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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

          Todos en estos últimos días hemos comprado algo y una de las cosas que vemos cuando lo compramos es el precio a pagar. Después de las fiestas navideñas viene una época de ofertas para tratar de salir de todo el inventario que hay en las tiendas y a veces se compran mejores artículos navideños después de la navidad. Llega a su trabajo, después de la Navidad, con una chumpa nueva, un saco nuevo, una corbata, un carro nuevo y la pregunta es ¿cuánto te costó? Y algunos dirán una buena carrera, otros contarán cuántos dólares o quetzales pagaron por aquello que están ahora estrenando. Todo en la vida tiene un precio a pagar, no hay nada gratis, todo tiene un precio y hay que pagarlo.

Cuando usted quiere llegar a ser un excelente carpintero, tiene que ser primero un aprendiz de carpintero. Algunos alguna vez entraron a un tallar de aprendices, hay aprendices que entran a las oficinas, a las empresas y los ponen a hacer los trabajos más insignificantes para comenzar. En mi adolescencia me tocó ser aprendiz en algunos talleres, estuve unos días de aprendiz de tapicero, otros días de aprendiz de carpintero, ¿me pusieron hacer unos muebles finos? No, a barrer el piso, yo estaba en la carpintería de aprendiz barriendo la viruta. Cuando se es aprendiz tiene que empezarse por los trabajos más simples y sencillos y solo si usted es fiel en estos primeros trabajos simples y sencillos, entonces lo ascienden, ya no solamente recoge la basura, tiene que ir a botarla.

Ser aprendiz tiene su valor y todos quieren estar conectados con el mejor maestro. Ah qué hermoso es ser aprendiz de pintor con pintores tan famosos como Goya, como otros. Qué bueno es ser aprendiz de escultor, cuando usted tiene a un gran maestro y todos los aprendices quieren ser como su maestro, pero para ser como el maestro hay que seguir al pie de la letra sus instrucciones. Ahora, ¿cómo se le llama a un aprendiz? En la Biblia se le llama discípulo, un discípulo es un aprendiz. Nosotros, los discípulos de Cristo, somos aprendices de Cristo. Tenemos que aprender del gran Maestro cómo vivir bien, cómo gobernarse bien, cómo servir bien. Por eso es importante ser un buen aprendiz.

Cuando Jesús estuvo con sus aprendices, con sus primeros discípulos, tuvo conversaciones con ellos para asegurarse que estuvieran aprendiendo bien y por eso en Lucas, el médico acompañante de Pablo que escribió el Evangelio según Lucas, escribe este relato: Lucas 9:18-25 “Un día cuando Jesús estaba orando para sí, estando allí sus discípulos, les preguntó: — ¿Quién dice la gente que soy yo? —Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que uno de los antiguos profetas ha resucitado —respondieron. —Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? —El Cristo de Dios —afirmó Pedro. Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran esto a nadie. Y les dijo: —El Hijo del hombre tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que resucite al tercer día”.Dirigiéndose a todos, declaró: —Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga.Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo? Esta es una frase que vale la pena subrayar ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde?

A veces nosotros por ganar el mundo entero nos perdemos. Sí, hay quienes conquistan las grandes fortunas, alcanzan grandes posiciones, se vuelven ricos y famosos, pero pierden el respeto de sus hijos, el amor de su esposa, la reputación y el prestigio ante el mundo. Por eso tenemos que entender y aprender de nuestro Maestro: que la abundancia de bienes no es lo que hace nuestra vida feliz. El hombre no es feliz por lo que posee, es feliz por las relaciones que mantiene, si tiene una buena relación con Dios y tiene una buena relación con la familia será una persona feliz, pero tenemos que entender que no vale la pena ganar el mundo entero, si perdemos lo más valioso. De nada sirve. Versículos 23-25:“Dirigiéndose a todos, declaró: —Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. ¿Cuántos quieren ser discípulos de Cristo? Todos los que estamos aquí queremos ser sus discípulos. El requisito es muy claro aquí: negarse a uno mismo y llevar su cruz cada día y seguirle. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria.

Debemos evitar en esta vida avergonzarnos de Cristo, jamás se avergüence, si llega al trabajo y alguien le dice: te vi en una foto y estabas en una actividad de la Fráter, no le diga es que mi suegra me obliga a ir. Al contrario, sí, yo voy, que bonito es, vieran lo que Dios ha hecho en mi vida. Dios ha sido fiel, me ha trasformado, ha bendecido mi casa, me ha quitado los vicios, estoy feliz siendo discípulo de Cristo. Es más, te invito que me acompañes a mi célula, te invito a que vengas a la Fráter. Jamás nos avergoncemos de Cristo, jamás nos avergoncemos del Evangelio, porque es poder para salvación a todo aquel que cree. Nosotros nunca nos avergonzamos de nuestro Señor Jesucristo.

