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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

¿Cuántos han oído hablar de un grupo de comediantes guatemaltecos que se llama “Los 3 Huitecos”?, en todos lados hemos oído hablar de ellos, ellos son los que pusieron de moda aquella expresión “Y me dije a mí mismo”, “mí mismo alaba al Señor”. Eso es precisamente lo que David Dice en el Salmo 103: 1-2 “Alaba, alma mía, al Señor; alabe todo mi ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios”. ¿Con quién está hablando David allí? Consigo mismo, David está diciendo a sí mismo: Alaba, alma mía, al Señor. Todos hablamos con nosotros mismos alguna vez.

Es importante que cuando nos hablemos a nosotros mismos nos hablemos palabras de fe, de esperanza, porque estamos viviendo en una época que se presta para que todos nos hablen de temores, de miedos, de violencia. La primera plana de Prensa Libre de este domingo, precisamente, resalta ese miedo que tiene la gente. Se han estado haciendo investigaciones y encuestas y dice: Todos tienen miedo. Ahí dice que todos tienen miedo, pero todos los que tienen al Señor no deben tener miedo, porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor.  El miedo paraliza, el miedo destruye, el miedo neutraliza y aniquila a las personas.

Cuando era niño leía un pequeño libro que se llama Las fábulas de Esopo y en una de esas fábulas cuenta que  la peste iba para Bagdad. Y el peregrino se encontró con ella y le pregunta: ¿a qué vas a Bagdad? A matar a 500 personas. Por allá se enteró el peregrino que no habían muertos 500, habían  muerto 5 mil. Y le reclamó después a la peste cuando la encontró. Me engañaste, dijiste que ibas a matar a 500 y mataste a 5 mil. Le respondió la peste, yo maté 500, los demás se murieron del miedo.

Y eso es lo que puede pasar hoy en día. Con el miedo que causan los secuestros, que causan los asaltos, que causan los asesinatos, que causan las noticias que vemos por todos lados, que Corea del Norte ataca a Corea del Sur, que Corea del Sur se une a Estados Unidos para hacer movimientos militares. Que ciudades como Monterrey que hace cinco años era de las más seguras, ahora es de las más inseguras del mundo, porque el narcotráfico ha llegado, porque hay violencia, porque hay guerra, porque hay temor. Hay muchos problemas en el mundo. Jesús dijo: “En el mundo tendrán aflicción, pero confíen, yo he vencido al mundo”. Sí, el Señor ha vencido al mundo, el Señor vivió en una época peor que la nuestra, porque vivió en la época en la que Israel estaba sometido por el Imperio Romano y estaba sojuzgado. Crucificaban por cientos a los opositores. ¿Saben una cosa? El Dios de ayer es el mismo Dios de hoy. Jesucristo es el mismo de ayer, de hoy y por todos los siglos. Él está aquí y ahora para ayudarnos, para protegernos, para cuidarnos.

Claro, nosotros oímos los radionoticieros, vemos los telenoticieros, leemos los periódicos, conversamos con los amigos. Y la conversación gira alrededor de: fijate que a fulano lo asaltaron, fijate que a mí me robaron, fijate…entonces empezamos a vivir en una angustia increíble. David estaba en una situación similar. Su suegro lo quería matar, el suegro era Saúl, el rey de Israel y el Rey de Israel tiene a su cargo un ejército y cuando usted está acosado por todo un ejército, tiene razón para sentirse temeroso. Por eso David dice: Alaba, alma mía, al Señor. Cuando usted oye todo lo que oye, cuando usted lee todo lo que lee, cuando usted mira todo lo que mira, recuerde el Salmo 103. Cuando de su boca quieran salir palabras negativas, palabras pesimistas, palabras derrotistas, empiece a sacar palabras de ánimo, de fe, de esperanza. No se deje influenciar por pensamientos destructores como el que hizo popular el famoso Vargas Vila que decía: cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber. Llegar a tal extremo del derrotismo que pensemos que la situación está tan difícil que mejor nos quitamos la vida. Pero no es así, hermanos, Cristo dijo en Juan 10:10 “El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir, pero yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia”.

