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Lea

La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

Todos nos alegramos de tener “un hogar, bello hogar, más allá del sol” y nadie lo quiere ir a estrenar. Cuando uno tiene una casa nueva quiere ir a estrenarla, quiere ir a disfrutarla, así que ¿cuántos conocen a alguien que ya fue a estrenar su nuevo hogar? Si, en estos días en los que se piensa es en las personas que han pasado a la presencia del Señor, pues uno tiene sentimientos de nostalgia, tiene lágrimas cerca de los ojos al recordar a seres queridos que ya han partido de esta tierra.

A propósito, también estamos en la época de las graduaciones. Y ha ocurrido en muchos casos en el Liceo Bilingüe Fraternidad Cristiana, de alumnos que han llegado a culminar sus estudios y en el momento de su graduación falta el papá o la mamá, porque falleció y en algunos casos los dos han faltado y es el abuelito el que ha tenido que tomar el segundo aire para criar a sus nietos. Ha ocurrido, porque al papá lo mataron y no pudo estar presente en ese momento especial de su pequeño hijo.

Me ha tocado vivir momentos especiales, como el secuestro y asesinato de un joven. Hablé con su papá para decirle que lamentaba la situación que estaba pasando. El hombre soltó a llorar lamentable y desesperadamente y cuando terminé de animarlo, de darle palabras de aliento, colgué el teléfono y solo ahí en la sala de  mi casa me puse a llorar. Me puse a llorar al pensar en el dolor de este padre que vio a su hijo de 20 y pico de años de edad morir violentamente.

La muerte nos trae noticias, la mayoría de las veces desagradables. Ayer me tocó hacer un funeral, comencé mi prédica diciendo: Qué privilegio es para mí estar en este funeral, porque falleció una cristiana que hoy, un día después de su entierro, cumpliría 96 años de edad. La mamá de Gustavo Espina Salguero pasó a la presencia del Señor dejando un legado de fe a sus 7 hijos, dos ya en la presencia del Señor que fueron miembros, prácticamente, fundadores de la Fráter.

La mayoría de los muertos en nuestro país tienen menos de 20 años de edad, son jóvenes y están muriendo en las calles debido a la violencia. Por supuesto que hay uno que otro adulto que muere como en Tikal Futura, el 15 de septiembre. Salió la policía a buscar a la oveja negra y mataron al Pastor. A veces nos tocan situaciones lamentables.

Eso me hace pensar en los epitafios, aquel catedrático universitario, profesor Salvador Aguado, que aseguraba que en su tumba iban a poner: “Aquí yace tieso que en vida fuera un Aguado”. Hay epitafios bien curiosos, como aquel que le puso a su suegra: “Aquí descansa mi suegra y en la casa descansamos todos”. Hay epitafios de epitafios, pero cada vez que nos encontramos ante la muerte de un ser querido, hay lágrimas, hay dolor. Toda pérdida causa dolor. Si a usted le roban su billetera le duele. Si usted pierde una falda, le duele. Si a usted le roban su carro, le duele. Si usted pierde unas elecciones, le duele. Hay dolor, toda pérdida causa dolor.

Sin embargo, no existe un dolor tan profundo como la muerte de un ser querido. Las causas de estrés en el ser humano más dañinas son precisamente la muerte de una madre, la muerte de un cónyuge, un divorcio, la pérdida de un empleo, esto causa bastante impacto en las emociones del ser humano. Existe el dolor de la separación, usted va a un aeropuerto y va a ver gente que llora, porque se separan de su hijo, el hijo talvez abusivo, haraganote, pero la mamá está llorando porque se va el hijo a estudiar y la separación le causa dolor. Hay dolores de distintas clases. También existe el dolor: que tal si hubiera sabido que se iba a morir, entonces yo habría ido a visitar a mi mamá. Recuerdo a una señora que hace años me mandó una carta en la que me decía: Pastor dígale a la congregación que amen a su mamá, que hagan todo lo que puedan mientras está viva, porque yo iba a ver a mi mamá, pero cuando necesitaba que ella me cuidara a mis hijos, porque yo quería salir con mi esposo o me iba a ir de viaje con unos amigos. Entonces llegaba a donde mi mamá y le dejaba a mis hijos para que me los cuidara. Y siempre andaba ella con su suetercito roto de un codo y yo decía: voy a ir a comprarle un suéter nuevo a mi mamá, la voy a llevar a merendar y vamos a salir juntas, y lo pensé tanto y nunca la hice. El día que mi mamá se murió me dolió mucho no haber puesto en práctica aquella intención que yo tuve.

