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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

          Fraternidad Cristiana de Guatemala es una iglesia cristiana para la familia y usted aunque se haya quedado solo, porque su familia se fue al extranjero o usted vino del extranjero o sufrió un divorcio, se quedó soltero, huérfano, viudo, aquí encuentra una familia que estamos para servirle con todo nuestro corazón. Ese gigante se va para el suelo, el gigante de nuestra tristeza, de nuestra angustia, de nuestro dolor, aunque a veces hay gigantes en la fe, creyentes en Jesucristo que se van para el suelo, hay quiénes han conocido a un hermano “caído”, así se le llama a aquellos creyentes que por alguna razón caen en un pecado. No resisten a la tentación y caen en el pecado, matan a su cónyuge, se emborrachan, roban, secuestran, asaltan o simplemente murmuran, chismean, critican.

          Y cuando alguien es sorprendido en un pecado, ¿qué debemos hacer? ¿Debemos expulsarlo de la iglesia? ¿Debemos destruirlo? ¿Debemos ignorarlo, excluirlo, eliminarlo de nuestro Facebook, sacar su historia y archivo de la iglesia, tratar de ser como el avestruz y meter la cabeza en un hoyo y no pensar más en él? ¿Cuál debe ser nuestra actitud con esta persona? ¿Está terminada su vida espiritual para siempre, existe la esperanza de restauración para una persona que ha caído en pecado? ¿Qué hizo Jesús el día que le llevaron a sus pies a una mujer sorprendida en el mismo acto de adulterio? Y eso iría con la siguiente pregunta ¿qué haría Jesús si estuviera en mi lugar ante la presencia de un amigo, un hermano que ha sido sorprendido en un pecado?

         Veamos lo que hizo Jesús. Juan 8:1-11: “Pero Jesús se fue al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo. Toda la gente se le acercó, y él se sentó a enseñarles. Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio del grupo le dijeron a Jesús: —Maestro, a esta mujer se le ha sorprendido en el acto mismo de adulterio. En la ley Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices? Con esta pregunta le estaban tendiendo una trampa, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y con el dedo comenzó a escribir en el suelo. Y como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo: —Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en el suelo. Al oír esto, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta dejar a Jesús solo con la mujer, que aún seguía allí. Entonces él se incorporó y le preguntó: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ya nadie te condena? —Nadie, Señor. —Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar”.

          Ante la trampa puesta a Jesús, pues la ley no ordenaba apedrear a dichas mujeres sino a la pareja, solo habían llevado a la mujer. Pero como Israel estaba ahora bajo el imperio Romano, no podían aplicar su propia ley, en tal caso serían juzgados por los romanos. Si Jesús decía: apedréenla, estaría quebrantando la ley de los romanos y quedaría preso. Si por otro lado decía no la apedreen, estaría quebrantando la ley de Dios dada en el Antiguo Testamento. ¿Qué fue lo que hizo Jesús? Los enfocó. En vez de enfocarse y juzgar hacia afuera, les dijo: hay que enfocarse hacia adentro. Porque el ser humano tiende a ver las faltas de los demás, el ser humano tiende a acusar a los demás, a señalar a los demás y decir: él hizo tal cosa, ella hizo tal cosa. Se olvida el ser humano que mientras señala a esa persona tiene tres dedos señalándolo a él. Jesús dijo que nosotros vemos la mota que está en el ojo de nuestro hermano, pero no vemos la viga que está en nuestro propio ojo. Vemos proyectado en nuestro hermano muchas veces la situación que a nosotros nos está pasando.

          Hay un libro muy conocido que se escribió sobre análisis transaccional, el libro se llama “Cuando una persona está bien, la otra persona está bien”. Muchas veces estamos tan mal que para nosotros las demás personas están mal, como aquella señora que criticaba a su vecina porque cada vez que se asomaba a la ventana veía que la ropa de la vecina, tendida en el lazo, estaba percudida, sucia, mal lavada. Y decía, cómo puede esta mujer lavar tan mal la ropa. Hasta que meses más tarde le lavaron las ventanas de su casa y ese día se asomó y dijo: ahora sí está bien limpia la ropa de la vecina. Muchas veces somos nosotros los que tenemos el prejuicio, tenemos anteojos que nos hacen ver a los demás de otro color, por eso el Señor dice: no juzguen para que no sean juzgados. No es responsabilidad nuestra juzgar, el que juzga es Dios nuestro Señor, es Él único juez justo. Nosotros debemos que enfocarnos no solo en ver lo que los demás están haciendo. Por eso Pablo nos exhorta a participar de la Cena del Señor, nos dice que debemos hacer un autoexamen, examinarnos a nosotros mismos. No dice que examinemos a los demás miembros de la iglesia y que les digamos a unos tú no puedes, tú no puedes, tú no puedes, tú si puedes.