Sí, las circunstancias son adversas, pero por eso tenemos que obligarnos a que de nuestra boca no salgan “quejabanzas” sino que salgan alabanzas. Alaba, alma mía, al Señor, ya no te quejes, ya no murmures, ya no critiques, ya no censures, ya no expreses amarguras, ya no hables de tristezas y de dolores. Una persona que alaba al Señor es una persona que va ir condicionándose y preparándose para vencer. Israel se había derrotado antes de entrar al campo de batalla con solo ver al gigante Goliat que decía: Yo voy a  enfrentarme a unos de ustedes, y el que venga y venza entre los dos ganará la victoria para su nación. El rey Saúl y todo el ejército se vieron vencidos con solo ver el tamaño del rival. Mentalmente ya estaban derrotados.

En eso apareció un jovencito, adolescente, con una canasta llena de quesos que su papá había mandado al capitán que estaba a cargo de sus hermanos, para saber cómo estaban. Y cuando él llegó, como todo jovencito típico shute -en Guatemala shute le decimos al que es metido, entrometido, curioso-. Se preguntó ¿qué pasa? porque encontró que el ejército de Israel, el que iba a luchar por bendecir y proteger a la nación, estaba escondido, asustado, temeroso. David les dijo. ¿Qué les pasa, por qué están miedosos? Por cuarenta días los había desafiado el gigante y ya los había vencido en su cabeza, ya ellos decían: no podemos, es muy grande, es un gigantón, no vamos a vencerle. Pero David apareció con otra manera de pensar, yo no le tengo miedo a este incircunciso. No le tengo miedo, si yo me he enfrentado al león, al oso para defender mis ovejas y el Señor me ha ayudado a vencer. ¿Cómo no me va a ayudar a vencer a este gigante?

El pensamiento es tan grande que me puede matar, así pensaban todos los del ejército israelita, pero David dijo: es tan grande que no puedo fallar. Porque ya pensaba lanzarle una piedra con una honda. David por eso se exhortaba a sí mismo: Alaba, alma mía, al Señor. Y antes de enfrentarse a una realidad como la del gigante, él mismo se hablaba: Si el Señor que me libró del oso, el Señor que me libró del león, el Señor que me libró de aquellos enemigos, también me va a librar de este incircunciso. Usted tiene que recordarse a sí mismo: el Señor que me libró de aquel problemas, el Señor que me libró de aquella hipoteca, el Señor que me libró de aquella extorsión, el Señor que me libró de aquel estafador, ese mismo Señor me va a librar, ahora, de los problemas que me están rodeando en este momento. Por gigantescos que sean, vamos a salir adelante, vamos a vencer, vamos a salir triunfantes. Por eso dice: Alaba, alma mía, al Señor y no olvides ninguno de sus beneficios.

No se enfoque en los problemas que hay ahorita. Enfóquese en los beneficios que ya recibió. No se enfoque en los millones que le van a entrar, enfóquese en los que ya le entraron. Déle gracia a Dios. Que no tengo para el pago, pero ya se comió un montón de vacas, de filete en filete, usted ya se comió quién sabe cuántas vacas en la vida. Ya se puso a pensar usted cuántos quintales de frijoles se ha comido, cuántos quintales de maíz se ha devorado, porque usted no es de una o dos tortillas, es de un muñeco de tortillas, pero el Señor que le ha provisto a usted los frijoles, las tortillas, el pan, el café, el azúcar, todos los días de su vida, le va a proveer para hoy el pan cotidiano y para mañana seguro que le va a proveer también, porque Dios siempre, fielmente, provee lo que nosotros necesitamos.  No se asuste por el futuro.

Una de las frases que me impresionó leyendo ese artículo de “Todos tienen miedo” es que hoy nadie tiene envidia del futuro, porque no saben que en el futuro Cristo nos espera a todos nosotros. Nosotros sí sabemos que vienen tiempos mejores, porque Cristo nos ha prometido mejores cosas cada día, así como el aurora va en aumento, nosotros vamos creciendo hasta que el día es perfecto. Dios tiene más y mejores cosas para cada unos de nosotros que confiamos en Dios nuestro Señor. Sí, mi hermano, anímese, sacúdase el miedo, sacúdase el temor. Dice la Biblia en el siguiente versículo del Salmo 103: “Él perdona todos tus pecados”. Esta es una de las situaciones más delicadas de todo ser humano, porque todo ser humano es pecador, todo ser humano es celoso, es envidioso, es malhablado y cuánta cosa más.

Leí la historia de Martín Lutero. Cuando él estaba bajo la presión de la Reforma de la Iglesia, atacado por la Iglesia entera y con muchos enemigos deseando matarlo, allá en una de sus habitaciones la presión fue tan fuerte que tuvo una visión del diablo.