          Además, dice el versículos 27, les aseguro que algunos de los aquí presentes no sufrirán la muerte sin antes haber visto el reino de Dios”. Cuando Jesús le preguntó a sus discípulos ¿y ustedes quién dicen que yo soy? Pedro afirmó el Cristo de Dios, Pedro creyó que Jesús era el Cristo de Dios. Al final de los cuatrocientos años de silencio entre el libro del profeta Malaquías y el Evangelio pasaron cuatro siglos, cuatro siglos sin profetas que proclamaran a Jesús, cuatro siglos sin manifestaciones del poder de Dios. El pueblo estaba oprimido esperando un Ungido, un Mesías, un Libertador que cambiara la situación socio económica y política de Israel, recordaban las promesas de antaño de los profetas antiguos que decían que vendría un Rey a libertar a Israel. De pronto Pedro es quien dice, no solo eres un profeta, no solo eres una personalidad, tú eres el Cristo de Dios.

Cuando leemos la Biblia entendemos que los judíos esperaban un Mesías, mesías es una palabra hebrea que significa ungido, pero nosotros usamos la palabra Cristo, en griego, el término conlleva exactamente el mismo significado de ungido. Cuando usted dice Jesús el Cristo, cuando usted dice Jesucristo está hablando del Ungido de Dios, del Mesías esperado. Por supuesto, para muchos era difícil ver que Jesús era el Mesías, porque venía de una familia humilde, era el hijo de un carpintero, pero había aprendido de su padre José, el carpintero, la carpintería. Esto me hace recordar un buen libro que escribió Josh McDowell que se llama “Más que un carpintero”, porque Jesús sí era un carpintero, pero más que un carpintero, es el Ungido el que vino a libertar al pueblo no solo de Israel sino al mundo entero. Pedro reconoce que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Ungido, aquel descendiente del linaje de David que sería el Rey de los judíos. Pedro había sido testigo de la vida, milagros y enseñanzas de Jesús, por lo que tenía fe en Él. Y lo reconocía como el Cristo, no en medio de un avivamiento espiritual sino en medio de un desierto que estaba terminando, cuatro siglos de desierto espiritual.

Pedro confesó a Jesús el Cristo por fe y nosotros debemos hacer lo mismo. El apóstol Pablo nos enseña qué es creer en Jesucristo, lo que representa, lo que significa para nuestras vidas. Romanos 10:5-13: “Así describe Moisés la justicia que se basa en la ley: «Quien practique estas cosas vivirá por ellas.» Pero la justicia que se basa en la fe afirma: «No digas en tu corazón: “¿Quién subirá al cielo?” (es decir, para hacer bajar a Cristo), o “¿Quién bajará al abismo?” » (es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). ¿Qué afirma entonces? «La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón.» Ésta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. ¿Cuántos han confesado con su boca que Jesús es el Señor, que Dios lo levantó entre los muertos? Entonces somos salvos por esa confesión poderosa que el Señor nos ha permitido hacer. 10 Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo. Así dice la Escritura: «Todo el que confíe en él no será jamás defraudado.» Subraye esta frase, Dios no lo defraudará, jamás lo dejará avergonzado o defraudado.

Qué importante es que nosotros creamos en el Señor, no solo con todo nuestro corazón sino que lo confesamos con nuestra boca. No hay diferencia entre judíos y gentiles, pues el mismo Señor es Señor de todos y bendice abundantemente a cuantos lo invocan, Usted quiere ser bendecido por el Señor, invoque Su nombre, pida al Padre en nombre de Jesús y le será dado, porque el que busca encuentra, el que pide recibe, y al que llama se le abrirá y la promesa del Señor es bendecir abundantemente a aquel que le invoca.13 porque «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.»

Los que han invocado el nombre del Señor ya son salvos por la fe en Cristo Jesús, Por eso, a veces se nos complica cuando vemos que una persona que conocemos por muy pecadora, de mala reputación, como muy reconocida por su maldad viene al servicio, pasa al frente, recibe a Jesús como su Señor y Salvador y se dice: no puede ser que este esté aquí recibiendo a Cristo si este tomaba licor conmigo, si este asaltaba conmigo, si este mujereaba conmigo. Pero la Biblia dice: que aquel que cree en su corazón que Dios levantó entre los muertos a Jesús y lo confiesa con su boca será salvo, por eso cualquier pecador que venga arrepentido a los pies de Cristo, el Señor lo perdona y lo salva. La prueba de esto, somos todos nosotros que estamos aquí, Él nos ha perdonado, nos ha trasformado y puede transformar a muchos más, por eso es importante creer esta gran verdad.

