención que una tonelada de curación.

Gastamos muchísimo dinero en comprar el carro, pero no gastamos en darle el mantenimiento que necesita. Queremos ahorrar en aquello en lo cual se debe invertir pensando que adquiriremos

ganancia, sin embargo, estamos generando mayores pérdidas. Creemos que somos inteligentes, pero estas conductas demuestran una gran insensatez en la administración de nuestros bienes.
Lucas 12 cuenta que en una oportunidad un joven le pidió a Jesús que interviniera en la distribución de la herencia que tenían que repartir entre él y su hermano. A lo que el maestro le replicó: “¿Quién me nombró a mí juez o árbitro entre ustedes? ¡Tengan cuidado!”, advirtió a la gente. “Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes”. Entonces les compartió esta enseñanza por medio de una parábola: “El terreno de un hombre rico le produjo una buena cosecha. Así que se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha.” Por fin dijo: “Ya sé lo que voy a hacer, derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes. Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida.” Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?”” Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios.

Debemos evitar la insensatez de valorar las cosas más que la vida. La vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes sino de las buenas relaciones que mantiene.

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