Se le apareció y le dijo. Martín Lutero, por qué estás haciendo estas cosas, si sos un pecador, Y en la pared empezó a escribirle una lista de pecados, una gran lista. En eso tomó un frasco con tinta roja que estaba en su escritorio, la tomó con fuerza y la lanzó en contra de esa pared donde él veía esta lista de pecados. Y dijo: es cierto, yo cometí esos pecados, pero la sangre de Jesucristo, Su Hijo, me ha limpiado de todo pecado.

Si hermano. Quizás usted estafó a siete viejitas, quizás usted hizo muchos abortos, quizá usted abusó de algunos niños, quizá usted explotó a algunos trabajadores, quizá usted engañó a algunas mujeres, quizá usted hizo muchas cosas que lo avergüenzan hoy en día, a lo mejor debe siete ayotes, en Guatemala significa que mató a siete personas, quizás usted es responsable de muchas injusticias, pero si usted ha reconocido sus pecados y se ha arrepentido, Dios se los ha perdonado todos. Eso, hermanos, es un beneficio extraordinario. Poder dormir en paz, porque usted ha sido perdonado de todos sus pecados, ¿no es esto maravilloso? Bendigo a Dios que yo me acuesto y mi esposa me cuenta que me duerno luego, yo tengo la dicha de poner la cabeza en la cama y quedo profundamente dormido, así tenga que pagar millones el día de mañana por algún proyecto en el que estamos metidos. Yo tomo muy en serio en paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo tú, Señor, me harás vivir confiado.

Hermanos amados, Él nos perdona, porque si oyéramos las historias de cada uno de los que estamos acá, nos escandalizaríamos de los pecados que cada uno ha cometido, pero lo hermoso es que Él perdona todos nuestros pecados. Y me impresiona que no solamente nos los perdona sino que dice en el versículo 9 “No sostiene para siempre su querella ni guarda rencor eternamente”. No se parece a usted que no perdona nunca, porque usted dice: yo perdono pero no olvido. Cuando Dios nos perdona, de veras olvida. Un miembro de una iglesia presbiteriana, de aquellas donde usted entra y se oye el zumbido de las moscas nada más, este hermanito estaba tan emocionado con el Señor, feliz con el Señor, que en medio del servicio si había algo que le llegaba a su corazón decía: gloria a Dios, ¡Aleluya!. Y un día iban a llegar los supervisores de la iglesia, los jerarcas de la denominación y el pastor le dice: hermano, si usted hoy en la noche se pone a gritar alabanzas al Señor me va a meter en problemas. Hermano, hágame el favor, no diga nada y le voy a regalar un par de zapatos, porque además era descalzo, descalzo pero contento.

Esa noche, cada vez que sentía las ganas de decir aleluya, mis zapatos decía. Gloria,  a Dios, se aguantaba, por dentro gritaba todo lo que quería, pero miraba sus zapatos nuevos ya puestos. De repente el predicador leyó este pasaje del versículo 11-13 de donde dice: No nos trata conforme a nuestros pecados ni nos paga según nuestras maldades. Tan grande es su amor por los que le temen como alto es el cielo sobre la tierra. Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente”. Entonces el hermanito se dice: No, el Señor me ha perdonado tanto, ha lanzado mis pecados tan lejos que no los va a encontrar, pega el grito: ¡Con zapatos o sin zapatos, gloria a Dios! Alaba, alma  mía, al Señor. Hermano, con zapatos o sin zapatos alabemos al Señor. Con carro o sin carro alabemos al Señor. Con grandes cosechas o con pocas cosechas, alabemos al Señor. Con mucha salud o con poca salud, alabemos al Señor, porque Él es digno de suprema alabanza.

Usted levántese en la mañana alabando al Señor. Maneje su carro por el tráfico intenso, alabando al Señor. Él perdona todos nuestros pecados, pero además dice: sana todas tus dolencias”. Todos hemos recibido sanidad alguna vez, es una maravilla lo que Dios hace. Dios sana. Ayer por la mañana que tuvimos nuestro desayuno para premiar a los voluntarios y agradecerles su trabajo, hay más de 3 mil voluntarios aquí en la Fraternidad Cristiana de Guatemala. Hice el intento de pasar mesa por mesa saludando y abrazando, no llegué ni a la cuarta parte, pero en una mesa me dice una joven señora: Pastor, le tengo una buena noticia. Se recuerda que mi mamá se estaba muriendo de cáncer. Le hicieron su examen de controles tumorales esta semana y está sana Pastor, no tiene nada de cáncer. Por qué, porque Él es el que sana todas nuestras enfermedades.

