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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

 

El otro día me hablaban de una persona que es buena persona, pero  además es una  hermosa persona. Hay quienes son hermosos, que han hecho de su templo un mega templo. Me decían, de esta persona, que vale su peso en oro. Cuando uno se refiere a alguien dice que vale lo que pesa en oro, estamos diciendo que es una persona de alto calibre, una persona de buen carácter, de muchas virtudes, de grandes principios, y esas personas son siempre muy apreciadas. Todos deberíamos ser así, que valemos nuestro peso en oro.

Pregúntele a su vecino ¿vale usted lo que pesa en oro? O será que somos pura chatarra, porque a veces nuestro peso es pura chatarra. ¿Conoce a una persona que cae mal? Sí, lo vio en el espejo esta mañana. Hay personas que nos hacen sentirnos incómodos. ¿Ha sido maltratado por alguien alguna vez? Todos, absolutamente todos. Ahora, la siguiente pregunta que se impone es ¿a cuántos hemos maltratado nosotros? Los especialistas en la ciencia de la conducta enseñan que nosotros somos personas reflejas y, por lo general,  damos de lo que tenemos. Tal como dijo el apóstol Pedro cuando subió las gradas de la puerta del templo la Hermosa: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy. La pregunta es ¿qué es lo que tengo? Si tengo rencor, voy a dar rencor.

Si ve a una persona mal encarada, tenga la confianza y seguridad que en su corazón hay problemas, hay resentimiento, amargura, rencor, celos, contienda, ira, envidia, dice la Biblia: porque de la abundancia del corazón habla la boca y cuando en el corazón estamos llenos de orgullo, arrogancia, eso es lo que va a salir por nuestra boca, y por eso es importante que aprendamos de nuestro Señor Jesucristo aquellos principios que gobiernan la conducta humana en la Tierra. Que aprendamos a andar en el Espíritu y no a satisfacer los deseos de la carne. Que aprendamos a dar de lo que tenemos, pero de lo que tenemos sea algo de Dios nuestro Señor.

Se da en Mateo 7:12 la enseñanza básica del Evangelio: Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas. A veces oímos hablar de la ley y los profetas, ¿qué es la ley y los profetas? Pues simplemente se refiere a todo lo que tenemos nosotros en el Antiguo Testamento, eso es la ley y los profetas, en el Nuevo Testamento tenemos otras enseñanzas que nos ha dado nuestro Señor Jesucristo, en donde dice Mateo 7:12 Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas.

La Regla de Oro de Jesús se encuentra en Mateo 7:12. Recuérdelo. Porque la Biblia hay que leerla para ser sabios, practicarla para ser santos. De nada nos sirve simplemente leerla, aún memorizarla y hasta predicarla si no la ponemos en práctica. Esa Regla de Oro es la que hace que nosotros aprendamos a tratar a los demás como nosotros queremos que nos traten. Prácticamente todas las religiones del mundo tienen enseñanzas similares, desde el punto de vista pasivo, por lo general han dicho en la antigüedad: No traten a los demás de la manera como ustedes no quieren ser tratados, de una manera pasiva. Jesucristo tomó una posición más activa: Él dijo: traten a los demás de la manera como ustedes quieren ser tratados. Aún hombres antiguos como el famoso Séneca dijo: traten a los subordinados como deberían ser tratados por sus superiores. Usted tiene jefe, pues trate a los que están bajo su autoridad de la misma manera como usted quiere que su jefe lo trate. Pero si usted no toma la iniciativa, si usted no es una persona proactiva como se dice desde los libros de Stephen R. Covey “Los siete hábitos de las personas altamente efectivas”. Nosotros tenemos que ser proactivos y Jesucristo ya lo enseñaba. Tratemos de aprenderlo como dice Mateo 7:12 Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho es la ley y los profetas, así que traten a los demás como queremos que ellos nos traten. Es importante tomar esa acción.