Usted cree que aquel ladrón que estaba al lado de Jesús en la cruz, cuando los crucificaron, y le dijo a Jesús: acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Y Él le respondió: hoy estarás conmigo en el paraíso. ¿Creen que ese ladrón está con Jesús en el paraíso? Sí. Así que si usted es ladrón, adúltero, mentiroso, engañador, pecador, lo que sea y usted le dice a Cristo: Cristo acuérdate de mí cuando vengas en tu reino, el Señor le perdonará sus pecados, Usted confiesa su fe en Jesús, el Señor lo salva, no importa los pecados que haya cometido. Por eso insistimos que la gente confiese su fe en Cristo, cada vez que nos reunimos, si usted está aquí y ha creído en su corazón que Jesús es el Señor y que Dios lo levantó entre los muertos, pero no lo ha confesado con su boca, hágalo ahora, le vamos a dar la oportunidad, para que pueda decir, Pastor Jorge ore por mí, yo creo en Jesús, quiero confesarlo públicamente. Usted puede estar enamorado de una persona, pero si no se lo dice, si no se le declara como decimos, no se va a consolidar esa relación.

Cuántos no han declarado alguna vez que amaban a una persona. Todos alguna vez hemos declarado que la amábamos. Y la verdad es que es emocionante. La muchacha puede saber que usted la ama, pero tiene que llegar y decir me gustas, te quiero, casémonos. Esa declaración de amor es importante, no basta con pensarlo y sentirlo, hay que confesarlo.

Lo mismo ocurre es nuestra relación con nuestro Señor, no basta con sentirlo y creerlo en el corazón, hay que confesarlo con nuestra boca, porque hay un milagro en nuestra boca, en nuestras palabras está el poder de la vida y de la muerte, y cuando hablamos vida y decimos Jesús yo creo en ti, Jesús en ese momento nos adopta como sus hijos y empezamos una relación hermosa. Ahora cuando hablo de enamorarnos y de casarnos, es porque el mismo Pablo escribe en Efesios que la relación entre esposo y esposa ilustra la relación entre Cristo y la Iglesia, esto es un misterio dice, pero la relación entre Cristo y la Iglesia es tan importante como la relación entre un esposo y una esposa. La relación empieza con una confesión, con una declaración. Usted decide casarse, llegar a la boda y el día de la boda usted dice delante del pastor, delante del juez, del abogado: yo acepto. Ella dice sí acepto.

Que rápido se dice sí acepto, eso es cosa de instantes, pero ese es el principio, ese no es el final del matrimonio. Cuando usted dice sí acepto, en el altar, eso es alegre, ahí está la comadre, el compadre, los primos, las primas, la madrina, el tío, la familia, los amigos, las envidiosas amigas, los envidiosos amigos y usted presumiendo de su bombón que consiguió y ella feliz porque consiguió al príncipe azul que soñó. Todos le regalaron ese día, platos, viajes, sábanas, flores, de todo, pero al otro día comienza la realidad.

Ser discípulo de Cristo no es cosa de un día o dos. Decir sí acepto a Cristo Jesús significa sí me caso con Cristo y estoy dispuesto a vivir de acuerdo a las normas de mi Cristo, todos los días de mi vida. Por eso cuando leemos lo que Jesús, el Maestro, le dijo a sus discípulos en Lucas 9:23: “Dirigiéndose a todos, declaró: —Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga”. En la vida matrimonial tenemos que aprender a negarnos. Cuando se casa y como esposo tiene que distribuir su cheque en los gastos de la casa, usted tiene que negarse a sí mismo. Los amigos le dicen vamos a ver jugar al Barsa, a España, vamos al clásico, usted revisa sus cuentas y dice: “no puedo muchá, tengo que negarme a mí mismo, porque ahora mi dinero ya no es mi dinero, ahora es nuestro dinero con mi esposa.” ¿Qué hace si quiere mantener su hogar íntegro y estar en paz no solo con su mujer sino estar en paz con el Maestro? Debe llevar su cruz cada día. Señor clávame esta mano, porque quiere tocar lo que no es suyo. Clávame esta otra, porque quiere hacer lo mismo. Clávame los pies Señor para no ir a donde no debo, porque yo como discípulo de Cristo, si quiero ser un verdadero discípulo, tengo que negarse a mí mismo. Tomar mi cruz cada día y seguirlo.

