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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

A finales del próximo año tendremos elecciones generales en Guatemala. Otra vez esteremos en la campaña electoral y vamos a volver a escuchar las promesas de los políticos, de los aspirantes a los diferentes cargos de elección popular. Hace algún tiempo un ex presidente reveló que es necesario mentirle a la población para ganar las elecciones y, lamentablemente, es una triste realidad, porque muchos mienten, prometen cosas que nunca cumplen. A veces es exagerada la situación que se da en nuestra casta de políticos, pero también tenemos las famosas promesas que hacen los alcohólicos, en Guatemala a los que tienen el vicio del alcoholismo se les conoce como bolos, los borrachos. Las promesas de bolo por lo general no se cumplen, pero lo triste es que hay personas que aún siendo cristianas hacen promesas que no cumplen.

Criticamos a los políticos, criticamos a los borrachos, pero que tal si nos ponemos frente al espejo y nos criticamos a nosotros, a ver cómo nos va. Porque también nosotros hacemos promesas que no cumplimos. Nuestra palabra muchas veces no es confiable, porque decimos una cosa y hacemos otra.

Integridad es hacer lo que dijimos que íbamos a hacer. Una persona íntegra siempre respalda sus dichos con sus hechos. Y en eso nosotros tenemos que distinguirnos como cristianos. Si en verdad queremos transformar a la nación, tenemos que empezar por transformar nuestra dicción. Lo que decimos debemos respaldarlo con lo que hacemos. Algunas señoras y señoritas aquí presentes pueden dar testimonio de hombres que prometen y lo cumplen, así de otros que no cumplen lo que prometieron. Cuantos compromisos y cuanta “palabra de honor” – entre comillas- se da, que luego no se cumplen. Ante esa realidad triste que vivimos, tenemos que aprender que la garantía del cristiano debe ser su propia palabra. La palabra nuestra debe ser más respetada, valorada, que cualquier contrato firmado.

Nuestra palabra debe ser tan confiable que cuando se la demos a alguien en un negocio sabrá que se va a cumplir, cuando se la damos a alguien, en una relación sentimental, en un matrimonio, en un noviazgo, la vamos a cumplir. Cuando se la demos a nuestros hijos se la vamos a cumplir. Tenemos que ser hombres de palabra. Cuando nosotros quedamos mal con nuestra palabra causamos mucho daño. El hijo desordenado que recibe de su mamá la instrucción de arreglar su cuarto. La promesa de que lo va a cumplir, luego llega el fin del día y la mamá entra al cuarto y está igual. La persona que ayuda en los oficios domésticos recibe instrucciones de su señora y le dice: quiero que hoy me arregles esta bodega, por la tarde llega la señora y la bodega está igual. Y siempre presenta una excusa: se me fue el tiempo planchando, es que no sentí cómo se fue el día. Y no se cumple.

El padre que entusiasma a sus hijos diciéndoles que al día siguiente van ir a nadar, ellos se prueban su calzoneta, se tiran al piso, a la cama, ejercitando la natación. Pero al día siguiente usted prefiere ver un partido de fútbol por televisión y les vuelve a prometer que será la semana siguiente. Su credibilidad se va perdiendo y esto se paga caro. Las empresas cuando se comprometen a entregar un producto a un cliente cierto día, si no cumplen con esa palabra dada causan grandes problemas a las otras empresas. Imagínese usted organiza el cumpleaños de su hija, Quince Años, hace arreglos para que le llevan la comida de un hotel o una empresa que produce alimentos a su casa. Yo he estado en eventos donde llegó el día, el lugar y la hora, terminó el cumpleaños, todos sentados en las mesas y extrañando que no sirven nada y los pobres anfitriones llamando a todos lados, porque no aparece la gente encargada de la comida.