Hay situaciones lamentables en la vida. Hay una historia que cuenta Carlos Rey, sucesor del hermano Pablo que ya pasó a la presencia del Señor y en esa historia, dice Carlos, que en un vuelo internacional que partía de Johannesburgo, un negro bantú -se le llama así a la persona perteneciente a uno de los cuatrocientos grupos étnicos de los pueblos melanoafricanos-, a su lado se sentó una elegante mujer blanca sudafricana. Indignada la mujer llamó a la azafata para quejarse. –No se da cuenta su aerolínea que me ha sentado al lado de un bantú. No soporto viajar junto a este repugnante negro, búsqueme otro asiento-. Cálmese, por favor, señora, le respondió la azafata. Este vuelo está repleto, pero voy a ver si hay otro asiento disponible. Ante esto la altanera mujer vio con desprecio al negro y a su vez fue objeto de la mirada acusadora de los pasajeros testigos del incidente. A los pocos minutos regresó la aeromoza. –Señora, tal como sospechaba, lamentablemente está llena toda esta sección en clase turista, pero nos queda un asiento en primera clase. La altiva pasajera miró con petulancia y autosuficiencia a los demás pasajeros, pero antes de que pudiera decir nada, la azafata continuó: un cambio como este a primera clase es realmente excepcional, así que fue necesario que el capitán mismo lo concediera. Dada la circunstancia el capitán consideró que es intolerable que una persona se viera obligada a sentarse al lado de otra tan detestable. Dicho esto, la azafata se dirigió al negro y le dijo: disculpe señor, tenga la bondad de tomar su equipaje de mano y acompañarme al frente donde le tengo el asiento reservado.

Manifestando su aprobación, los pasajeros que fueron testigos del suceso, aplaudieron a su compañero de vuelo mientras se dirigía a primera clase para acomodarse en su merecido asiento. ¡Ah! si nosotros tratáramos a los demás como queremos que nos traten, no se hubiera peleado hoy en la mañana con su mujer, no se hubiera peleado ayer con su suegra, no se hubiera peleado con su nuera hace ocho días, no se hubiera peleado con sus hijos el otro día. Tan fácil que es, si ponemos en práctica el consejo de nuestro Señor. No dijo “no traten”, que notara pasividad, evitar hacer daño, Él dijo, traten a los demás como quieren que los traten a ustedes. La gente típicamente dice: es que yo no le hago mal a nadie. Cuántos han oído decir a alguien decir eso. Yo no le hago mal a nadie. Yo por las buenas soy bueno, pero por las malas me sale lo de Pasaco, me sale lo zacapaneco, se me sube el apellido. Qué importante es practicar la Regla de Oro de Jesús. Uno de los principales discípulos de Jesús, Santiago, lo aprendió de tal manera que lo escribió así: Así que comete pecado todo el que sabe hacer el bien y no lo hace (Santiago 4:17).

Hay esposos que sostienen que no le hacen daño a su esposa, pero tampoco le hace nada bueno. Otros dicen que no le pegan a su mujer, pero tampoco la acarician. Dicen que no maltratan a su mujer, pero tampoco le agradecen nada. No la golpean, pero tampoco la besan. ¿Cuándo fue última vez que hizo el bien que sabe hacer? La clave del asunto es que no basta con que no lastimemos a otros sino que también curemos al herido como la parábola del buen samaritano: va el sacerdote, va el levita, ven al hombre que fue atacado por ladrones tirado junto al camino. El sacerdote pasó y no le dio una patada al herido, no pasó y lo bolseó para sacarle una ofrenda extra, no le hizo nada malo, pero tampoco le hizo nada bueno. El levita igual pasó, vio  ahí tirado al hombre, no le hizo nada malo, pero tampoco le hizo nada bueno. Hasta que pasó un samaritano, de aquellos que no se trataba con los israelitas, que tenían prejuicio racial, y este samaritano al que despreciaban, al que menospreciaban todos los judíos, este se detuvo, se bajó a donde estaba el herido, y dice que le dio agua, le vendó sus heridas, lo cargó en su animal y se lo llevó a una pensión, se lo dejó encargado, al dueño, y le dijo: hazte cargo de él, todos los gastos van por mi cuenta. Y Jesús pregunta quién de estos tres fue el prójimo ¿el sacerdote, el levita o el samaritano? El samaritano, por qué, porque este tomó una acción proactiva y no solo buscó la manera de no hacerle mal sino que buscó la manera de ayudarlo.

