No asociaríamos la santidad con la inteligencia. Pero el apóstol Pedro escribe en su primera carta capítulo 1 y versos 13 al 16 “Por eso, dispónganse para actuar con inteligencia; tengan dominio propio; pongan su esperanza completamente en la gracia que se les dará cuando se revele Jesucristo. Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían antes, cuando vivían en la ignorancia. Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: «Sean santos, porque yo soy santo.»”

Así que sí hay una relación entre la inteligencia y la santidad. Podríamos llamarla “inteligencia espiritual”. Así como hay inteligencia cognitiva general, también hay una inteligencia espiritual, que consiste en saber conducir la vida de forma agradable al Señor. Esta inteligencia espiritual se desarrolla al vivir en santidad. Ese es el tema que está tratando Pedro en esa sección de su carta: la santidad. Y el vivir en santidad es un mandato de nuestro Dios: “Sean santos, porque yo soy santo”.

Qué significa ser santo? En el Nuevo Testamento la palabra utilizada es hagios, que significa “santo”, “sagrado”, “apartado”. Dios es santo porque tiene perfección moral, pureza y separación total de cualquier pecado. Él es tres veces santo, y su santidad es uno de sus atributos más enfatizados en su Palabra. Lo extraordinario es que, como creyentes, hemos sido hechos partícipes de ese atributo de su naturaleza divina por medio del sacrificio de Jesús (Hebreos 10:10).

¿Cómo podemos desarrollar entonces la inteligencia espiritual, es decir, cómo podemos vivir en mayor santidad? Pedro nos lo dice: con dominio propio. ¿Y qué es el dominio propio? Es no dejarse dominar de ninguna cosa. Eso incluye nuestras propias emociones, impulsos y pasiones. Por eso agrega que no debemos amoldarnos a los malos deseos que antes teníamos.

Una persona que ha desarrollado su “inteligencia espiritual” es capaz de analizar las consecuencias antes de pecar. Decide por anticipado que no cederá a la tentación porque no quiere cosechar los amargos frutos de la desobediencia a Dios.

Procuremos este año crecer en nuestra inteligencia espiritual, crecer en nuestra santidad, crecer en nuestra obediencia al Señor, y disfrutaremos así, de la vida victoriosa que hay en Cristo Jesús.