La palabra tiene que honrarse siempre. Lo triste que muchos de nosotros somos los que incumplimos nuestra palabra y hacemos quedar mal a toda la gente. Tenemos que ser personas de integridad. ¿Conoce usted a alguien que siempre ha cumplido su palabra? Sí, todos conocemos a alguien que es de confianza, que cuando dice algo lo cumple y si no va a poder cumplirlo mejor le dice: No puedo ir, no puedo ir a buscarlo o no puedo hacer tal cosa. Conozco colegas míos predicadores que a todas las invitaciones que les hacen dicen que sí y a última hora no van y dejan a la pobre gente esperando o mandan a alguien en su lugar. Tenemos que aprender a decir las cosas como deben de ser. El problema es que cuando ya nuestra credibilidad se ha venido al suelo empezamos a apoyarnos como lo hacían los judíos en la antigüedad. Reforzaban su palabra con toda clase de juramentos y decían: “ahora si te juro por Jerusalén que sí lo voy a hacer”. “Te juro por mi madre que sí lo voy a hacer”.

Y en el contexto judío cuando se juraba por Dios, entonces si estaba usted obligado a hacerlo, pero eran tan astutos que evadían incluir a Dios en sus juramentos y metían a cualquier otra persona o cosa como testigo de su juramento. Santiago – la carta que hemos estado estudiando y hemos aprendido mucho de ella, escrita por el hermano de Jesús a los judíos cristianos que eran perseguidos desde Jerusalén hasta todo el resto del Imperio Romano- les dice 5:12 “Sobre todo, hermanos míos, no juren ni por el cielo ni por la tierra ni por ninguna otra cosa. Que su «sí» sea «sí», y su «no», «no», para que no sean condenados”. Está citando las palabras de su hermano, el Señor Jesús, las cuales encontramos en el Sermón del Monte, leamos en Mateo 5:33-37 »También han oído que se dijo a sus antepasados: “No faltes a tu juramento, sino cumple con tus promesas al Señor.” Pero yo les digo: No juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer que ni uno solo de tus cabellos se vuelva blanco o negro. Cuando ustedes digan “sí”, que sea realmente sí; y cuando digan “no”, que sea no. Cualquier cosa de más, proviene del maligno”.

El punto de vista del Nuevo Testamento es que cada palabra es pronunciada en presencia de Dios y por lo tanto, toda palabra tiene que ser veraz. Usted piensa porque está solo en su bufete con otra persona u otras personas Dios no está allí, Dios está allí presente, está presente en su taller, Dios está presente en su clínica, en su curul, en su tribunal, donde quiera que se encuentre. Por lo tanto, nuestra palabra tiene que ser veraz, porque Dios siempre es testigo.

En una sociedad honesta el juramento no es necesario, solo cuando no se puede confiar en la palabra de los hombres hay que recurrir a los juramentos. La prevalencia de esta práctica  es la prueba de la prevalencia de la falsedad. Como consecuencia a la falsedad que había siempre en la gente, recurrían a un constante juramento. El cristiano sólo tiene dos opciones al hablar, sí o no. Por eso es mejor meditar antes de decir sí, porque si usted dice sí está comprometido a cumplir y si dice no, pues también. Por eso si usted les dice a sus hijos que no pueden ir a esa parranda en la Zona Viva, usted debe ser firme con su decisión. Si usted les dice sí voy a ir a la Media Vigilia en la Fráter en la que va  a estar predicando el Pastor Jorge López y el grupo Rojo cantando, pues también tiene que cumplir, aunque le cueste meterse al vehículo.

El cristiano solamente tiene una opción cuando dice si o no, y la opción es cumplir. Cumpla lo que dice. El si o un no del cristiano deben ser suficiente garantía del cumplimiento de su palabra. Esto no implica que usted no deba hacer contratos ante abogados y notarios o dejar por escrito los términos de los negocios que realice, pero cuando damos nuestra palabra, exista o no existan contratos, esa palabra es suficiente garantía de cumplimiento para todo el que nos conoce. Cuando nosotros somos hombres de palabra, la gente confía en nuestra palabra.