Para otros la tentación es de otro modo. Viene el jefe y dice: los invito almorzar, nos vamos a ir a un hotel cinco estrellas y vamos a comer rico, pero está que lo primero que pone en la mesa es una botella de licor fino y usted fue bolo por veintidós años, usted probó lo que era todo tipo de licores pero gracias a Dios lo dejó. Este nuevo jefe le dice bueno, hoy van a aprender a celebrar conmigo, así que aquí todos vamos a brindar y aquí está su trago de coñac. Usted en ese momento tiene que negarse y decirle al jefe, muchas gracias, pero a mí el licor me hace daño, aparte de que me hace daño yo fui bolo, y además de eso yo soy discípulo de Cristo y como discípulo de Cristo yos debo obedecer a mi Maestro, le agradezco su generosidad, pero le acepto una buena y cargada limonada.

¿Qué debe hacer un discípulo de Cristo si le ofrecen mordida en su trabajo? No va a decir Padre, gracias por la provisión, tú prometiste Señor que me ibas a dar en abundancia y aquí hay unas buenas mordidas. ¿Qué debe hacer? Negarse. Cuando nosotros nos negamos a nosotros mismos y tomamos nuestra cruz cada día es porque somos discípulos de Cristo. Siempre va a encontrar en la calle cualquier chico, cualquier chica “Choripán”, cuándo quiera, cómo quiera, dónde quiera y con quién quiera. Pero usted ante esas ofertas tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz cada día y seguir. Cuesta llevar la cruz, porque otro día ahí va a estar otra vez, pero cuando usted aprende a negarse hoy, es más fácil negarse mañana y más fácil negarse pasado. Es como cuando usted con la ayuda de Dios deja de beber, primer día le costó, segundo día también, pero llega un día en que eso ya no le importa, lo pueden dejar dormir en una licorera, en una cantina que usted no va a beber licor, porque ya tiene dominio propio, porque ya aprendió de su Maestro. Cuando usted resiste la tentación una y otra vez como lo hizo el Maestro en el desierto, llega un momento en el que el diablo se aburre, porque no lo hace caer y se aparta y se va con otro que está más débil.

No basta con decir sí acepto a Cristo. Ahí empieza la relación con Cristo, Jesús es el esposo, la iglesia es la esposa, nosotros somos la iglesia. Este gran edificio no es la iglesia, esta es la casa donde se reúne la iglesia, nosotros somos la iglesia y tenemos que ser fieles a Cristo, ningún esposo acepta que su mujer le diga: fíjate ya no te voy a poder dedicar todos los días, el lunes voy a salir con un mi enamorado que se llama Andrés, el martes voy a salir con otro mi enamorado que se llama Felipe, el miércoles voy a salir con otro que se llama Estanislao, pero el jueves te lo voy a dedicar. Así que seguramente el jueves voy a estar contigo. Muchas veces esa es nuestra actitud, el lunes lo dedicamos a pornografía, el martes al adulterio, el miércoles a borrachera, pero el jueves estamos fieles en la célula, el jueves es para Cristo, el domingo es para Cristo.

¿Cuántos días de nuestra vida quiere Jesucristo? Todos, tome su cruz cada día y sígame, imíteme, haga lo que yo hago, diga lo que yo digo, viva como yo vivo. Tenemos que ser verdaderamente discípulos de Jesús y hacer lo que Él dice. Si solo confesamos que creemos en Cristo y no nos negamos a nosotros mismos, tomamos nuestra cruz diariamente y le seguimos, solo nos engañamos a nosotros mismos. ¿Vive usted recordando y recriminando a los demás por sus ofensas? ¡Ah! Qué difícil es perdonar. Es que vos me abandonaste cuando era chiquito, le dice el hijo a su padre viejo. Por culpa tuya tuve que luchar y tuve que pasar penas y hambre. Si no me hubieras abandonado me hubiera salido mejor. Pero lo más probable es que Dios permitió esa circunstancia para que usted aprendiera, se hiciera de un carácter y sin necesidad de su padre usted salió adelante, ¿sabe por qué? porque un mejor padre lo adoptó el Padre nuestro que está en los cielos. Perdone a su papá por lo que le hizo.

