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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

                 Hay cosas que apreciamos mucho y las cuidamos continuamente, hay quienes, por ejemplo, aman su carro más que a su mujer. Lo limpian, lo aspiran, lo enceran y lo acarician y lo mantienen impecable, qué bueno, hay que cuidar nuestros vehículos. Hay señoras que aman tanto sus joyas que también las cuidan, las sacan, las limpian, hacen inventario y las separan por colores, tamaños y diseños, y aun así, a la hora de salir no saben qué ponerse. A todos nos toca cuidar cosas, hay personas que aman tanto a sus mascotas que las cuidan con mucho esmero. He conocido personas que no tienen hijos pero sí tienen perros, gatos, loros, canarios. Por cualquier cosita que le pase a la mascota van al veterinario, a la clínica para mantener a su perrito o perrita bien peinado, bien recortado, bien vacunado y bien alimentado.

            Es increíble, es una fortuna que se gasta en el mundo solo en el cuidado de las mascotas. Y no digamos en el aspecto personal, todos tratamos de cuidarnos mucho y por eso hacemos tanto énfasis en estar lo mejor posible, en buena condición física, cuidamos lo que comemos, ya no nos comemos tres tamales, solo uno. Evitamos ciertas comidas que son chatarra, ya no vamos a ciertos lugares a comer tantas cosas fritas, porque nos hacen mal al corazón.

            ¿Cuántas personas hay aquí que ya les han operado el corazón? Hay algunos, esta es una iglesia muy saludable, aquí no hay gente que ha sufrido del corazón, pero yo les aseguro que si nos lo examinan hay varios que tienen sus arterias algo tapadas por tanta fritura que han comido. Al subir las gradas a medio camino sentimos que se nos acaba el aire porque no estamos en buena condición física, hemos cuidado muchas cosas, a veces no cuidamos nuestra salud, no cuidamos nuestro cuerpo. Nuestra apariencia personal la cuidamos. Nos gusta estar lo mejor vestidos, lo mejor combinados.

            Entre las cosas que debemos cuidar hay una que el proverbista Salomón nos menciona de una forma importante y es la que aparece en el libro de Proverbios 4:20-27 Hijo mío, atiende a mis consejos; escucha atentamente lo que digo. No pierdas de vista mis palabras; guárdalas muy dentro de tu corazón. Ellas dan vida a quienes las hallan; son la salud del cuerpo. Por sobre todas las cosas cuida tu corazón. Mire lo que dice el hombre más rico y más sabio de su época: por sobre todas las cosas, cuida tu corazón, porque de él mana la vida. Aleja de tu boca la perversidad; aparta de tus labios las palabras corruptas. Pon la mirada en lo que tienes delante; fija la vista en lo que está frente a ti. Endereza las sendas por donde andas; allana todos tus caminos. No te desvíes ni a diestra ni a siniestra; apártate de la maldad.

            Grandes lecciones, pero quiero repetir el versículo 23: Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida. Aleja de tu boca la perversidad; aparta de tus labios las palabras corruptas. Hay gente malcriada para hablar, solo abren la boca y sueltan palabras obscenas, corruptas, frases hirientes, gente que está todo el tiempo sacando de su corazón, pero no edifican y por eso nos dice acá el proverbista que debemos cuidar nuestro corazón, porque de él mana la vida, pero si lo descuidamos va a salir de él corrupción, perversidad, maldad. Eso es lo que nuestro Señor Jesucristo enseñó en Lucas 6:43-45 »Ningún árbol bueno da fruto malo; tampoco da buen fruto el árbol malo. A cada árbol se le reconoce por su propio fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca.