Me parece muy oportuno leerles de nuevo este poema: En vida, hermano, en vida/ si quieres hacer feliz a alguien que quieras mucho díselo hoy, sé muy bueno. En vida, hermano, en vida…Si deseas dar una flor, no esperes a que se mueran mándalas hoy con amor. En vida, hermano, en vida… Si deseas decir te quiero a la gente de tu casa, al amigo cerca o lejos. En vida, hermano, en vida… en vida… Tú serás muy feliz si aprendes a hacer felices a todos los que conozcas. En vida, hermano, en vida… Nunca visites panteones, ni llenes tumbas de flores. Llena de amor corazones. En vida, hermano, en vida”. Dígale al que tiene a sus lado que lo aprecia, si es su mujer con mayor razón, si es su mamá o su papá, pues también, dígaselo ahora, que lo ama, que lo aprecia. No sea que dentro de un rato le dé un taque y ahí se quede. Ahora tenemos que aprovechar para hacer las cosas.

Me llama la atención que nuestro Señor Jesucristo también sintió esa emoción fuerte, impactante que causa la muerte de un ser querido. Tuvo amigos que amó mucho, pocos pero buenos. Dice el Evangelio que Jesús no tenía ni donde recostar su cabeza, es decir, no era propietario de una casa. Pero habían casas que Él las usaba como si fueran propias. Había unos amigos que tenía en una ciudad a pocos kilómetros de Jerusalén, Betania, y en esa casa vivían tres amigos suyos, Lázaro, Marta y María y cuando Él llegaba a esa casa se sentía muy bien, porque María era su fan cien por ciento. Cuando Él llegaba, María se dedicaba a atenderlo, a escuchar sus historias. Marta, era una de esas mujeres que a mí me encantan, porque siempre están preparadas, buena comida para el Señor. Ella paraba la oreja desde la cocina, oía todo lo que Jesús hablaba, mientras le preparaba sus platillos favoritos.

Pero un día, mientras Jesús estaba haciendo su ministerio, recibió el mensaje: Tu amigo Lázaro está gravemente enfermo. Y Jesús en lugar de salir corriendo hacia Betania se quedó dos días más haciendo su ministerio. Pero les dijo a sus discípulos: La muerte de Lázaro va ser para la gloria de Dios. Él sabía lo que podía pasar y, finalmente, cuando llegó a la casa de Lázaro, Marta salió y le dijo: Jesús, si hubieras venido antes, seguramente Lázaro no habría muerto. Pudo sonar como a reproche o pudo sonar como a convicción. Señor, yo sé que si tú hubieras estado aquí, hubieras orado por Lázaro y no habría muerto. El consejo para todos, si nos llaman para orar por un enfermo, hay que ir ahora, porque se mueren los enfermos. No hay que dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. Si alguien está enfermo hay que orar de una vez.

Marta le dice a María: Ya vino el maestro, y se fue a hablar con Jesús y Juan 11 nos enseña la historia que María le dijo lo mismo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no se habría muerto. Y fueron a donde estaba la tumba y Jesucristo les dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que viva y cree en mí no morirá jamás”. Esto, le dijo en Juan 11: 24, pero me llama la atención los versículos 33-37 donde leemos: “Al ver llorar a María y a los judíos que la habían acompañado, Jesús se turbó y se conmovió profundamente. — ¿Dónde lo han puesto? —preguntó. —Ven a verlo, Señor —le respondieron. Jesús lloró. — ¡Miren cuánto lo quería! —dijeron los judíos. Pero algunos de ellos comentaban: —Éste, que le abrió los ojos al ciego, ¿no podría haber impedido que Lázaro muriera?

