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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

Vamos a leer un pasaje de las Escrituras que lo va a inspirar para aprender de él. Leamos en nuestra Biblia esta parábola que está en el Evangelio, según Lucas 10:25-37: En esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta: —Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús replicó: — ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú? Como respuesta el hombre citó: —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”,y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.”—Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás. Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: — ¿Y quién es mi prójimo? Jesús respondió: —Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita, y al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de platay se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva.” ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

Nuestro prójimo es el más próximo que tenemos, a veces pensamos que es alguien que está por allá lejos en Zambia, por África. Muchas veces no aprovechamos las oportunidades que Dios nos da para ayudar, precisamente, a aquella persona que tenemos al lado. Por supuesto, dice el pasaje que a Jesús le estaban poniendo una trampa. ¿Quién es mi prójimo? Le preguntaron en la parábola y Jesucristo contesta con esta historia. Muchas veces los expertos en la ley, como este que se acercó a Jesucristo, ya se conocen en la Biblia que un experto en la ley es alguien que se conoce todo el Antiguo Testamento. Es bueno conocer la Biblia, pero es insuficiente conocerla si no la trasladamos a la vida práctica, si no ponemos en práctica lo que leemos. Nosotros decimos que del dicho al hecho hay mucho trecho. También decimos que obras son amores y no buenas razones. Usted puede decir, Pastor, nosotros no somos salvos por obras, somos salvos por gracia, por la fe en el nombre de Jesucristo, y eso es cierto, porque somos salvos en la fe en el nombre de Jesús.

También nos enseña la Biblia que somos salvos para hacer buenas obras. Así que una persona que no manifiesta su fe a través de obras es una persona que todavía no ha nacido de nuevo bien. Sí, las obras no nos dan salvación, pero las obras producen galardón. Cada uno será recompensado, dice la Biblia, cuando se presente delante de Dios conforme a sus obras, si son obras de maldad recibirá de acuerdo a esas obras, si son obras de bondad recibirán recompensa de acuerdo a esas obras.

Leía en Prensa Libre de Guatemala la historia de Jaime Quiyuch, uno de los marchistas que ha destacado ganando medallas en Guadalajara, en muchas partes del mundo y está participando como un marchista destacado, ya está dentro de los primeros veinte del mundo entero. Y cuenta Jaime que de niño vivía separado de sus padres. Ellos se divorciaron y él quedó solo, se fue con su papá, pero bebía licor, lo maltrataba. Así que decidió irse mejor de su casa y dormía donde le agarraba la noche, en el mercado, en el parque, en cualquier parte.

Y este muchacho empezó a recibir instrucciones de diversas personas. Pero me llama la atención el detalle: “hubo una persona que a mí me ayudó mucho a dedicarme a este deporte, porque ella me compró mis primeros tenis”. Esta señora nunca visualizó que con ese par de tenis estaba impulsando a un joven que estaba en contacto con las maras, que estaba en contacto con los muchachos que aspiran pegamento, que estaba destinado al mal. Hoy en día, pues es un joven destacado, famoso en el país, y ahora ya tiene recursos para poder vivir decentemente, porque alguien le mostró amor.

Leía la portada de los periódicos de hoy y la noticia principal de portada. Todos hemos estado al tanto del caso de Cristina Siekavizza que desapareció, no se sabe su rastro, se supone que está muerta, pero no la han encontrado, no puede confirmarse la suposición, hay sospechas de que su esposo tuvo que ver algo con el asunto, apenas fue deportado de México a Guatemala y estará sometido a juicio. Independientemente de si es culpable o no es culpable, la verdad, eso lo dejamos en manos de los jueces que hagan su trabajo. Pero lo que si me llamó la atención fue ver a este hombre, Roberto Barrera, detrás de las rejas y a su mamá del otro lado. Ella ya estuvo adentro de la cárcel, y salió, pero todavía está sujeta a un proceso judicial, según entiendo, pero está ahí a la par de su hijo dándole consuelo. Yo pregunto ¿qué madre va a dejar a su hijo abandonado en la cárcel? Ninguna. Las mamás, los papás, lo verdaderos amigos van a estar con nosotros en la cárcel, si es que nos toca estar, para dar consuelo. No hay mejor prójimo que aquel que nos ayuda y no hay mejor cristiano que aquel que extiende una mano de ayuda al prójimo.

