Abrazos-Banner

Lea

La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

Vamos a iniciar este tema con la lectura de una porción bíblica que encontramos en Santiago 4:1-3 que dice, ¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra. No tienen, porque no piden. Y, cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones. Desde el principio de la humanidad vemos cómo hay conflictos entre hombres, vemos a Caín y Abel, más adelante vemos a Jacob y a Esaú y así pudiésemos mencionar muchos ejemplos. Hoy de pronto pueden tener conflicto con uno de los hermanos consanguíneos, con un amigo, con un compañero de trabajo, porque las relaciones personales tienen su grado de complejidad.

Una relación entre un hombre y una mujer en el matrimonio puede ser tan preciosa y dichosa, como también puede ser tan tormentosa que ambos quieran salir huyendo. Sin embargo, el cristiano, el discípulo de Jesús, es llamado para trabajar por la paz en esas relaciones personales. Y es que sobran quienes dividen, quien destruyen, quienes buscan meter cizaña para que, en esas relaciones personales, haya pleito. Sin embargo, estamos llamados a procurar la paz, porque nuestro Dios es un Dios de paz.  Siempre que promovemos la paz, no solo amamos a nuestro prójimo, sino que transformamos el entorno en el cual nos movemos y además reflejamos el carácter de Dios.

Jesús, en Mateo 5:9 en las bienaventuranzas, también conocido como el sermón del monte, dice Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Nuestra conducta ante los no creyentes debe ser ejemplar, para que ellos por nuestro ejemplo un día glorifiquen a Dios. 1 de Pedro 2:12 dice, Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación. Cómo, entonces, podemos ser pacificadores. Cómo podemos proyectarnos a nuestro prójimo y a través de nuestro ejemplo, de nuestro buen proceder, para que un día ellos conozcan a Jesús.

No basta solo con venir a la iglesia, venir a la iglesia de pronto hasta se hace fácil, de pronto es bonito, de pronto hasta cae bien, de pronto es alegre. Pero lo que va a generar en otros el que se sientan atraídos por Dios, es que tengamos una conducta ejemplar en todo lugar en el que nos desenvolvamos, en nuestras relaciones personales en nuestra familia, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros compañeros de estudio, con nuestros vecinos. Sí, aún con aquel que todas las noches nos hace bulla, que parquea su carro muy cerca de nuestra casa y que no nos deja estacionarnos, ni nos deja salir. O algún compañero de trabajo o de estudios, de aquellos que molestan. Con todos ellos tenemos que dar una conducta ejemplar.

De hecho, en la primera carta del apóstol Juan dice que cómo es posible que diga yo amo a Dios a quien no veo y no amo a mi hermano a quien sí veo. Hay una inconsistencia en eso. No es posible que vengamos los fines de semana y levantemos nuestras manos y adoremos al Señor y que le digamos Señor, yo te amo, y hasta nos salen unas lágrimas y estemos muy tocados, porque amamos a Dios, pero cuando salimos de este precioso Auditórium nos encontramos con un prójimo al que odiamos. No hay consistencia ahí, algo está mal, porque el que ama a Dios debe también amar a su prójimo.

Hoy veremos cómo podemos amar al prójimo en nuestro trato con él, para que, al honrar a Dios, ellos también terminen honrándole. Hablaremos de cuatro puntos, el primero lo encontramos en el libro de Santiago 1:19-20 que nos dice, Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse; pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere. Tres aspectos interesantes: listos para escuchar y lentos para hablar y lentos para enojarnos. En una reunión muchos quieren hablar y pocos los que quieren escuchar. Uno de los mejores regalos que le podemos dar a una persona esa escucharla. Hay personas que cuando tienen dificultad lo que necesitan es ser escuchadas, algunos ni piden consejo, otros no quieren escuchar su opinión, sino lo que quieren es ser escuchados, porque ser escuchados es liberador.