Al ver llorar a María, Jesús se conmovió y lloró también. Sus amigas lloraban, dos mujeres que se quedaban sin el sostén de su hogar que era Lázaro. Y Jesús lloró. A muchos de nosotros nos han dicho que los hombres no lloran, pero yo ya comprobé que eso no es cierto, los hombres también lloramos. A veces lloramos más en privado que en público, porque nos da vergüenza que nos vean llorar, nos han enseñado que los hombres no lloran y cada vez que sentimos ganas de llorar nos aguantamos y por eso nos llora el hígado, nos llora el corazón, nos llora el riñón, todo nos llora, menos los ojos. Jesús lloró. No está prohibido llorar, sobre todo, cuando hay una buena causa como en ésta en que había muerto Lázaro.

Cuando haya que llorar, llore. Es importante comprender que no sólo debemos llorar por la pérdida sino que tenemos que dar el consuelo a la gente, y recordarles que habrá resurrección un día cuando nuestro Señor venga por nosotros. Y que no le preocupe llorar, usted llore, pero tampoco deje de seguir viviendo, si se le muere un hijo y tiene otros hijos, ocúpese por los que quedan y si no tiene hijos, haga otros, ocúpese en lugar de preocuparse, en lugar de preocuparse hay que ocuparse. La vida sigue. Jesús lloró pero no se quedó llorando dos días, tres días, una semana, un mes. Se dio una buena chillada delante de todos y luego sacó al muerto, lo resucitó, siguió su ministerio. La vida sigue.

Este año cuando presentamos la Vía Dolorosa, tuvimos aquí a un cantante profesional, el día que él estaba cantando, el sábado por la noche, le avisaron que su papá había muerto y que fuera al funeral. El domingo tenía que cantar otra vez y vino a cantar, con el dolor de haber perdido a su papá. Yo sé, dijo, que mi papá me hubiera dicho: Cante hijo, cante, usted tiene que seguir cantando a pesar del dolor de la muerte de su papá. Nosotros tenemos que seguir, la vida no puede detenerse. He visto a personas anular, prácticamente, su vida por causa del dolor de la muerte. Hay un ejemplo hermoso en el libro 2 Samuel 12:15, el caso es del rey David, Natán, el profeta, lo visita, lo confronta con su vida y dice en el versículo 15 “Dicho esto, Natán volvió a su casa. Y el Señor  hirió al hijo que la esposa de Urías le había dado a David, de modo que el niño cayó gravemente enfermo”.

Betsabé era la esposa de un militar llamado Urías, el hitita, quien mientras estaba en la batalla, su mujer salió a bañarse a la terraza, en donde el rey David la vio completamente desnuda y la mandó a llamar y se acostó con ella. A los pocos días le dijo al soberano que estaba embarazada. Mandó a llamar al esposo. Vino el militar al palacio. David le dijo: Yo sé que ha estado dura la batalla, te mandé a traer para que puedas tener una noche de descanso, en tu casa, te acuestes con tu mujer y la pases bien. Muchas gracias, dijo el militar, otro día temprano David salió al pasillo del palacio y se encontró con que Urías no fue a su casa, se quedó a dormir en el corredor. Y le dijo: ¿Por qué no fuiste a dormir con tu mujer? Todos mis soldados están en el campo de batalla y yo no me sentí con la conciencia tranquila de pasar la noche con mi mujer, muy feliz, muy contento, por eso me quedé aquí.