            Recuerdo a un conocido, que hace muchos años, hace varios gobiernos, cuando nos juntábamos para conversar y comer, siempre me hablaba pestes del gobernante: ese gobernante es corrupto, es ladrón, esto y lo otro, pero yo decía con qué vehemencia lo dice, con qué convicción lo dice. A los pocos meses lo capturaron porque estaba haciendo negocios raros con el gobierno. ¿Por qué hablaba tan mal del presidente? porque él estaba metido en los negocios malos. Hay un adagio que dice: el que habla de la pera, comérsela quiere. El filósofo griego decía la máxima famosa “Conócete a ti mismo”. ¿Cómo me voy a conocer a mí mismo? por las palabras que hablo. Lo que yo hablo va a revelarme lo que yo soy, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Yo sé que hay señoras que se juntan a tomar su cafecito y empiezan a pelar a aquella compañera que se hizo cirugía plástica. –Aguantá, se hizo aquí, se hizo allá. Qué barbaridad–. ¿Por qué la critican tanto? Porque el que habla de la pera… ellas quisieran hacerse aquí, hacerse allá, pero apenas tienen para comer aquí. Esa es la verdad.

            Muchas cosas que se hablan son por envidia, celos. – Mirá el carro que tiene aquel, para qué desperdicia tanto–. Pero por dentro, ¡qué diera yo por tener un carro como ese! aunque fuera veinte años más viejo. Cuando uno habla, debe oírse, porque así se puede conocer. Cuando la gente habla usted debe escucharla, porque es cuando empieza a mostrarse cómo es. Muchas de las cosas que la gente dice le permiten a usted discernir los pensamientos y las intenciones del corazón de esa persona. Por eso a la hora de contratar personal es importante no solo que llenen un formulario sino sentarse hablar con la persona, porque así sabrá, con lo que habla, como es realmente. Hay gente que parece muy buena hasta que abre la boca. Entonces dice uno, a mí no me conviene tener a este amargado en mi equipo o a esta creída en mi equipo. Al escuchar a la gente la empezamos a conocer, y si nos queremos conocernos a nosotros mismos pongamos atención a lo que hablamos.     Nuestro Señor Jesucristo claramente nos dice: por lo que abunda en el corazón, habla la boca. Es muy importante entender que el corazón al cual se está refiriendo Jesús y Salomón y del cual estamos hablando ahora, no es el que mueve esta bomba que tenemos dentro de nuestro cuerpo, que su función es bombear sangre todos los días, y si su corazón toma vacaciones, usted se va al cielo, no tiene vacaciones, tiene que trabajar 24×7 todos los días hasta que al fin dice hasta aquí. No estoy hablando de ese corazón natural, físico, biológico.

            Le estoy hablando ahora de ese corazón que tenemos en el alma, en el alma es donde tenemos ese asiento de los sentimientos, de las emociones y de las intenciones. En el alma es donde vamos acumulando las pasiones, los deseos y de ese profundo ser nuestro salen las intenciones, los adulterios, las fornicaciones, todo los malo y todo lo bueno, dependiendo de lo que hay en nuestro corazón. Por nuestra conducta y por nuestras palabras la gente nos llega a conocer, ¿cómo van a saber que usted es un buen cristiano? ¿Porque usted golpea agresivamente a su esposa? No. Ese no va a ser un buen testimonio de que usted es un hijo de Dios. ¿Por qué usted maltrata y ofende a sus trabajadores todo el tiempo? Tampoco. ¿Porque usted anda a excesiva velocidad y atropella al que se le ponga enfrente y se va huyendo? Tampoco. Es la buena conducta la que va a dar testimonio de que nosotros somos hijos de Dios.

            ¿Cómo sabemos que un árbol es un naranjo? Porque vemos que produce naranjas. ¿Cómo sabemos que un árbol es un manzano? Porque produce manzanas, ¿cómo sabemos que una persona es un cristiano? Porque producen cristianos, convierte, evangeliza a muchos y además el fruto que sale de él es un fruto semejante al que produce Cristo. Un cristiano además de producir cristianos, es una persona que da fruto en abundancia como el que se espera de un hijo de Dios. Recordemos: el que es malo, de su maldad produce el mal, y el que es bueno de su bondad produce el bien. De lo que abunda en el corazón habla la boca.