El pecado está en aquel que sabe hacer el bien y no lo hace. Usted se va de su casa el viernes por la noche con sus amigos. Su mamá le dice: ahí me llamas, por favor. Quiero saber qué estás haciendo, llámame a las 10. Se recuerda usted que tenía que llamarla, pero ya son las 12:10, la pobre ya está con taquicardia en su casa. ¿Le hizo algo malo a su mamá? Pues no necesariamente, pero tampoco hizo lo bueno que debía hacer. Es importante que pensemos en hacer el bien, no solamente se trata de no hacer el mal, hay que hacer el bien. Estos son los pecados de omisión y de comisión.  El pecado de comisión es darle una patada al pobre hombre que está tirado y medio muerto. Y el pecado de omisión es no hacerle nada, irse de largo, porque usted sabe qué es lo que debe hacer, pero no lo hace.

Los jóvenes estudiantes saben que deben estudiar todas las semanas sus libros, hacer sus tareas, pero no lo hacen. El médico sabe que debe decirle al paciente que ya no tome porque si lo sigue haciendo se morirá. Y el paciente recibe la instrucción, pero ¿qué hace el paciente al salir? Se la pone otra vez. Hay que tomar acción para curarse, si no se toma acción no se cura. ¿Cuántos saben que es malo para una persona fumar? todos los fumadores son expertos, les pueden dar una conferencia de todo lo que causa el tabaco, pero qué hacen, siguen fumando. Los alcohólicos saben las consecuencias de beber y manejar en estado de ebriedad y lo siguen haciendo hasta que se embarrancan por ahí, fallecen y es un alcohólico menos y cuatro heridos más.

Es muy importante, entonces, no solo saber hacer lo bueno sino hacerlo. Es conveniente que nosotros saludemos a la gente. Hay dos palabras mágicas en este mundo: por favor y muchas gracias. Si las usamos tenemos mejores resultados, la mayoría lo sabemos pero ¿lo hacemos? ¿A cuántos se les ha caído un vaso de refresco en la mesa? ¿Cómo se siente? Mal. Todos hemos botado un vaso de agua en la casa o en la casa de alguien, pero cuando alguien bota un vaso hay que considerarse uno mismo y pensar si yo hubiese sido. Eso nos pasa a todos. Que importante es tratar a los demás como queremos ser tratados. Y si tratáramos al cónyuge así, si tratáramos al cónyuge como queremos que nos trate, nos iría rebién. Siempre le dicho a las parejas, cuando se casen recuerden cada uno de los cónyuges debe ser un anfitrión permanente, no un comensal permanente.

Cuando a mí me invitan a comer a la casa de una persona, llego, me presento, y muy amables me pasan adelante, me sientan en la sala, al rato me ofrecen algo de beber, de comer, luego me dicen que ya está la cena, hay que pasar al comedor, se preocupan que yo esté bien atendido, ¿por qué? porque soy un comensal, ellos son anfitriones, pero si yo me voy a vivir con ellos, una semana después ya no será lo mismo, ya no soy comensal. Dicen que las visitas como el pescado después de tres o cuatro días huelen feo. Cuando usted ya no es visita de solo ese día, tiene que ofrecerse para ser un anfitrión. En el hogar, el esposo y la esposa tienen que ser buenos anfitriones. El esposo debe asegurarse que su esposa esté bien atendida, que tenga la ropa que necesita, que tenga la comida que necesita, que éste contenta, que esté a gusto. Y la esposa igual, procura que el esposo esté bien atendido. En la noche si ella tiene frío debe procurar echarle una chamarra encima, si no tiene ayúdela a taparla. Le sale más barato taparla que llevarla al hospital.