Entonces a David se le complicó la situación. Hizo una notita, se la dio a él, se la llevó al comandante en el campo de batalla. Y en la notita decía: Dejen a Urías en el centro del fragor de la batalla y déjenlo solo. Lo mataron, llegó la noticia que había muerto, David llamó a una conferencia de prensa, le dijo a todos los diarios de la época: Señores, ha muerto con honores nuestro adalid. Pero de la viuda yo me voy a hacer cargo. Muy buena su estrategia, pero Natán fue y se la arruinó, porque le fue a decir la verdad. Así es como surge que el niño que nace de esa relación cayó gravemente enfermo. Versículos 16-24: “David se puso a rogar a Dios por él; ayunaba y pasaba las noches tirado en el suelo. Los ancianos de su corte iban a verlo y le rogaban que se levantara, pero él se resistía, y aun se negaba a comer con ellos. Siete días después, el niño murió. Los oficiales de David tenían miedo de darle la noticia, pues decían: «Si cuando el niño estaba vivo, le hablábamos al rey y no nos hacía caso, ¿qué locura no hará ahora si le decimos que el niño ha muerto?» Pero David, al ver que sus oficiales estaban cuchicheando, se dio cuenta de lo que había pasado y les preguntó: — ¿Ha muerto el niño? —Sí, ya ha muerto —le respondieron. Entonces David se levantó del suelo y en seguida se bañó y se perfumó; luego se vistió y fue a la casa del Señor para adorar. Después regresó al palacio, pidió que le sirvieran alimentos, y comió. — ¿Qué forma de actuar es ésta? —le preguntaron sus oficiales—. Cuando el niño estaba vivo, usted ayunaba y lloraba; pero ahora que se ha muerto, ¡usted se levanta y se pone a comer! David respondió: —Es verdad que cuando el niño estaba vivo yo ayunaba y lloraba, pues pensaba: “¿Quién sabe? Tal vez el Señor tenga compasión de mí y permita que el niño viva.” Pero ahora que ha muerto, ¿qué razón tengo para ayunar? ¿Acaso puedo devolverle la vida? Yo iré adonde él está, aunque él ya no volverá a mí. Luego David fue a consolar a su esposa y se unió a ella. Betsabé le dio un hijo, al que David llamó Salomón. El Señor amó al niño.

Mis hermanos, a veces nos toca una experiencia parecida a la de David, se nos muere un niño, se nos muere un cónyuge, se nos muere un padre, una madre, un amigo y sufrimos y lloramos, pero luego nos queda levantarnos y seguir, continuar al frente de la célula, continuar al frente del ministerio, continuar al frente de nuestro negocio, de nuestro trabajo, continuar al frente del hogar y salir adelante. No se quede abatido, no se quede tirado. Debe continuar. Moisés murió y el pueblo de Israel lo lloró durante 30 días pero después siguieron viviendo. Yo no digo esto para que cuando yo me muera ustedes me lloren por 30 días, tres minutos bastan, pero lo importante es que hay que llorar y luego continuar. Murió Moisés, Josué lloró, tomó su lugar y llevó a Israel a la conquista de la tierra prometida.

Que no le preocupe pedir ayuda, Dios nos dice que debemos llevar los unos las cargas de los otros y cumplir así la ley de Cristo. Llame a los compañeros del grupo, llame a los miembros de la célula, llame a su guía espiritual, llame a alguien que usted sabe que le puede ayudar. Pida ayuda. En medio de su luto pida a aquellos que usted quiere que estén cerca suyo para que le ayuden. Muchos no saben como actuar ante el familiar del fallecido, no saben si llamarlo, si visitarlo o qué hacer, pero aprenda a pedir apoyo a sus líderes o a sus amigos íntimos y a pedirles lo que necesita, quizá compañía. Muchas veces lo que necesitamos es que alguien esté ahí con nosotros.

En muchas ocasiones cuando me toca acompañar a una familia que ha perdido a un ser querido, basta con estar presente y eso ya inspira a la gente paz, porque algunos emanamos paz, serenidad, tranquilidad. Otros emanan amargura, estrés, pero nuestra compañía puede ser suficiente para darle a las personas lo que necesitan, un consejo, quizás, una palabra de sabiduría, de exhortación. Usted pida ayuda. Sabe ¿qué significa el nombre Lázaro? Dios es mi ayudador. Cuando a usted le toque pasar por las de María y Marta con su propio Lázaro que se muere, recuerde que, Dios es mi ayudador. Quizás usted diga: yo estoy solo en otro país, quizá usted piense mi familia está en el interior y yo estoy solo en la capital, pero recuerde que Dios es mi ayuda, y está para ayudarnos en todo momento..