Abra su Biblia en Eclesiastés 5:1-7 “Cuando vayas a la casa de Dios, cuida tus pasos y acércate a escuchar en vez de ofrecer sacrificio de necios, que ni conciencia tienen de que hacen mal. No te apresures, ni con la boca ni con la mente, a proferir ante Dios palabra alguna; él está en el cielo y tú estás en la tierra. Mide, pues, tus palabras. Quien mucho se preocupa tiene pesadillas, y quien mucho habla dice tonterías. Cuando hagas un voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque a Dios no le agradan los necios. Cumple tus votos: Vale más no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos. No permitas que tu boca te haga pecar, ni digas luego ante el mensajero de Dios que lo hiciste sin querer. ¿Por qué ha de enojarse Dios por lo que dices, y destruir el fruto de tu trabajo? Más bien, entre tantos absurdos, pesadillas y palabrerías, muestra temor a Dios.

A Dios no le agrada cuando nosotros hacemos una promesa y no la cumplimos. Cuando le prometemos algo a Dios y no lo cumplimos se enoja, dice aquí Salomón, ¿por qué ha de enojarse Dios por lo que dices y destruir el fruto de tu trabajo? Cuando hacemos promesas al Señor y no la cumplimos nos arriesgamos a recibir de Dios demandas de cumplimiento. Abra su Biblia en el libro de Deuteronomio 23:21-23 »Si le haces una promesa al Señor tu Dios, no tardes en cumplirla, porque sin duda él demandará que se la cumplas; si no se la cumples, habrás cometido pecado. No serás culpable si evitas hacer una promesa. Pero, si por tu propia voluntad le haces una promesa al Señor tu Dios, cumple fielmente lo que le prometiste.

Muy a menudo estamos en situaciones complicadas, quizá nuestro hijo está enfermo en el hospital y decimos: “Dios si tú sanas a mi hijo, yo te prometo que de ahora en adelante voy a dedicar mi casa para que sea una célula de oración, de estudio bíblico y voy a servirte Señor, y ayudar a otros que sufren”. Y viene Dios y sana a su hijo, la pregunta es ¿va a cumplir usted su promesa o no? Usted hizo una promesa, cúmplala. Usted está sin trabajo por muchos meses y dice: “Dios mío si consigo este nuevo empleo me comprometo que voy no sólo a diezmar fielmente, sino que el primer sueldo que yo reciba lo voy a dar como primicia para la obra del Señor”. Y cabal, lo contratan y usted empieza a trabajar, recibe su primer sueldo y cuando lo recibe dice: “Señor, tú sabes que lo necesito” y se lo queda.

Es fácil hacer promesas, pero cuando llega el momento de cumplirlas… Dios no lo obliga, pero cuando usted voluntaria y espontáneamente hace una promesa, se espera que la cumpla. Hay un ejemplo en el primer libro de Samuel 1:9-11 ahí está la historia del nacimiento de Samuel. Ana era una mujer estéril y su esposo tenía dos esposas, en ese entonces era la manera de relacionarse. Penina era una mujer fértil y todos los años tenía un hijo, pero Ana era estéril y no podía tener hijos y para ella era muy difícil ver a su compañera tener hijos y ella no tenerlos. Y dice la historia que Penina la atormentaba con eso. Yo me imagino que cuando quedaba embarazada pasaba frente a Ana hasta pandeándose un poco más, con tal de hacerla sufrir, porque ella estaba de nuevo embarazada. En el versículo 9 dice: ¡ Una vez, estando en Siló, Ana se levantó después de la comida. Y a la vista del sacerdote Elí, que estaba sentado en su silla junto a la puerta del santuario del Señor, con gran angustia comenzó a orar al Señor y a llorar desconsoladamente. Entonces hizo este voto: «Señor Todopoderoso, si te dignas mirar la desdicha de esta sierva tuya y, si en vez de olvidarme, te acuerdas de mí y me concedes un hijo varón, yo te lo entregaré para toda su vida, y nunca se le cortará el cabello.»