Estar preso no es fácil. Pensaba esta mañana cuántos miles de personas están encarceladas, muchos ni siquiera han sido jugados y llevan años de estar presos y necesitan el apoyo de alguien, pero cuando usted cae en la cárcel ¿quién lo visita? Su mamá tal vez, su esposa quizá, porque lo que son los amigos ya no quieren estar cerca de un preso, porque, dicen, van pensar que también están metidos en ese rollo, en la acusación que le han hecho. La gente sufre. En esta parábola encontramos un caso típico, un hombre dice, que bajaba de Jerusalén. Lo asaltaron. Es terrible, a mí mi asaltaron. Era 1990, el día martes llego a mi oficina y me dice la secretaria: Pastor, ayer llamaron diciendo que sabían que usted no venía lunes porque era su día de descanso, pero que iban a venir para matarlo. Estábamos en el proyecto de construcción del Auditórium de la Calzada Roosevelt y le dije —bueno, si eso ocurre a ver quien termina la construcción—. Eso fue martes, miércoles por la mañana estaba sentado frente a mi escritorio atendiendo a un miembro de la iglesia que nos ofrecía seguros.

En eso entró un hombre a mi oficina. Se paró en una esquina y me dijo que siguiera como si nada, qué raro ese hombre. Botas, chumpa, regular altura, llenito el muchacho. Solo me dijo: —dónde tiene la caja fuerte—. Aquí no hay caja fuerte, le dije. En eso entró otro, ese si traía el arma en la mano y una bolsa colgando del brazo. Se me acercó y me quitó el reloj, y yo dije ya se fueron mis 800 pesitos que tengo en la billetera. Ese me la dejó, no se atrevió a quitármela de la bolsa de atrás. Me dijo —dónde está la caja de seguridad—. Aquí no hay, aquí lo único que hay es caja chica. —Y quién la tiene, aquel, le dije. Vos dale la caja chica, le dije al contador, que era una caja chica muy chica, como 200 quetzales. Otra persona que vino después la usaron para que abriera la puerta, era el encargado de Frátervisión en ese entonces, el licenciado Orlando Pinto. El cargaba como 600 quetzales, se los quitaron. Arrancaron los teléfonos y se fueron.

Dios nos dio paz, tranquilidad, templanza, dominio propio y sobre todo protección. Se fueron con lo que robaron, pensaban que ahí teníamos toda la planilla de los albañiles y trabajadores que eran varios cientos, pero yo había insistido en que no se les pagara en efectivo sino con cheque para mantener transparencia en el proyecto. No se llevaron más. Gracia a Dios dije: ya me vinieron a matar, me hubiera desmayado ahí pero no, todo salió bien. A todos nos toca alguna vez, que nos saquen la pistola, que nos asalten.

 Qué hacemos nosotros si vamos en el camino y de pronto nos encontramos con que ahí hay un hombre al que han golpeado, está sangrando, está medio muerto, está tirado. Como decimos en Guatemala: somos embelequeros, pasamos, damos una mirada, hay mucho tránsito y se detienen todos a ver, pero después de ver nos vamos. Quién se detiene a ayudar al pobre que ha sido asaltado. Es rara la persona que se detiene a ayudar a un herido. Dice la parábola que un sacerdote pasó, vio al que estaba herido, se hizo a un lado y siguió su camino. Luego pasó un levita, se hizo a un lado y pasó de largo.

En este mundo hay mucha gente herida, golpeada, algunos son asaltados, otros son secuestrados. ¿Ha conocido a alguien que ha sido secuestrado? Muchos son los casos. Recuerdo el de un joven secuestrado, esta mañana estuvo en nuestro primer servicio a las siete de la mañana en la Roosevelt, él asiste desde entonces. Salvador Carrillo, un querido hermano de la congregación, un día me dice: Pastor tengo un amigo que está sufriendo porque secuestraron a su hijo, ¿podría ir a orar por él? Nos fuimos a la casa del papá de este joven, qué cuadro se puede imaginar en una familia donde han secuestrado a un hijo: lágrimas, angustia, preocupación. Y ¿qué nos queda hacer? consolar, animar. Todo líder debe ser un distribuidor de fe y esperanza, sobre todo en casos donde hay un joven secuestrado y ahí de rodillas orando a Dios, pidiendo al Señor que fortaleciera a esta familia y que liberara a su hijo. Bendito sea Dios, apareció sano y salvo, pagaron un rescate.

Tiempo después invitamos a los padres de este muchacho a compartir su testimonio en un desayuno que organizamos en Antigua. Y el papá contó la angustia que vivió por el secuestro de su hijo. Pero lo que más me impresionó fue que él decía, mi amigo, el más íntimo nunca me dejó, ahí estuvo presente en todo el secuestro. Y cuando me pedían una cantidad para pagar y yo no tenía suficiente me decía: yo te presto para completar, ahí después me lo pagás. Le ayudó en ese sentido, lo triste del caso fue, decía este hombre, que después de las investigaciones resultó que mi amigo había secuestrado a mi hijo. ¡Qué calamidad! Qué difícil puede ser para alguien que después de confiar en un amigo íntimo, él sea el secuestrador de su hijo. Pero cuando usted ha sido secuestrado y sabe de otro que fue secuestrado, tiene una experiencia y puede ayudarlo.