Cuando se tiene algún problema, una angustia se lo cuenta a un amigo y al final se siente como liberado, pero si se le contara algo a ese amigo y no lo deja hablar, se enoja. Cuando nos toque escuchar, escuchemos atentamente. Esto implica que seremos lentos para hablar. Es triste encontrarnos con situaciones en las cuales en una conversación uno de los dos no deja que la otra persona termine de decir lo que quería decir. Eso tiene dos implicaciones, no lo dejamos terminar, interrumpimos. Al interrumpir, la conversación no continúa de la mejor manera, peor aún si se tiende a enojarse.

Y cuando nos enojamos e interrumpimos se rompe la conversación, rompemos la confianza que esa persona estaba generando en nosotros. Padres de familia, ojo, atención: a menudo rompemos la confianza con nuestros hijos, porque no los escuchamos primero. Una experiencia personal, una de mis hijas se acercó para constarme algo. Y cometí el error que la Escritura me sugiere no cometer. La interrumpí y empecé a emitir juicio de valor. Me dijo, por eso no me gusta contarte las cosas, porque siempre emitís tu opinión antes que termine de contarte lo que tengo que contar.

Tenemos que ser prontos, listos para escuchar, pero lentos para hablar y lentos para enojarnos.

Segundo punto. Efesios 4:29-30, nos dice que amamos a nuestro prójimo cuando hablamos solo para edificar y bendecir, y leemos, Eviten toda conversación obscena. ¿Tenemos amigos que a menudo tienen conversaciones obscenas? ¿Participamos de esas conversaciones? Evitemos toda conversación obscena. Esto implica una reacción pasiva, no platiquemos, retirémonos, pero también la Escritura nos mueve a tener una acción proactiva, una positiva y es lo que nos dice en este mismo versículo, Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan.

Es muy importante que nuestras palabras edifiquen. Si no vamos a edificar con lo que decimos, mejor no hablemos. Nuestras palabras pueden ser como blocks que van edificando, que van agregando valor a la vida de aquellos que nos escuchan. Pero si nuestras palabras no van a edificar, mejor no hablemos. Es muy complicado, a veces y, especialmente en nuestro ambiente, en nuestra Guatemala tan convulsionada por una serie de situaciones que los medios y las redes sociales se ocupan todavía de hacer más grande. Uno se ve influido por ese tipo de cosas y empezamos a hablar. Si vamos a hablar, que sea para edificación, para bendición. No hay nada peor que escuchar a alguien que se llama cristiano decir groserías o hacer comentarios hirientes, aunque estos sean verdad. La verdad sin amor no es de cristianos.

Triste cuando alguien utiliza la Palabra de Dios para condenar. ¿Es verdad? Claro que puede ser verdad, pero cómo me estoy dirigiendo a mi prójimo. ¿Se lo estoy diciendo con amor? O ¿pretendo herirlo? Como cristianos, como hijos de Dios, como discípulos de Jesús debemos decir la verdad, pero tenemos que hacerlo con amor. El versículo que continua en este pasaje dice, No agravien al Espíritu Santo de Dios, con el cual fueron sellados para el día de la redención.

El Espíritu Santo nos selló cuando entregamos nuestra vida a Jesucristo. Le pertenecemos a Dios y el sello de esa pertenencia es el Espíritu Santo. Jesucristo mismo cuando estaba por ser entregado les dijo a sus discípulos a ustedes les conviene que yo me vaya, porque entonces enviaré al consolador, el Espíritu de Dios que estará en ustedes. Jesucristo estaba con ellos, el Espíritu Santo venía para estar en ellos, está en nosotros, somos templo del Espíritu Santo, va con nosotros a cada lugar, está acá. Pero también está con cada uno de nosotros cuando vamos a esa fiesta a la que no debemos ir. Está cuando el varón se va con aquella mujer que no es su esposa y en esos casos se entristece.