Tenemos que servir. Tenemos que aprender a servirnos el uno al otro, si no lo hacemos simplemente seremos comensales permanentes. Ella o él se van a cansar de ser el que siempre sirve. El que sirve, sirve, y el que no sirve, no sirve. Por eso es bueno que de vez en cuando, si es posible, usted le abra la puerta a su mujer. Porque así era al principio, se recuerda, cuando usted la iba a traer para salir, si iba en carro,  le abría la puerta para entrar o para salir. Y la mamá le decía que le tuviera paciencia porque se tardaba para arreglarse. No se preocupe – le decía-, me gusta llevarla bien bonita, bien arreglada. Pero ya casados todo cambia, se impacienta porque usted pelón no se preocupa del pelo, pero ella es peluda tiene que arreglarse. Y eso toma tiempo. Usted lo que tiene que hacer es sentarse a ver las noticias una hora y media hasta que ella esté lista, pero debe tener paciencia, ponerse a leer su Biblia, ponerse a leer cualquier cosa. Pero en vez de eso, uste sale al garaje, se mete al carro, y empieza a acelerar, toca la bocina y la pobre poniéndose todo, abotonándose, corriendo, sin pintarse, y usted le dice: mira, la mona aunque se vista de seda, mona se queda. Ingrato. Así que uno tiene que tratar a los demás como uno quiere ser tratado, en todo, en el hogar, en el trabajo, en la iglesia, en todas partes.

Cristiano es aquel que ama en el cielo a Dios y en el suelo a su prójimo. Esa es la Regla de Oro, por amor a Dios tratar al prójimo tal y como nos trataríamos a nosotros mismos. Ahora, para lograr esto, hay que recordar que esa es una decisión, tiene que decidir tratar a los demás como usted quiere ser tratado. Pero esa decisión la toma usted, no puede tomar la decisión por los demás. Usted va a decidir tratar a su esposa como usted quiere ser tratado por ella, usted va a decidir tratar a su jefe como usted quiere ser tratado por él. Usted va a decidir tratar a sus subalternos como usted quiere ser tratado por ellos, pero es una decisión que usted hace.

Tenemos que tratar a los demás como queremos ser tratados. Queremos que sean solidarios  con nosotros, seamos solidarios con los demás. Queremos que sean considerados con nosotros, seamos considerados con los demás. Queremos que la gente nos salude, saludemos. Porque hay quienes entran a cualquier lugar lleno de gente y no saludan a nadie, cómo van  recibir saludos si no dan lugar. Usted salude, “gusto de verlo”, abrazo, beso, apretón de mano, “que tal”, “cómo está”. Si usted toma tiempo para la gente, la gente va a tomar tiempo para con usted. Eso es así. Ahí también se aplica el principio bíblico del que da recibe. El que siembra cosecha. Pero qué hacer si se saluda un día y la otra persona no responde. Lo hace una semana y no responde, un mes igual. Usted tomó la decisión, usted tomó la determinación y usted lo sigue haciendo, porque tomó la decisión, no importa cómo reaccionan los demás. Tarde o temprano usted va a tener resultado o por le menos va a vivir feliz, porque la gente lo puede ofender, pero de usted depende cómo va a reaccionar.