          Dios no mira la apariencia, Dios mira el corazón. Y no nos engañemos Dios no puede ser burlado, todo lo que el hombre siembra, eso cosecha. Por eso es tan importante observar que Jesucristo los hizo pensar no solo en lo que la mujer había hecho sino en lo que cada uno de los que estaban ahí con piedras en la mano, listos para lapidar a la mujer había hecho. Por eso es que se puso a escribir en el suelo. Algunos piensan que escribía ahí los 10 mandamientos. Otros que escribía ahí los pecados de los que estaban listos para apedrear a la mujer.

          La mitología griega cuenta que cuando el hombre fue creado, fue creado con dos alforjas, una que lleva enfrente y otra que lleva en la espalda., En la alforja de enfrente lleva los errores ajenos y en la de la espalda lleva los propios. Por eso es que el hombre es más proclive a ver los defectos ajenos y no los propios. Y nosotros decimos que el ladrón juzga por su condición. Como él roba piensa que todos roban, como él adultera piensa que todos están en adulterio, como el otro roba piensa que todos roban. Tenemos que vernos a nosotros mismos y no solo pensar en aquel que ha sido sorprendido en alguna falta, considerarnos a nosotros mismos, porque también hemos sido hechos de barro y estamos expuestos a caer en una tentación.

          Jesús dijo en Juan 8:7: “Y como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo: —Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Pregunto ¿quién de nosotros está libre de pecado? ¿Quién de nosotros nunca ha cometido pecado? ¿Quién de nosotros nunca ha fallado? Ninguno. La Biblia dice con claridad por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios. Y por eso es importante saber lo que hizo Jesús, no procedió inmediatamente a decir denme a mi unas piedras y yo los ayudo a apedrear, no dijo a ver cómo está el chisme platiquémoslo bien: con quién estaba, cómo estaba, a qué hora, qué lugar. No, no es eso lo que hizo Jesús y no es lo que haría Jesús si estuviera en nuestro lugar, al ver a una persona sorprendida en un pecado.

          Juan 8:9 dice: Al oír esto, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta dejar a Jesús solo con la mujer, que aún seguía allí. ¿Por qué los viejos se fueron primero? Porque entre más viejo uno, más pecador ha sido. Usted mira la viejita angelical, fue pecadoraza. Sí, pasan los años y decimos que inocencia, pero no hay justo ni aún uno dice el Señor, porque “de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él crea son se pierda más tenga vida eterna”. Por eso es que estamos usted y yo aquí, no porque no hayamos pecado sino porque a pesar de que pecamos Dios nos amó y nos perdonó, nos transformó, nos restauró y nos trajo a este lugar.

         Sí, todos somos muy buenos para juzgar hacia afuera y muy pobres para juzgar hacia adentro. Nosotros podemos caer en el mismo error, en el error de señalar, ridiculizar, hacer chiste del pecado de otro o juzgar en una sola vía hacia afuera, pero debemos hacer una introspección y examen propio de que también estamos expuestos al pecado. En los versículos 10-11 dice: “Entonces él se incorporó y le preguntó: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ya nadie te condena? —Nadie, Señor. —Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar”. Dios perdona nuestros pecados, pero nos exhorta a que no volvamos a pecar. Claramente vemos aquí la misericordia de Dios obrando en la vida de una pecadora. Tampoco yo te condeno, dijo Jesús, Él entendía a la mujer y la absolvía de su culpa. ¿Cómo estaba el corazón de esta mujer? Seguramente triste, seguramente dolida, frustrada y con mucha vergüenza.

          Cuando lo descubren en un pecado, usted se avergüenza, se siente mal frente a sus hijos, frente a sus padres, frente a sus amigos, cuando usted es sorprendido en una falta es terrible. Ahí estaba la mujer semidesnuda, maltratada, insultada, ofendida y ella misma avergonzada porque había cometido pecado. ¿Debemos condenar a quien ha caído en pecado? Pues no, el único que puede juzgar es Dios y nosotros tenemos una responsabilidad. Claro, la gracia de Dios es tan grande que no hay pecado por grande que sea que Dios no perdone, perdona a cualquiera porque cometió un aborto o porque mató a alguien con una pistola o porque lo mató con su lengua, porque igual se mata con pistola que con la lengua. Es crimen igual, pecado igual.