Me llama la atención el Salmo 51, lo escribe el rey David después que pecó con Betsabé y mandó a matar a Urías. Todo el capítulo es precioso, porque externa el arrepentimiento genuino que tenía, luego de haber sido puesto en evidencia por ese pecado que cometió. Pero los teólogos opinan y también el contenido del capítulo nos revela esto, David ciertamente estaba triste, arrepentido, porque había transgredido un mandamiento del Señor. Sin embargo, estaba más herido y triste porque había herido el corazón de Dios. Porque una situación es que no obedezcamos al Señor, no cumplamos con Sus mandamientos. Una situación es que pequemos, pero va más allá el asunto, al pecar lastimamos el corazón de Dios, lo entristecemos, por eso el apóstol Pablo nos dice claramente que no agraviemos, que no entristezcamos al Espíritu de Dios. Una de las maneras para no entristecer al Espíritu de Dios es evitando las conversaciones obscenas.

Efesios 5:1-7 Por tanto, imiten a Dios, como hijos muy amados, y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios.  Entre ustedes ni siquiera debe mencionarse la inmoralidad sexual, ni ninguna clase de impureza o de avaricia, porque eso no es propio del pueblo santo de Dios. Tampoco deben haber palabras indecentes, conversaciones necias ni chistes groseros, todo lo cual está fuera de lugar; haya más bien acción de gracias. Porque pueden estar seguros de que nadie que sea avaro (es decir, idólatra), inmoral o impuro tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios.  Que nadie los engañe con argumentaciones vanas, porque por esto viene el castigo de Dios sobre los que viven en la desobediencia. Así que no se hagan cómplices de ellos. Una manera en la que podemos amar a nuestro prójimo es al hablar bendecir y edificar, evitar conversaciones obscenas, así nos proyectamos hacia nuestro prójimo.

Tercero. Amamos a nuestro prójimo cuando se perdona de corazón y no buscamos venganza. Efesios 4:31-32 Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia. Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. En nuestras relaciones personales estamos llamados a ser bondadosos, es decir de carácter sereno y apacible. Alguien bondadoso no da lugar a la ira, a la amargura, al enojo, a los griteríos, a las calumnias. Además de ser bondadosos se nos pide en la Escritura que seamos compasivos. Nadie puede buscar la paz si no somos compasivos, si no somos misericordiosos.

Este versículo nos dice claramente que nos perdonemos los unos a los otros. Hace mucho tiempo “opinaba y creía” que el perdón tenía que llegar a mi corazón, y de alguna manera tener un sentimiento para decir quiero perdonar y eso nunca llegó. Porque, generalmente, no queremos perdonar. Cuando nos ofenden, lo que queremos realmente es venganza. Lo que se quiere es revancha. Cuando nos ofenden no queremos perdonar, no sentimos perdonar. Pero ahora tenemos que entender que debemos perdonar, porque lo que nos dice este pasaje no es una sugerencia, no dice si quieres perdona, si sientes perdona. Nos dice claramente, perdónense los unos a los otros.

¿Hemos perdonado a aquella persona que nos ofendió? ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? ¿Un año, cinco años, veinticinco o hasta cuarenta años? En nuestro corazón hay amargura, perdonemos, perdonemos. Va ser una forma en la cual nos proyectemos, para amar a otros. El ser bondadoso y compasivo incluye ese perdón mutuo, solo el perdón restaura y mantiene relaciones. No existe relación en la que uno o los dos se hayan fallado, pero la medicina es el perdón. Menciono la relación matrimonial, porque es la relación en la que dos conviven la mayor parte de la vida y hemos podido observar a través de la experiencia que los matrimonios que perseveran son aquellos que practican el perdón, porque se han llenado del amor de Dios.