La reacción depende de mí, me ofendo o no me ofendo. La decisión es de una sola vía y lo hago porque Cristo me inspira, Él me dice que trate a los demás como quiero que me traten a mí. Así que lo que usted debe velar es honrar única y exclusivamente a Cristo, además, Cristo no nos dio teoría, nos dio experiencia. La Biblia dice que Cristo enmudeció y calló su boca como oveja ante los trasquiladores. ¿Cómo reaccionó Jesús cuando lo maltrataron? Enmudeció, pero ahora usted me dirá que eso es misión imposible, yo no me dejo de nadie, mi papá me dijo que si alguien me golpeaba había que somatarlo, y si te vuelve a pegar, metele un balazo. Hay papás que enseñan así a sus hijos, pero Jesucristo nos enseña a que amen a sus enemigos, que pueden ser su suegra, su mujer, su nuera, su yerno, su exsocio. Amar a sus enemigos, eso lo dice el Señor: bendigan a los que los maldicen.

Hace algunos años - cuando estábamos en el proceso de la construcción del proyecto Mega Fráter- hubo un periodista que con su periódico nos dio duro, cada rato: que  íbamos ser esto, que iba a pasar aquí, que el desorden, que el tráfico y al final, ya cuando inauguramos, todavía se echó una chifleta. Una su indirecta fea. Un día me llamó y me dijo: Pastor, lo llamo porque yo no sabía que a usted lo querían tanto. Si viera todos los que me han escrito y me han dicho por qué estoy hablando tonteras, además ya se inauguró y no hubo problemas. Así que yo lo llamo para decirle que ya no más, hasta aquí, ya no voy a criticarlo en el periódico. No se preocupe, le dije, yo sigo el ejemplo de Cristo, ¿cuál es? bendecir a los que me maldicen, amar a mis enemigos. Ahí paró el asunto.

Es fácil decir que uno bendice a los que lo maldicen, hasta que empiezan a maldecir en la prensa, hasta que empiezan a maldecir en Facebook. A usted no debe importarle lo que digan, usted ámelos y si los encuentra abrácelos, salúdelos y si les puede hacer un favor, hágales el favor, porque se avergonzarán de ver que a pesar de todo lo que dijeron de usted, sigue siendo el mismo que ama, que bendice, que perdona. Ese es el ejemplo de Cristo. Esa es la Regla de Oro.

Tome la decisión, no importa lo que haga, su motivación es agradar a Cristo, honrar a Cristo, y la Biblia dice: Yo honro a los que me honran. Si usted honra a Cristo, Cristo lo va a honrar a usted. Sea humilde en esos momentos difíciles, hay momentos muy difíciles en los que tenemos que armarnos de la humildad que Jesús enseñó. Tenemos que aprender a ser humildes y humilde, dice el diccionario, es la actitud de la persona que no presume de sus logros, reconoce sus fracasos y debilidades y actúa sin orgullo. Por el contrario, el orgullo es exceso de estimación propia, es arrogancia, usted se cree la gran cosa, más de lo que debería creerse. La gente arrogante y orgullosa exuda su arrogancia y su orgullo. Usted tiene que ser humilde.

Proverbios 19:11 El buen juicio hace al hombre paciente; su gloria es pasar por alto la ofensa.  ¿Cuál es la gloria del hombre? Pasar por alto la ofensa. ¿De la mujer? Pasar por alto la ofensa, ¿por qué tiene que darse por ofendido? Proverbios l7:9 dice “El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos”.  Hay personas muy celosas. Cuento la historia de aquella señora que cada vez que llegaba su esposo le registraba el saco para ver si tenía algún cabello. Con una de pelo negro saliste hoy, hoy estuviste con una canche, ahora estuviste con una pelirroja. El día que no le encontró nada le dijo que había estado con una calva. El que perdona la ofensa cultiva el amor. Todos hemos ofendido alguna vez, sobre todo a nuestra pobre pareja, pobre su marido, pobre su esposa, pobres sus hijos. No digamos su suegra, a todos les ha caído, pero por eso tenemos que aprender a perdonarla ofensa. Porque el problema de muchos es que “perdonan” pero no olvidan y se jactan de ello. Así no resulta, usted tiene que olvidar la ofensa de tal manera que no le cause otra vez la misma reacción de dolor.