Sí, hay otros que no perdonan, aquel jefe que los despidió, según ellos, injustamente. Eso me trae a la memoria a un joven que hace como 34 años llegó a mi oficina y me dice: Pastor, me sacaron de Guatel. -Qué bueno-, le dije yo-. Cómo que bueno, si ya no tengo trabajo. Qué bueno, le dije, porque ahora vas a poner tu propia empresa. ¿De verdad pastor? Por supuesto, le dije. Esa empresa te enseñó, te capacitó, te dio mucha experiencia. Ahora tú puedes poner tu propia empresa. Ahí se le abrieron los ojos, empezó su propia empresa y al rato andaba con un carrazo, claro que después lo perdió por ser mal administrador.

A veces el que nos despidan no es una ofensa, es un empujón para salir adelante. Si somos verdaderamente discípulos de Cristo, Él nos enseñó a orar así: Padre, perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofrenden. La Biblia dice que hay que devolver bendición por maldición. Y si a usted le toca estar casado con una mujer que tiene la boca abierta las 24 horas del día, con la misma cancioncita y usted ya lo tiene hasta la coronilla y le dan ganas de darle una trompada para que se calle un rato, niéguese a sí mismo, tome su cruz y diga: Padre, perdóname, yo la escogí. Hazme sordo cuando estoy con ella, dame paciencia. Señora, a lo mejor es usted la que ya no aguanta a su marido por grosero, abusivo, insoportable. Lo ve dormido en el sofá y usted con el sartén de acero en la mano, le tiembla la mano, se siente guiada para darle un sartenazo. Si no lo mata lo deja loco por los menos. ¿Qué debe hacer? Niéguese a sí misma, no le pegue el sartenazo.

Hablaba con una señora y le decía: ¿ha pensado en el divorcio alguna vez? No Pastor, en eso no he pensado, en el homicidio sí. Tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos, no reconoce a su esposo como el líder amoroso del hogar, no es la luz del mundo a través de sus buenas obras, es conflictivo y crea problemas a donde va, Jesús dijo: bienaventurado los mansos, pero los cristianos siempre decimos: pero no dijo los mensos. Tenemos que aprender de Jesús, nuestro Maestro, porque somos los aprendices y Jesús dijo: aprendan de mí, que soy manso y humilde. Tenemos mucho que aprender de nuestro Señor Jesucristo. Por eso Santiago 1:22 nos dice: “No se contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica”.

Jesús dijo en su primer sermón, en el conocido sermón del monte, el que oye mis palabras y las pone en práctica, lo compararé con el que construyó su casa sobre la roca, vinieron los ríos, los vientos, las tempestades y no pudieron acabar con esa casa, porque se construyó sobre el hacer, el poner en práctica, es obedecer la Palabra de Dios, pero el que oye mi palabra y no la pone en práctica, le compararé con aquel que construye su casa sobre la arena. Vienen los mismos ríos, vientos y tempestades que soplaron sobre la otra, pero esta que está sobre la arena sucumbe, porque no obedeció al Señor, no puso en práctica.

Por eso podemos ver, a veces, en una misma familia, en una misma célula, en una misma iglesia gente que pone en práctica la Palabra y Dios las ayuda a permanecer, aunque vengan muchas pruebas. Y otros que no ponen en práctica la Palabra sucumben ante las pruebas que llegan. Por eso si queremos ser verdaderamente sus discípulos tenemos que pagar el precio de negarnos a nosotros mismos, de tomar nuestra cruz y seguir. Todo en la vida tiene un precio que pagar. Yo sé que algunos ya dijeron este año sí voy a bajar de peso. Cuantos se proponen bajar de peso y a la semana se pesan y lo que pasa es que la pesa le marca error, ya no da para tanto. He visto algunos que quieren bajar de peso, pagan el precio y me han acompañado a un bufete y no han comido o comen solo lo que pueden comer y se han volado 86 libras, porque han pagado el precio.

Todo en la vida tiene un precio. El atleta que triunfa es porque pagó un gran precio de disciplina, entrenamientos, dieta, sueños, descanso, sacrificio. Si queremos ser verdaderos discípulos del Señor, tenemos que pagar el precio. En este año para alcanzar nuestras metas tenemos que pagar el precio a todo lo que nos propongamos alcanzar. Pagar un precio implica negarnos a nosotros mismos por algo superior. ¿Qué precio debe pagar para alcanzar lo que se ha propuesto? Es más ¿Qué debe hacer para alcanzarlo? La próxima semana estudiaremos el tema “No corra como quien no tiene meta”, en donde hablaremos no sólo del proceso para alcanzar nuestras metas espirituales y terrenales.

Si vamos a correr, es hacia una meta, que Dios nos ayude.

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La fe viene por el oir…

 

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Como en casa aún en el extranjero…