“Debo ser fuerte por mi familia” dicen algunos hombres. Sin embargo, es difícil para un hombre reconocer que es débil, porque en la mayoría de los casos, desde niños fueron enseñados a mostrarse fuertes. Si se caían, debían levantarse rápido y aunque estuvieran lastimados, no debían mostrar dolor.
En la adolescencia, debieron hacerse un nombre con los amigos, demostrando valentía en situaciones peligrosas, algunas veces hasta poniendo en riesgo su vida. ¿Todo para qué? Para demostrar fuerza y firmeza. Los que tuvieron formación militar fueron enseñados a que los hombres no lloran ni con las tripas de fuera.
Y esos hombres crecieron, se casaron, tuvieron hijos, y al entregar su corazón a Jesús, traen un estilo de vida distinto al que enseña la Biblia. Dios en 2 Corintios 12:9 dice «Mi bondad es todo lo que necesitas, porque cuando eres débil, mi poder se hace más fuerte en ti». Esta debilidad de la que habla la Biblia en este pasaje se refiere a la fragilidad de la vida. Pablo había recibido revelaciones que nadie más tenía, y para que no se jactara, un aguijón había sido enviado para atormentarlo. Quizás usted ha escalado hasta lo alto de la empresa, con múltiples logros académicos y una trayectoria de liderazgo evidente; ha tenido que sufrir humillaciones, desprecios y calumnias, y a todo se ha sobrepuesto; pero ¿qué le preocupa? ¿Qué temores tiene?
¿Acaso es la estabilidad financiera de su empresa y familia? ¿Acaso es la competencia desleal del mercado y entornos? Y más importante aún ¿con quién comparte estas preocupaciones? ¿O sigue pensando que debe mostrarse fuerte ante todos?
Quienes somos padres, tenemos una carga adicional: el sentido de responsabilidad por los hijos. No los hijos, sino el sentido de responsabilidad. A veces se nos olvida que los hijos son herencia del Señor. Que esas criaturas son de Dios, no nuestras. Y sí, están bajo nuestro cuidado por cierta cantidad de años, pero quien es su verdadero padre es Dios. Y ese debe ser nuestro enfoque: enseñarles a los hijos que Dios es su Padre celestial.
Y así, vamos por la vida, conquistando cerros y montañas, para demostrar nuestro valor y capacidad. Pero se nos olvida algo. El Salmo 127:1 empieza diciendo: “Si el Señor no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles. Si el Señor no cuida la ciudad, en vano hacen guardia los vigilantes.” El Señor es el que edifica la casa porque él es el arquitecto no solo del Universo sino también es el arquitecto de la familia. Debemos aprender a descansar en Dios. No significa que no nos esforcemos, pero debemos entender de que, a pesar de nuestro esfuerzo, es Dios quien obra a nuestro favor.
Hay hombres que posponen ir al médico por ir a trabajar porque piensan que así son más productivos, cuando en realidad, sin salud o en la tumba, ¿de qué bien le harán a su familia? No es por nuestra fuerza, sino por el Dios todopoderoso que habrá provisión en nuestra casa. Dice la Biblia en Zacarías 4:6b: “No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu —dice el Señor de los Ejércitos—.” Hombres, es Dios el todopoderoso, nuestro Padre, quien hace las cosas a través de nosotros. Reconozcamos nuestras limitaciones y dejemos que su poder se perfeccione en nuestra vida. Reconozcamos que somos hijos de un Padre celestial amoroso, aunque el terrenal no nos haya dado ni un solo abrazo.
Este mes que nos celebran a los que somos padres, no olvidemos que somos hijos. Hijos de un Dios poderoso, en quien podemos descansar y confiar.
Pero también hay otros hombres que nos pueden ayudar. En La Fráter tenemos las Reuniones de Desarrollo Integral, que son grupos pequeños que se reúnen en distintas partes de la ciudad, regularmente en restaurantes para platicar, compartir de la Biblia y ser fortalecidos. Si usted ha llevado una vida donde se ha tenido que mostrar fuerte, en los RDI encontrará hombres que han aprendido que la fortaleza de Dios se perfecciona en su debilidad. Envíe sus datos a www.buscocelula.org y lo ubicarán en el que mejor le convenga.
Y recuerde, su familia y hogar se sostienen no por sus fuerzas, sino por el Espíritu de Dios.