Cuando nos llenamos del amor de Dios, entonces, se capacita para perdonar, porque amar es dar y entonces se puede dar perdón. Generalmente, los que nos ofenden más o las heridas que nos duelen más vienen de aquellos que amamos. Seguramente identificamos a un grupo que es muy “amable, muy cordial”, se identifican fácilmente en el tránsito vehicular: los taxistas. A ellos se ha agregado otro grupo: los que manejan buses tanto urbanos como extraurbanos, y ahora los motoristas que nos ofenden, pero si somos cristianos genuinos no les respondemos. Ahora, si somos creyentes no muy genuinos entonces también nos despachamos unas cuantas de regreso. Pero, finalmente, a la vuelta de la esquina se ha olvidado a esa persona, a menos que seamos muy rencorosos, tomemos el número de placa y lo persigamos. Pero generalmente se olvida esa ofensa rápidamente, pero cuando nuestro hijo, nuestro cónyuge, nuestro amigo nos ofende, esa herida duele más y cuesta más sacarla. La Palabra del Señor, hoy nos anima y nos instruye a que nos perdonemos.

Somos llamados a perdonar, así como Dios nos perdonó en Cristo. La base que lleva todo cristiano de perdonar, es la acción sacrificial y redentora de Dios en Jesucristo. Hemos sido perdonados, pero no merecíamos el perdón. Jesucristo vino y se entregó para que, por medio de Él, Dios nos concediese el perdón. En Mateo 18:21-26 menciona una parábola preciosa que algunos han titulado la parábola del siervo malvado y empieza ante una pregunta o una conversación que Pedro tiene con Jesús y le dice, ―Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? ―No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces —le contestó Jesús—.  »Por eso el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a hacerlo, se le presentó uno que le debía miles y miles de monedas de oro. Como él no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su esposa y a sus hijos, y todo lo que tenía, para así saldar la deuda. El siervo se postró delante de él. “Tenga paciencia conmigo —le rogó—, y se lo pagaré todo.

Mentira, no se lo podía pagar. Ese siervo nos identifica, nosotros no podemos pagar la deuda que tenemos con Dios. Muchas veces pensamos que sí lo podemos hacer con buenas obras. No, no podemos pagar la deuda que tenemos con Dios y en esa misma parábola, el rey le dice está bien te perdono, no pasa nada. Sale este y se encuentra con un consiervo que le debía mucho menos, en términos de cantidad, algo que sí se podía pagar y le dice: por favor perdóname, te lo voy a pagar. Si no me lo pagas, te meto a la cárcel —. Y lo mete a la cárcel. El rey se entera de la situación y le dice: “¡Siervo malvado! —le increpó—. Te perdoné toda aquella deuda. “Todo lo que no podías pagar y tú no le has podido perdonar a tu consiervo”.

Esto nos identifica muchas veces, Dios nos perdonó todo y no podemos muchas veces perdonar algo. No importa qué nos hicieron y cómo nos lo hicieron, pero Dios nos perdonó todo. La única manera en la que pudiésemos hacer algo sería entregar totalmente nuestra vida y la vida, entonces, sería condenada por la eternidad, por eso Dios envió a Jesucristo, porque siendo Dios justo y amoroso, para hacer justicia y por amor envió a Su Hijo, para que por su medio fuésemos hallados justos delante de Él y perdonados.

Perdonemos, sigamos el ejemplo de Jesucristo. Lucas 23:32-34 dice, También llevaban con él a otros dos, ambos criminales, para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, lo crucificaron allí, junto con los criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda.  ―Padre —dijo Jesús—, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Mientras tanto, echaban suertes para repartirse entre sí la ropa de Jesús. ¡Qué ejemplo, el de Jesús! Estando en la cruz se dirige a todos aquellos que lo estaban crucificando y se dirige al Padre para perdonarlos, porque no saben lo que ellos hacen. Hay personas que nos han ofendido y ni se han enterado de la ofensa, porque creyeron que estaban haciendo bien, pero ofendieron. Perdonemos, sigamos el ejemplo de Jesucristo, porque amamos a nuestro próximo cuando perdonamos y no buscamos revancha.