Recuerdo otro conocido que fue secuestrado y cuando estaba en medio del secuestro se recordó de todos los salmos y versículos que había aprendido de la Biblia, lamentablemente, dijo, eran muy poquitos. Ahí, me dijo me di cuenta de la importancia que hay en saber la Palabra de Dios, porque la Palabra de Dios cuando usted la menciona en medio de cualquier circunstancia difícil, esa palabra le da a usted fortaleza y consolación. Cuando tiene a alguien que sufre, ya sea una enfermedad, ya sea un secuestro, un asalto, sea la muerte de un ser querido, tiene que estar listo para consolar. No basta con que lo veamos, tenemos que tomar acciones. Me da mucho gusto saber que en muchas de nuestras células cuando llega una persona y cuenta que está desempleada y que no tiene ni para comer y a ellos les consta, porque hay algunos que sí son haraganes y vividores, pero hay quienes realmente están desempleados y necesitan ayuda, en la misma célula reúnen para hacerle un supermercado para comprarle alimentos. Creen que la persona que no tienen nada que comer y de pronto le llevan un supermercado a su casa y le dicen: el Señor nos puso obsequiarte eso. ¿No va a recibir consuelo? Por supuesto que sí. Cuando usted tiene hambre, cualquier tortilla tiesa es rica. Cuando usted no tiene que comer, cualquier pan es una bendición. No digamos si usted se propone llevarle a esa gente no solo pan sino leche, azúcar, café y sopas, avena, en fin, todo lo necesario para subsistir.

Tenemos prójimos por todos lados, basta con que demos una miradita y nos vamos a encontrar con un pariente necesitado, vamos a encontrarnos con un compañero de trabajo necesitado, vamos a encontrarnos con alguien que necesita. No todos necesitan comida. Hay quienes necesitan una palabra de aliento nada más. Esta semana recibí la llamada de un amigo que me decía: por favor ore por mi hijo, porque está escondido. Hay una falsa acusación en su contra y lo quieren meter preso. Qué es lo que nos queda en ese caso: orar, pedir que Dios consuele a esta familia que está pasando por una situación difícil. Nuestra responsabilidad no es juzgar, Jesús dijo: no juzguen para que no sean juzgados. Nuestra responsabilidad es consolar. Esta semana, otra vez me tocó estar en un funeraria, había muerto la esposa de un conocido amigo, la madre de una familia conocida, ¿qué nos toca hacer? Consolar. No todos aquellos a los que se les muere un ser querido están económicamente en necesidad. Muchos tienen para el entierro, para la caja de lujo inclusive, para todos los gastos funerarios, pero lo que sí necesitan todos, ricos y pobres, es consolación.

Tenemos en nuestra congregación familias que han sufrido la muerte de un hijo, la muerte de una madre, de un padre, de un hermano, la muerte de un amigo, y lo que nos queda es consolarlos. Hay una pareja de hermanos a los que un día les notificaron que su hijo había aparecido muerto. Y cuando yo me enteré inmediatamente lo llamé para consolarlo, bendecirle, orar con él, fortalecerlo. Amar a mi prójimo como a mí mismo, tratarlo como yo quisiera ser tratado en un caso de esos, bendecirlo como yo quisiera ser bendecido en un caso como esos. Consolarlo, como yo quisiera ser consolado en un caso de esos. Y el hombre se soltó en lágrimas y me dice: Pastor, aquí voy con mi hermano en el carro y su llamado vino muy a tiempo, porque estaba en un desconcierto, en una angustia, en una desesperación, pero el Señor ha obrado a través de sus palabras y de su oración. Dios me ayudó a pasar ese trago amargo de ir a identificar a un hijo muerto.

 Días después me dijo: queremos comenzar un ministerio para ayudar a todos aquellos a los que se les muere un hijo. Rolando Villaseñor y Silvia decidieron comenzar un ministerio al que se le denominó “Un abrazo de esperanza” y a través de ese ministerio cuando hay alguien que fallece ahí está ellos y otros que se les han unido para darle a la gente un abrazo de esperanza. Muchas veces lo que usted necesita es nada más un abrazo. La semana pasada estaba en el lobby del Auditórium de la Roosevelt y se me acercó una señorita me abrazó y empezó a llorar intensamente. Su madre acaba de fallecer, se quedó sola, un abrazo de esperanza que le vamos a dar a nuestros prójimo necesitado.