          Dios perdona, pero algunos han interpretado mal lo que Pablo enseña en Romanos 5:20-21 cuando dice: En lo que atañe a la ley, ésta intervino para que aumentara la transgresión. Pero allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, a fin de que, así como reinó el pecado en la muerte, reine también la gracia que nos trae justificación y vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor. La gente concluía aún en la época de Pablo como lo hacen en esta época, si la gracia de Dios es infinita, mi pecado puede ser constante. Y entonces dice, como cuento con la gracia de Dios puedo pecar, pecar porque nunca voy a gastar la gracia de Dios. Entonces hacen realidad el dicho famoso “el que peca y reza empata”.

         Creen que la gracia de Dios es una licencia para pecar: como tengo la gracia de Dios estoy autorizado para pecar y pecar. Yo peco, me arrepiento, oro y vuelvo a pecar, me arrepiento, oro y vuelvo a pecar. Por eso Pablo dice en Romanos 6:1-2 ¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde? –Porque eso hace la gente, persiste en el pecado, continúa pecando una y otro día, vez tras vez, porque Dios está listo para perdonar siempre y Pablo hace la pregunta: ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Sí, no importa, el pecado o los pecados que hayamos cometido, Dios tiene suficiente gracia, Su gracia es mayor y nos da perdón, pero no vamos a persistir en el pecado.

          La diferencia entre un pecador sin Cristo es que persiste en el pecado constantemente, pero un cristiano puede ocasionalmente, por alguna razón, cometer algún pecado, pero no persiste en el pecado, no permanece en el pecado. El Espíritu Santo lo redarguye, se arrepiente y se aparta. La Biblia dice que el que encubre su pecado, no prosperará, pero el que lo confiesa y se aparta alcanzará misericordia. No basta con solo confesar, hay que apartarse del pecado. Usted viene y se da una gran borrachera, tremenda, en medio de la borrachera patea a su mujer, a su suegra y a sus hijos, en el camino atropella a una ancianita, lo agarran, lo meten preso y antes de meterlo preso también pelea con los policías, usted comete muchos pecados, pero otro día recapacita y se arrepiente y decide no beber más, no persistir en el pecado.

          Continuamos en los versículos 3-4 ¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos con Cristo Jesús, en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte? Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. Cuando usted se convierte a Cristo, Dios le perdona todos sus pecados, pero usted debe vivir una vida nueva, si mentía no mienta más, el que robaba no robe más sino que trabaje con sus manos. Vida nueva, no podemos ser cristianos y vivir como paganos, tenemos que vivir una vida nueva.

          Por eso Jesús perdonó a la mujer adúltera y le dijo: Tampoco yo te condeno, pero a la vez le da una gran advertencia: “Ahora vete, y no vuelvas a pecar”. Juan 8:10-11 dice: “Entonces él se incorporó y le preguntó: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ya nadie te condena? —Nadie, Señor. —Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar”. Esa es una gran advertencia. La gracia no es para ser abusada, es para ser aprovechada, siempre estará ahí presente. Si abusamos de la gracia, resultamos viviendo como los no cristianos con la única diferencia que pedimos perdón por nuestras continuas faltas. Y no vuelvas a pecar, es un desafío a transformar su vida, a consagrarla por completo a él y a alejarnos de la tentación. Claro que el grado de tolerancia que tenemos los seremos humanos es inferior al grado de tolerancia que tiene Dios. Porque usted llega y su mujer lo descubre que le ha sido infiel. No va a ser tan fácil que le diga: yo te perdono, no tenga pena, seguí, seguí. A ella le va a costar llegar a la conclusión de “te perdono, pero no vuelvas con esa vieja tal por cual”. O si la señora es la infiel, el esposo dirá “no vuelvas con ese orangután”. Tiene que haber cambio, tiene que tomarse una acción para dejar de pecar.