            Hay un pasaje muy interesante que dio el apóstol Pablo en el libro Gálatas 5:16-26 Así que les digo: Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa.Porque ésta desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu desea lo que es contrario a ella. Los dos se oponen entre sí, de modo que ustedes no pueden hacer lo que quieren. Pero si los guía el Espíritu, no están bajo la ley. Las obras de la naturaleza pecaminosa se conocen bien: inmoralidad sexual, impureza y libertinaje; idolatría y brujería; odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia; borracheras, orgías, y otras cosas parecidas. Les advierto ahora, como antes lo hice, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad,humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas. Los que son de Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu. No dejemos que la vanidad nos lleve a irritarnos y a envidiarnos unos a otros.

            En mi corazón tengo una bodega, un almacén donde tengo guardados muchos sentimientos y también resentimientos, por eso es importante que tengamos mucho cuidado de lo que tenemos ahí acumulado, para que cuando hablemos, hablemos de lo que abunda en el corazón. Usted es una persona, por ejemplo, que le gusta el fútbol, ¿de qué va a hablar? Si se encuentra con sus amigos, pues va a hablar del Barsa, de Messi, de Neymar, con el problema que lo que les costó contratarlo, que decían eran 57 y ahora van por 90 y pico millones de euros, y usted habla de fútbol. O puede ser que hable del Real Madrid. Usted está interesado porque le gusta, lee, habla fútbol. Y de la abundancia del corazón habla la boca. Quizá su tema no es ese, su tema pueden ser los negocios y es feliz hablando de ellos y de cómo perdió el año pasado 50 millones o cómo ganó 20 millones o cómo por meterse a sus negocios está en la vil calle. En fin, habla de negocios y está hablando siempre del tema.

            La gente va a hablar de lo que tiene en su corazón, por eso decimos que el pez por su boca muere. Recuerdo a un compañero que tuve en la Escuela Bíblica, me tenía tanta confianza que un día me comentaba quiénes eran las candidatas para su novia y yo le decía ¿no te gusta la fulanita? Yo miro que ella está bonita, además veo que tiene cierta deferencia por tu persona. – No –me decía–, es mucho más vieja que yo, mírale esa boca de abuelita que tiene. No me gusta–. Luego me tocó hablar con la que podía ser novia de este muchacho. Mira, le dije, ¿qué pasó, no va a haber nada con aquel? –No, me dijo, es un muchachito–. Pasaron los años, se enamoraron y se casaron. Ahora ella tiene su muchachito y él a su abuelita.

            Muchas veces decimos cosas contrarias a las que queremos, pero lo que sí es cierto es que si tanto hablamos ya sea bien o mal de una persona, por algo será. Pero si queremos conocer la conducta nuestra, examinemos las palabras que decimos, porque de lo que hablamos confirmamos lo que abunda en nuestro corazón. La conducta revela el corazón de la personas, así como el fruto identifica al árbol. Nuestro corazón no puede producir un fruto contrario a la semilla que hay dentro de él. Si sembramos semilla de odio será difícil cosechar fruto de amor. Por eso hay que sembrar semillas de amor, para que podamos dar fruto de amor. Si sembramos semilla de servicio y amor al prójimo, vamos a cosechar fruto de servicio y amor al prójimo.

            Todo lo que hagamos con el prójimo será suficiente premio para nosotros el haber servido, porque al servir estamos siguiendo el ejemplo de Cristo. Jesús dijo: No he venido a este mundo para ser servido sino para servir y dar mi vida en rescate por muchos. Y cuando sembramos esa semilla de servicio, nuestro corazón entonces va a dar fruto de servicio y de amor al prójimo. Por eso hay que entender que la Palabra de Dios es comparada a la semilla que el sembrador salió a sembrar. Dice que parte de la semilla cayó junto al camino y parte de la semilla cayó entre espinos, y parte de la semilla cayó en buena tierra. Si recibimos la Palabra de Dios como semilla debe caer en nuestro corazón, pero no en un corazón que sea como la tierra junto al camino. Porque la tierra junto al camino se endurece por el paso de la gente y de los vehículos, ese camino es duro, no es apto para sembrar la semilla.     