Yo tendría como 16 años de edad cuando llegó una señora a la iglesia que padecía una enfermedad desde hacía 20 años, se tapaba con un manto el cuerpo porque de la cabeza a los pies botaba costras. Se  sentaba sola en la banca, porque ahí dormía también, muchos hermanos ya no querían asistir a los servicios,  habían enviado a Estados Unidos muestras para analizarlas, total que la mujer estaba desahuciada. De pronto aparezco yo con una picazón, me encontraba en Patulul, una noche que sentí la comezón, me rasqué y me rasqué y al día siguiente tenía la cara hinchada y amarilla, con fiebre, dolor y sin poder caminar, me mandaron a traer para traerme a la capital. Me llevaron a la casa y ahí estuve dos o tres meses encerrado. En esa época la doctrina era nada de pastillas ni inyecciones. Estaba tan enfermo que una mañana me levanté para verme en el espejo, estaba todo hinchado. Pero en lugar de ponerme a llorar, me puse a reír de  mí mismo y me dije a mí mismo: Alaba, salma mía, al Señor. Estaba solo, mis amigos de la Escuela Bíblica no me visitaban, solo mi mamá me bañaba con agua de esto y de lo otro, empecé a orinar negro y entonces el rumor se regó de que me iba a morir.

Pero un día llegaron los ancianos de la iglesia, un domingo, entraron al cuarto y empezaron a orar por mí y un hermano me dio una profecía: El Señor dice que esta semana te va a levantar de la cama, porque tú eres el siervo escogido en su obra. Aquí estoy vivito y coleando, hermanos, porque el Señor me sanó. Él sana todas nuestras enfermedades, todas nuestras dolencias, Él sana cuando se enferma su hijo, póngale las manos.

El versículo 4 lo pone más dramático: “él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión”. A mí de 16 años me rescató del sepulcro, ya todos me daban por muerto. Eso sí, unos meses más tarde me fu a cantar a Honduras con el trío Los Hijos del Reino y allá una señora nos llevó a dar un paseo por la ciudad junto con sus hijos que no conocían de Cristo. De regreso como a las 11 de la noche de un desvío surge un vehículo que nos impactó. La señora sufrió triple fractura de la pierna, la hija que desde nacimiento padecía de osteoporosis y que por cualquier golpe se fracturaba, pegó en el techo del pequeño auto que yo conducía. Fue la única ilesa del grupo – ahí Dios confirmó sanidad-, yo me hice una herida en la cara con el retrovisor. Llegaron bomberos, policías, periodistas, en fin, nos llevaron y en una ambulancia le digo al hijo de la  señora: Juan Carlos, dale gracias a Dios que estamos vivos, porque si hubiéramos muerto vos no hubieras entrado al cielo, porque para entrar al cielo hay que arrepentirse de sus pecados y reconocer a Jesús como su sanador y salvador y entonces ya estamos preparados para entrar al cielo. ¿Querés entregar tu vida a Cristo? En la ambulancia se entregó a Cristo. El diablo quiso matarnos, quiso acabarnos y en vez de acabarnos nos robamos tres almas jóvenes para Cristo. El otro hermano mayor se convirtió a Cristo en el pasillo del hospital, otro de mis compañeros le habló.

Yo quiero decirles una cosa, Él rescata del sepulcro nuestra vida. Alaba, alma mía, al Señor y no olvides ninguno de sus beneficios. Versículos 5 dice: “él colma de bienes tu vida y te rejuvenece como a las águilas”. Podría pasar horas y horas y horas contándoles cómo el Señor nos ha colmado de bienes. Díganme ustedes si no ver todo lo que es la Mega Fráter y todo lo que son edificios y bendiciones que Dios nos ha dado, ¿no es colmarnos de bienes? Son 32 años y Él nos ha permitido más que muchos en siglos. Damos Gloria a Dios, porque Él nos colma de bienes. Alabemos al Señor. Dígase a sí mismo: alma mía, alaba al Señor

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La fe viene por el oir…

 

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Como en casa aún en el extranjero…