          El apóstol Pablo también nos habla sobre qué hacer con aquel ha sido sorprendido en pecado. Gálatas 6:1-2 dice: Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado. Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo. Los espirituales debemos restaurar aquel que ha sido sorprendido en pecado. Restaurar es volver a poner una cosa en el estado o circunstancia en que se encontraba antes. Es decir, traerlo a una buena relación con Dios, con la iglesia y con los demás. Ayudarlo en sus debilidades para que vuelva a ser tan fuerte o más fuerte que antes de su caída. No debemos hacer leña del árbol caído, ni hace realidad lo que algunos dicen de los cristianos. Los cristianos son el único ejército que mata a sus heridos. Usted tiene un herido en el ejército de su familia tiene que sanarlo, tiene que recuperarlo. ¿Qué hacemos cuando se enferma uno de nuestros seres queridos? Hace poco mi esposa estaba muy enferma de la espalda y tuvo que ser intervenida quirúrgicamente su columna vertebral y estaba tan mal que no podía caminar y luego después de la operación le costaba, pero ya empezaba la recuperación y a dar sus pasos. Gracias a Dios pudimos hacer el esfuerzo para que fuera operada y quedó bien de su columna vertebral y ahora caminando por todos lados apenas tres meses después de su operación, no pareciera que fue operada de algo tan delicado.

          He visto muchos enfermos en los hospitales y algunos están en un hospital un mes, tres, seis meses, mucho tiempo. La familia podría decir: sale más barato enterrarlo que pagarle el hospital. Mejor quitémosle todo y enterrémoslo vivo, si quieren. Pero uno hace todo lo que puede para que su familiar quede restaurado, se recupere, que esa infección pase, que esa debilidad termine, que sane y que vuelva a su vida anterior y poder trabajar, poder estudiar, poder compartir con la familia. Nos preocupamos y nos ocupamos en su restauración. Lo mismo tiene que ocurrir en el área espiritual, tenemos que buscar cómo restaurar al caído, pero ¿quiénes lo van a ser? Los espirituales. ¿Quiénes son los espirituales? Aquellos que tienen el fruto del Espíritu. Gálatas 5:22-23 dice:En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Una persona espiritual tiene esas manifestaciones de carácter, es una persona que ama y el que ama, ama siempre, porque el que ama, ama con el amor de Dios. Es una persona que tiene paz, es pacificadora, no crea pleitos, conflictos, problemas. Una persona espiritual es una persona que tiene templanza, no es arrebatada, no es impulsiva, no es alocada, mete freno en la lengua para no causar problemas. Por eso cuando usted quiere saber si es espiritual o no, revise su carácter, ¿es usted una persona llena del fruto del Espíritu?

          Hay muchos creyentes en las iglesias que son muy emocionales, no tengo nada en contra que usted sea emocional, pero tengo mucho en contra que sea solo emocional y nada de carácter, cero del fruto del Espíritu. Fruto del Espíritu es el carácter, eso hace a una persona ser como Cristo. Y eso son los espirituales de la iglesia, son los que tienen la responsabilidad de restaurar. El que es carnal anda en celos, iras, contiendas, maledicencias, hechicerías y cosas semejantes a estas, además de adulterio, fornicación, borracheras, etcétera. Ese es el carnal. Debemos restaurarlo con una actitud de consideración, con humildad, con mansedumbre pensando en que nosotros podríamos ser esa persona.

          Y si usted fuera la persona sorprendida en el acto de adulterio ¿cómo quisiera ser tratado? ¿Cómo Jesús trató a esta mujer o como la gente trató a esta mujer? Por eso la regla de oro dice que deberemos tratar a los demás como queremos nosotros ser tratados. Con la misma medida con la que medimos, se nos vuelve a medir. Por eso es importante usar una medida de justicia, de misericordia, de gracia, de amor y eso no significa encubrir el pecado ni consentir el pecado, sino restaurar al hermano que ha caído, levantarlo, restaurarlo hasta que sea nuevamente un creyente fiel. Porque cada uno puede ser tentado, de esto también Pablo dice el que cree estar firme, cuide que no caiga. Yo no haría semejante cosa, y al mes está en las mismas cosas. ¡Tenga cuidado!

          Gálatas 6:2 dice: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo. Esto es algo que se vive con mayor espontaneidad en un grupo pequeño donde conozcan nuestras cargas, la célula es un grupo pequeño de miembros que se reúnen en la semana para ayudarse, a edificarse y evangelizar. Si usted aún no asiste a un grupo pequeño, a una célula, ubíquese hoy mismo en el Centro de Información, conozca a la familia espiritual que le ayudará a llevar sus cargas y si usted cae lo levantará. La Biblia dice mejor son dos que uno, porque si uno cae el otro lo levanta, pero ¿quién levantará al que está solo? Por eso el domingo nos juntamos la iglesia grande a celebrar el Día del Señor, pero entre semana nos juntamos la iglesia chica allá en casa, cientos de casas, en los que unos a otros nos ayudamos a llevar nuestras cargas.

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