            Si sembramos la semilla en un corazón que tiene espinos y cardos, luego crecen y ahogan la semilla de la Palabra y eso ocurre cuando dejamos que los afanes de este mundo crezcan en nuestro corazón, tanto que ahogan la semilla de la Palabra de Dios. Por eso es tan importante oír la Palabra de Dios, atesorarla en nuestro corazón, que sea sembrada y luego dé fruto. Pero si en vez de sembrar la semilla de la Palabra de Dios en nuestro corazón, sembramos la semilla del rencor, resentimiento, envidia, borrachera, de celos, de odios, lo primero que va a salir cuando hablemos va a ser palabra de rechazos, de repudio, de ofensa, de insulto, van a demostrar muestra amargura.

Todos hemos conocido gente amargada y la gente amargada cuando habla lo primero que suelta es amargura. Todos hemos conocido gente resentida que cuando habla demuestra su resentimiento, son personas que hablan en contra de sus padres, con un resentimiento y amargura horrible o hablan en contra de sus líderes con un resentimiento y amargura horrible o hablan en contra de su mujer, de sus hijos, de quien sea con una amargura espantosa y es porque han dejado que esa semilla sea sembrada en su corazón. Por eso, no debemos dejar que la semilla de las sospecha aterrice en nuestra alma, tenemos que sacar esa mala hierba pronto. La Biblia dice que no debemos permitir que brote en nuestro corazón una raíz de amargura, porque va a convertirse en un gran árbol de amargura, que va a dar su futo y el fruto va ser contaminar a todos y todos los que están cerca de nosotros van a oír que de nuestra boca salen palabras de amargura y vamos a contaminar a todos.

La gente puede estar en un mismo lugar, en una misma situación, bajo las mismas circunstancias y expresarse de una manera muy diferente, ¿por qué? porque en su corazón tiene semilla muy diferente. Recuerdo la historia de aquella jovencita que se casó con un soldado norteamericano y lo mandaron a una base en el desierto de Estados Unidos. Y ella, como esposa, tuvo que ir con él, pero acostumbrada a la gran ciudad sentía extraño estar en el desierto. Y desesperada por el ritmo tan calmado, desolado escribió una carta a su mamá. Mamá: esto aquí es aburrido, no hay nada qué hacer, esto está terrible. Insinuaba entre líneas si podía regresar a la casa y estar con ustedes. La madre le mandó una carta en la que le puso: dos hombres estaban en una prisión, uno miraba el lodo y el otro miraba las estrellas.

            Ahí fue cuando a ella le cayó el veinte y dijo: tengo que empezar a ver lo bueno y lo positivo que hay en este lugar, y empezó a aprender sobre la vida en el desierto, empezó a platicar con los nativos, dos años más tarde tenía tanto material recopilado sobre la vida en el desierto que escribió un libro. Para entonces, ya estaba muy acostumbrada y acomodada y muy contenta, feliz y satisfecha. Cuando ya estaba bien adaptada cambiaron a su esposo a otra base.

            Es importante que sembremos en nuestros hijos palabras de esperanza, palabras optimistas, palabras de fe y crecimiento. No los contamine dándoles palabras negativas de su cónyuge, de su suegra, de su suegro, de su cuñada. Sembremos palabras de fe en nuestro corazón, porque si hay odio no podrá sacar palabras dulces, tiene que cambiar su manera de ver las cosas. Recuerdo a un amigo que hace muchos años me conversaba sobre un conocido en común y me decía: este hombre no cambia, sigue siendo igual, sigue siendo malo. La única manera que veo para que cambie es engendrarlo de nuevo. Eso mismo – le manifesté– dijo Nicodemo a Jesús, y Jesús le dijo que no puede ser. No se puede concebir de nuevo a una persona, cuando a una persona la parieron y la hicieron formarse mal y se convirtió en un desastre de persona, ya no hay nada que la pueda cambiar.

            Ah, señorita, usted se está casando con uno que lo único que habla es de daiquirís, de rones, de vinos, de cerveza, usted cree que por amor a usted cuando se case él va a dejar de beber. Está engañada, usted se está casando con un gran borracho en potencia. Aquel que se toma su traguito de soltero, casado será un gran borracho. Usted no podrá cambiar a su esposa, cuando se case lo va dejar a usted para irse a beber. Es muy importante entender esa realidad, la gente para que cambie necesita nacer de nuevo, pero el único nuevo nacimiento que existe es aquel que ocurre cuando se reconoce que es un pecador, se arrepiente de sus pecados, reconoce a Jesús como su Señor y Salvador, y entonces Dios lo cambia, lo transforma, lo hace una nueva criatura.