Si usted tiene hijos no es fácil entregarlos, los quiere para usted y aunque lleguen a ser viejos y no se casan, cuarenta años de estar en la casa, usted los sigue reteniendo, porque los ama entrañablemente, pero Ana hizo compromiso que al nacer su hijo lo iba a entregar. Lo dejó de amamantar y lo fue a entregar, ahora ¿cuánto tiempo amamantaría al bebé, un año, dos años? La cosa es que cuando terminó de amamantarlo lo fue a entregar, llegó a donde Elí el sumo sacerdote y le dijo: aquí traigo lo que le prometí al Señor. Dios bendijo a Ana de manera que ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas, esto es lo que Dios hizo con ella, por haber cumplido lo que prometió. Versículos 24-28: “Cuando dejó de amamantarlo, salió con el niño, a pesar de ser tan pequeño, y lo llevó a la casa del Señor en Siló. También llevó un becerro de tres años, una medida de harina y un odre de vino. Luego sacrificaron el becerro y presentaron el niño a Elí. Dijo Ana: «Mi señor, tan cierto como que usted vive, le juro que yo soy la mujer que estuvo aquí a su lado orando al Señor. Éste es el niño que yo le pedí al Señor, y él me lo concedió. Ahora yo, por mi parte, se lo entrego al Señor. Mientras el niño viva, estará dedicado a él.» Entonces Elí se postró allí ante el Señor”.

Cumplir nuestra palabra muchas veces nos va a salir caro, por eso tenga cuidado. No le diga a su hijo: si te gradúas te compro un carro nuevo, porque le va a salir caro. No le diga a su hija mira si ganas te mando a pasear a París, le va a salir caro. Cuando usted se compromete, muchas veces le puede salir caro. Pero es mejor que cumpla o va a perder lo más valioso que tiene: su palabra. Ya no le van a creer.

Ana cumplió su palabra y como consecuencia de su cumplimiento dice  en 1 Samuel 2:21 El Señor bendijo a Ana, de manera que ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. Durante ese tiempo, Samuel crecía en la presencia del Señor. Y ese niño que ella entregó fue el sucesor del sumo sacerdote de Israel que se llamaba Elí, quien cayó en una corrupción tremenda él y sus hijos. Y Samuel llegó a sucederlo.

¿Cuál es su situación? Si usted ha perdido la credibilidad ¿qué debe hacer? ¿Por qué muchos pierden la credibilidad? Aquel que ha sido mentiroso llega el momento en que nadie le cree. Aquel que ha faltado a su Palabra una vez, dos veces, diez veces, ya no le cree nadie. No le cree ni su mamá ni sus hermanos, amigos, porque ya perdió credibilidad. ¿Cómo hace usted entonces para recuperarla? Tiene que cumplir su palabra, poquito a poco. Yo he visto gente a través de los años, por ejemplo, que debido al alcoholismo no pudo ganarse la reputación de gente creíble, sino de gente no creíble, cuando vinieron a los pies de Cristo empezaron a cambiar, empezaron a  cumplir poco a poco las cosas que prometían hacer. Y hoy en día son servidores en la iglesia, maestros en la Zona de Campeones, son líderes de célula, es gente que ganó su credibilidad.

Si hemos fallado con nuestra palabra, tenemos que pedirle a Dios que nos ayude a recuperarla, a ser hombres y mujeres de palabra, hombres y mujeres de valor. Romanos 10.8- 11 ¿Qué afirma entonces? «La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón.» Ésta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo. Así dice la Escritura: «Todo el que confíe en él no será jamás defraudado.» Si usted confía en Dios, jamás será defraudado porque Él nunca falla. Él es fiel, siempre cumple Su Palabra, Sus promesas siempre se cumplen al pie de la letra. Pidamos al Señor perdón por tantas promesas que hicimos y no las cumplimos. Que nos ayude a imitarlo. Que nos ayude a ser cumplidores de nuestra palabra, a ser personas íntegras que hagamos lo que decimos que vamos a hacer. Que cumplamos con nuestros ofrecimientos, que cumplamos con nuestras promesas de todo tipo. Y que nuestra palabra sea valiosa, reconocida, respetada por todos y de esa manera contribuyamos a la marcha de nuestra nación, a la marcha feliz de nuestro país, de nuestra empresa, de nuestro oficio, de nuestra familia. Que seamos hombres y mujeres de palabra, de valor.

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