No va a tener amnesia, pero cuando recuerde el suceso nos le va a producir ni rencor ni resentimiento, porque usted ha perdonado a la persona que lo ha ofendido. Y esta es una decisión que usted toma de honrar al Señor practicando la Regla de Oro hasta que se muera. Usted quiere permanecer casado con la misma persona decida practicarla con esa persona, no importa que ella no la practique. Si decide practicarla va a llegar a viejo con la misma vieja, porque usted ha decidido practicar la Regla de Oro, aunque la otra parte no corresponda. Ahora nadie ha dicho que es fácil, Jesús lo practicó inclusive cuando lo tenían clavado en la cruz. Imagínese, que lo acuesten sobre un madero y le metan clavos en el brazo y no dice nada. No crea que eso sea fácil. Luego le meten clavo en el otro y tampoco, luego en los pies y tampoco, le han puesto la corona de espinas y usted no se queja, no maldice, ahora cuando su familia, su amigo, cuando su socio lo crucifica, lo clava, no es fácil practicar la Regla de Oro, no es fácil, pero Jesús nos dio el extremo de la lección. Jesucristo estando en la cruz lo único que le dijo al Señor fue “Padre, perdónalos”.

Cuando usted llegue a ese nivel. Usted está crucificado, pero en su corazón hay amor. A sus discípulos Jesús les dijo aprendan a perdonar. La ley decía que había que perdonar hasta siete veces, Pedro se lo preguntó, el Señor le dijo es hasta siete veces setenta en el mismo día. Lo que está diciendo el Señor no es que usted se ponga a contar 7x7=49, voy a perdonar 490 veces, van cinco, van diez, van veinte. No, lo que quiere decir que hay que perdonar todos los días para tener éxito en una amistad, para tener éxito en una familia, para tener éxito en un equipo de trabajo, para tener éxito en un equipo deportivo, para tener éxito en cualquier relación tenemos que aprender a perdonar  todas las veces. Así es como Dios nos perdona, porque Dios no nos perdona unas veces y otras no. Todas las veces, por eso la oración del Padre Nuestro nos enseña que si nosotros queremos que Dios nos perdone nuestras ofensas, tenemos que aprender a perdonar a los que nos ofenden.  Si no perdonamos, cancelamos el perdón de Dios para nosotros. No es fácil, pero hay que hacerlo.

Y esta aplicación es para todos. Yo perdono a unos pero no perdono a otros. Perdone a los ricos, perdone a los pobres. Perdone a los blancos y perdone a los negros. Perdone a las mujeres y perdone a los hombres. Perdone por parejo, usted no puede hacer acepción de personas. Si usted va a aplicar ese “traten a los demás como quieren ser tratados”, tiene que ser a todos, dentro y fuera de la iglesia, al jefe bueno y al jefe malo. Es triste ver como muchos llamados hijos de Dios en ocasiones se comportan en su trato con los demás hasta peor que las personas del mundo, creando división en las relaciones, trayendo amargura, siendo iracundos, gritando y discutiendo, calumniando - que es hacer una acusación falsa maliciosamente para causar daño-. Esto no debe ser así, la Regla de Oro nos dice lo que debemos hacer, los cristianos somos gente de paz, porque Jesús es paz y porque Dios es un Dios de paz.

No agravien al Espíritu Santo de Dios, con el cual fueron sellados para el día de la redención.Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia. Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo (Efesios 4:30-32). Abandonen toda amargura. Si usted es cristiana, no sea una cristiana amargada, no sea una vieja gritona, ni una niña gritona, ni una señorita gritona. Ni un hombre joven o viejo resentido. Tenemos que permitir que los demás vean a Cristo en nosotros. Tenemos que ser gente amable, bondadosa, tenemos que ser gente atenta, perdonadora.

¿Cree que Guatemala sería mejor, si todos fuéramos así? Por supuesto que sí.

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La fe viene por el oir…

 

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Como en casa aún en el extranjero…