            Ezequiel 18:31 dijo Arrojen de una vez por todas las maldades que cometieron contra mí, y háganse de un corazón y de un espíritu nuevo. ¿Por qué habrás de morir pueblo de Israel? Los seres humanos somos capaces de producir cantidades exorbitantes de basura. ¿En su casa no recogen la basura todos los días? Todos los días en las casas se produce basura y si nos visitan los hijos, los nietos, las nueras, las suegras y los consuegros, más basura producimos y por eso todos los días hay que recogerla, meterla en una bolsa, sacarla para que la lleven al basurero. Pero si usted es una de esas personas que dicen recordar es volver a vivir, y exclama qué linda estuvo la cena navideña, guardemos todas las hojas de los tamales. Dejémoslas aquí en la casa para recordar esos momentos agradables que pasamos. ¿Qué va a ocurrir si usted empieza a guardar las hojas de los tamales y toda la basura que se produce? Su casa se va a convertir pronto en un basurero.

Por eso, todos los días tenemos que recoger la basura, trapear los pisos, aspirar las alfombras, sacudir las camas, porque queremos tener una casa limpia, libre de contaminaciones, libre de infecciones, libre de malos olores. Lo mismo ocurre cuando usted recibe una ofensa, imagínese que la ofensa es la hoja de un tamal, después de comérselo tire las hojas a la basura. Ah, pero no, usted agarra esa hoja, la refunde en lo profundo de su corazón y empieza a producirse ahí un mal olor. Cada vez que alguien le hace daño, una ofensa o no lo saluda o no le presta un dinero o no le hace lo que usted quiere que le haga, empieza acumular en su corazón basura. Imagínese cómo estará su corazón lleno de tanta basura.

            Todavía guarda rencor contra aquel maestro que le hizo repetir un año, todavía guarda rencor contra aquel catedrático que lo hizo repetir su examen público y privado. Contra aquel que lo hizo hacer su tesis 39 veces y usted guarda el rencor, eso le va a ser daño. Por eso dice Salomón sobre todas las cosas, cuida tu corazón, porque de él mana la vida. Pero es como aquella agua que usted ve en un drenaje de aguas negras. Sí, es agua, pero es agua contaminada. Usted no va a agarrar un vaso de agua de ahí, se va a infectar. Usted puede ser un cristiano, pero un cristiano contaminado, es un cristiano que se ha dejado ensuciar por lo que le han hablado, por lo que usted ha visto, por lo que usted ha sentido, se ha contaminado, necesita limpiar su corazón todos los días, por eso tenemos que decir al Señor que nos purifique, que nos limpie para no contaminarnos.

            Jeremías 31:33 dice: Este es el pacto que después de aquel tiempo haré con el pueblo de Israel afirma el Señor: Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. El pueblo judío fracasó porque la ley estaba escrita en unas tablas afuera de su alma, pero Dios vino y envió a Jesucristo y con Él al Espíritu Santo para que recibamos al Espíritu Santo en nuestro ser interior y tengamos adentro de nosotros esa inclinación a obedecer los mandamientos de Dios. Y eso hace que de la abundancia de nuestro corazón hable la boca. Si tenemos de veras al Espíritu Santo en nuestro corazón, debemos hablar y mostrar el fruto del Espíritu Santo.

            A veces nos pasa como a David, que cayó en pecado, pecado de adulterio con Betsabé y luego en pecado de homicidio porque mandó a matar al esposo de Betsabé y como consecuencia de eso escribió el Salmo 51 mire lo que dice 51:10-13 Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me alejes de tu presencia ni me quites tu santo Espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación; que un espíritu obediente me sostenga. Así enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se volverán a ti.

            ¿Piensa que debemos pedirle a Dios que nos dé un corazón limpio? Algunos necesitamos una buena limpieza de nuestra alma, de nuestro corazón.

 

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