¿Qué pasa cuando uno se muere? Hay gente que piensa que cuando uno muere, se queda vagando en el espacio, pero no es así, cuando una persona muere su cuerpo vuelve al polvo y su espíritu vuelve a Dios quien lo dio. Recuerdan ustedes al ladrón que estaba al lado de Jesús en la cruz y que le dijo: Señor, acuérdate  de mi cuando estés en tu reino. Jesús le dijo: Hoy estarás conmigo en el paraíso. ¿Cuándo? Hoy. Si usted se muere ¿dónde va a estar hoy? En el paraíso, en la presencia del Señor, a menos que se muera sin haber creído en Cristo. Si se muere sin haber creído, hoy estará separado de Dios. Pero si usted se muere con la fe puesta en Cristo, hoy estará en la presencia de Dios.

1 Tesalonicenses 4:13-18 “Hermanos, no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que ya han muerto, para que no se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza. ¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él. Conforme a lo dicho por el Señor, afirmamos que nosotros, los que estemos vivos y hayamos quedado hasta la venida del Señor, de ninguna manera nos adelantaremos a los que hayan muerto. El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Y así estaremos con el Señor para siempre. Por lo tanto, anímense unos a otros con estas palabras”.

Eclesiastés 12:7 “Volverá entonces el polvo a la tierra, como antes fue, y el espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio”.

Cuando usted se muera, su cuerpo volverá al polvo. Usted muy orgulloso porque es de piel morena, usted es polvo moreno. Usted muy orgulloso porque es de piel blanca, usted es tierra blanca. Usted que luce su piel negra, es tierra negra. Pero lo que si somos es tierra, polvo, y cuando nos morimos nuestro cuerpo se hace polvo, tierra, lo que dice la Escritura. Nuestro cuerpo vuelve al polvo y nuestro espíritu vuelve a Dios que es quien lo dio. Así que cuando se muera un ser querido téngalo por seguro, lo que va a tener en la caja es nada más que su casa de habitación aquí en la tierra. Una casa que se va desgastando, con razón decía el apóstol Pablo “Aunque en el hombre exterior me voy desgastando, el hombre interior se va renovando”.

Nuestro cuerpo se desgasta, cuando usted mira a un viejito por ahí, que ya tiene plata en la cabeza, oro en la boca y plomo en los pies, si es un hijo de Dios, por dentro estará renovado como nunca. El hombre que muere en Cristo, en el día de la resurrección, su cuerpo resucita, se une a su espíritu y vive eternamente en un cuerpo transformado, glorificado, incorruptible, que ya no sufre de artritis, de lumbago, de catarros, de nada, un cuerpo perfecto. Así que si usted no está conforme con el cuerpo que tiene ahora, con las imperfecciones que tiene, tenga paciencia, después de muerto el Señor le va a dar uno nuevo, una nueva casa de habitación. Pablo dice que nuestro cuerpo es una casa de habitación. Así que cuando vamos a hacer un entierro, la persona que vamos a enterrar ya no está ahí, la casa está vacía, el habitante de esa casa estará en la presencia del Señor. Desde el momento en que expiró, los ángeles lo tomarán, lo acompañarán al cielo y allá tendrá su recibimiento especial, el Señor le dirá: bien, buen siervo y fiel en lo poco has sido fiel, en lo mucho te pondré, entra en el gozo de tu señor.

Ahora, si quiere ir a estrenar su nuevo hogar, ya sabe que el Señor lo espera con los brazos abiertos, así que cuanto tenga que morirse, recuerde las palabras de Pablo que decía: Para mi el vivir es Cristo y el morir es ganancia. No le tenga miedo a la muerte, porque el día que usted muera físicamente, empezará a vivir eternamente. Gracias a Dios que tenemos la vida y la esperanza de la resurrección.

Si usted muere hoy, ¿a dónde va a ir? Lo importante es que usted sepa que si muere hoy pues va a la presencia de Dios, porque si no va a la presencia de Dios ya sabe a la presencia de quien va.

Es muy importante estar preparados.

Escuche

La fe viene por el oir…