Número cuatro. Amamos a nuestro prójimo cuando damos sin poder ser recompensados, por lo que reciben. Lucas 14:12-14 También dijo Jesús al que lo había invitado: ―Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos, a su vez, te inviten y así seas recompensado. Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos. Entonces serás dichoso, pues aunque ellos no tienen con qué recompensarte, serás recompensado en la resurrección de los justos. Muchos dicen hoy por ti y mañana por mí, otros dicen hoy por mí y mañana también, pero Jesús dice hoy por ti y mañana por ti, pasado mañana por ti, la próxima semana también por ti, porque Él nos ha dado todo y nosotros no tenemos nada para darle.

Para muchos la vida es de sumar y restar, “yo busco las conexiones, los conectes, quién me puede dar, quién me puede bendecir”, y son pocos los que buscan a quién pueden darle. Y muchos buscan darle a alguien que, de alguna manera, se los pueden pagar. Esto no implica que no invitemos a los amigos, porque de alguna manera vamos a recibir la recompensa de ellos mismos, otro día nos invitan y todo camina bien. Pero, cuando invitamos a alguien que no puede pagar, recibiremos la recompensa del cielo.

Compartiré dos consejos de una pareja, a la que con mi esposa conocemos muy bien. Nos impresiona porque ellos ayudan a muchas viudas, les dan una mensualidad y no lo han publicitando, ni siquiera sus propios hijos lo saben y a nosotros nos lo compartieron porque tenemos mucha cercanía. Las viudas no les pueden pagar a ellos. No es necesario con dinero para ayudar, lo podemos hacer con nuestro tiempo, con nuestro talento. El segundo ejemplo. El año pasado, uno de mis hermanos enfermó, finalmente estuvo en el intensivo, hasta que el Señor lo llevó a Su presencia. Pero en el proceso de su gravedad, me encontré con una señora de la Fráter, pensé por un momento que ella tenía a un familiar enfermo, y le pregunté qué la llevaba al centro hospitalario y me dijo. Yo vengo todos los días a orar por todos los que están en el intensivo. ¿Perteneces a algún ministerio en la Fráter? Si, en un ministerio―. Pero no tiene relación con lo que ella hace afuera. Entonces, me puse a pensar cuántos héroes anónimos hay dentro de esta preciosa congregación que hacen un trabajo excelente y de corazón para Dios, sabiendo que no van a recibir una recompensa de aquellos que reciben ese servicio, personas que no están aquí al frente, porque no les toca estar en la plataforma, pero sirven al Dios vivo y que sirven al próximo amándole y dándole, sabiendo que no pueden recibir de ellos recompensa, pero que la recibirán del cielo.

Invitemos a la mesa también a aquellos que la única recompensa que recibiremos son: gracias. No pueden recompensarnos con algo. ¿En dónde podemos poner en práctica todo esto? ¿Cuándo lo podemos poner en práctica? Hoy mismo, con un familiar, un conocido, un vecino. Pongamos en práctica el amar al prójimo. Al prójimo se ama dándole lo que no nos puede pagar. Dios nos va a recompensar en el día de la resurrección de los justos.

Proverbios 19:17 nos dice Servir al pobre es hacerle un préstamo al Señor; Dios pagará esas buenas acciones. Amamos a nuestro prójimo, le expresamos amor haciendo cuatro cosas. 1. Listos para escuchar y lentos para hablar, lentos para enojarnos. 2. Amamos a nuestro prójimo cuando hablamos solo para edificar y bendecir. 3. Amamos a nuestro prójimo cuando perdonamos de corazón y no buscamos venganza. 4. Amamos a nuestro prójimo cuando damos un banquete a otros, sin poder ser recompensados por ellos que lo reciben.

1 Pedro 2:12, dice  Mantengan entre los incrédulos[f] una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación.  Que nuestra vida y la forma en la que amamos a nuestro prójimo sea una luz para aquellos que no conocen el amor de Dios en Cristo Jesús. Que con nuestro ejemplo puedan experimentar el amor de Dios, que también ese amor es para ellos.

 

Escuche

La fe viene por el oir…

 

Vea

Como en casa aún en el extranjero…