Qué importante es una llamada, qué importante es un cuidado. Este hombre, el samaritano, vio a la persona allí mal herida, golpeada. Y se detuvo. Curó las heridas de este hombre que estaba ahí asaltado. Lo subió en su transporte, su burrito, y se lo llevó a una pensión y al llegar al hospedaje le pidió al encargado que hospedara a este herido, que lo curara hasta su recuperación, y le dijo: aquí te dejo anticipado este dinero para cubrir los gastos, y si acaso necesitara otros cuidados yo me haré cargo cuando vuelva. Por eso cuando este experto en la ley le preguntó a Jesús ¿y quién es mi prójimo? Jesús le contó la parábola y luego le hizo la pregunta al experto en la ley. De estos tres, el sacerdote, el levita y el samaritano, ¿quién fue el prójimo de este? Y dijo, el samaritano. Y para el experto en la ley el samaritano era un conflicto, porque había una discriminación racial enorme hacia los samaritanos, que eran un grupo de personas judías mezcladas con otra raza y para los judíos era un grupo despreciable, porque se habían contaminado con otra raza.

Jesús dice, este despreciable resulta ser cumplidor de la ley, más que el sacerdote y el levita, porque este no se quedó solo con la teoría sino llegó a la práctica, al hecho de poder socorrer al necesitado. ¿Quién es mi prójimo? Pues es aquel que está necesitado. El samaritano pudo haber dicho es un judío que se muera, pero lo ayudó. Usted es blanco y encuentra herido a un negro no lo va a dejar tirado, tiene que ayudarlo. Usted es un judío que estuvo en el campo nazi, ¿qué va a ser con un alemán que está necesitado? Ayudarlo. Por eso toda la ley, dice el Señor, se cumple con este mandamiento: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y a tu prójimo como a ti mismo. Nosotros tenemos que preguntarnos si yo estuviera sufriendo ¿cómo me gustaría ser tratado? Si me quedará sin trabajo, ¿cómo me gustaría ser tratado? Si falleciera uno de mis hijos, ¿cómo me gustaría ser tratado? Si fuera niño y se divorciaran mis padres, ¿cómo me gustaría ser tratado? Si cayera en un pecado que se hace público, ¿cómo me gustaría ser tratado? Si tuviera hambre ¿cómo me gustaría ser tratado? Si fuera niño y mis padres se murieran, ¿cómo me gustaría ser tratado? Si fuera nuevo en la fe y en la Fráter, ¿cómo me gustaría ser tratado? Si me asaltaran, ¿cómo me gustaría ser tratado? Si estuviera enfermo, ¿cómo me gustaría ser tratado?

Tenemos que aprender a ver nuestro rostro en el rostro de los demás. Porque eso nos permitirá amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. Para impactar a este mundo, la compasión debe ser parte medular en la vida del cristiano. La compasión es el sentimiento de pena o lástima hacia quienes sufren penas, calamidades o desgracias. En otras palabras es sentir lo que otros están sintiendo. Es ponernos en el lugar de los demás. Es vivir la regla de Oro que Jesús enseñó en Mateo 7:12 “Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas”.

Debemos pensar qué se sentiría estar en el sufrimiento de otro, esto nos coloca en la perspectiva correcta que Dios quiere que tengamos. 2 Corintios 1:3-4 “Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren. Todos los que estamos aquí hemos recibido de Dios consolación en algún momento. Usted señora perdió a un niño al que amaba y esperaba con amor, pero lo perdió y de Dios recibió consolación, ahora puede consolar a otra mujer que también pierde a un niño. Usted pasó por un momento crítico financiero, pero el Señor lo ayudó, ahora puede consolar a otro así como fue consolado. De gracia recibimos, de gracia damos. Lo que el Señor ha hecho por nosotros, nosotros debemos hacerlo por los demás.

Así que asegúrese de abrir bien sus ojos, porque a su alrededor hay mucho dolor. Es cierto no puede salvar al mundo, pero sí podemos ayudar a uno a la vez. No podemos cambiar a Guatemala, pero si podemos ayudar a uno en Guatemala para cambiar, y para eso tenemos que aprender a ser generosos con nuestro dinero, ser generosos con nuestro tiempo, ser generosos con nuestra presencia. Sí, podemos hacer el tiempo para ir a la funeraria, tomarnos el tiempo para ir al hospital, tomarnos el tiempo para ir a una casa donde hay necesidad. Hay quienes no necesitan de nuestro dinero, pero sí necesitan de nuestra presencia. Con solo estar, se inspira amor. Muchas veces he oído las palabras de la gente: gracias por tomar de su tiempo y venir. Gracias por tomar de su tiempo y llamar, sé que es muy ocupado, pero gracias. Todos podemos dar un poco de nuestro tiempo, un poco de nuestro dinero, un poco del amor que Dios ha derramado en nuestros corazones.

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La fe viene por el oir…

 

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Como en casa aún en el extranjero…