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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos (Santiago 4:1)? Estas personas hablaban mal de otros, porque eran orgullosas, sentían envidia de los demás y, a la vez, la rivalidad los llevaba a enojarse. Motivados por el enojo abrían su boca para destruir a otros. Lamentablemente, muchos de nosotros pareciera que tuviéramos boca de calcetín: sólo la abrimos para meter la pata. Y tenemos serios problemas por eso, porque buscamos a veces desacreditar o destruir a la persona de quien se habla.

Seguramente estos judíos cristianos, como leeremos en unos momentos, estaban no solo sintiendo envidia y rivalidades entre ellos sino que éstas iban acompañadas del hablar mal de otros. Hablaban con el objetivo de destruir a los demás. Por eso eran rivales, se miraban como contrincantes, enemigos, recuerden que estamos hablando de los judíos cristianos de la época de Santiago, pero que se parecen mucho a los guatemaltecos cristianos de la época del Pastor Jorge H. López.

Cuando alguien habla mal de otro, generalmente busca la destrucción de esa persona en la mente de todos los que escuchan sus comentarios. El que habla mal de otro, generalmente, repite los chismes y comentarios sin fundamento, sin siquiera tomarse el tiempo para verificar los hechos comentados. A veces se habla sin tomar en cuenta ni verificar los hechos comentados, el hablar mal de otros desacredita y destruye reputaciones. Debemos preguntarnos que dice la Biblia al respecto y Santiago, el hermano de Jesús, nos enseña en Santiago 4:11-12 donde  leemos “Hermanos, no hablen mal unos de otros.

El hermano de Jesús nos exhorta a que no hablemos mal unos de otros. No solamente dice no hablar mal de otros, sino que dice no hablen mal unos de otros, porque unos hablaban de otros y otros hablaban  mal de unos. Todos hablando mal. Sigue diciendo: Si alguien habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez.  No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?”.

Jesús nos dijo en Mateo 7 claramente: No juzguen para que no sean juzgados. Nuestra responsabilidad no es juzgar. Este pecado es condenado a través de toda la Biblia, no sólo Santiago condena hablar mal uno de otros, también el salmista acusa al hombre malvado en el Salmo 50:20 que diceTienes por costumbre hablar contra tu prójimo,  y aun calumnias a tu propio hermano”. David mira esta realidad y analiza lo que pasa con algunos de nosotros. Dice: Tienes por costumbre hablar contra tu prójimo y aún  calumnias a tu propio hermano. Hay personas que ya adquirieron el mal hábito. Cada vez que usted se sienta a tomar café con ellos, o a comer con ellos surge una conversación en contra de alguien.

El Salmo 101-:5 dice:” Al que en secreto calumnie a su prójimo, lo haré callar para siempre; al de ojos altivos y corazón soberbio no lo soportaré. ¿Qué significa eso de “lo haré callar para siempre”? Que se muere. Dios en una forma drástica corrige esta mala práctica de hablar calumnias en secreto de un prójimo. Es delicado. En las cartas paulinas  se está refiriendo a maledicencia, murmuración, calumnia. Pablo lo menciona entre los pecados característicos del irredento y malvado mundo pagano.

Cuando usted lee en Romanos 1, léalo completo, se va asustar de la lista de pecados que los romanos practicaron e hizo que ese imperio se desmoronara, pero déjeme mencionarle  solamente los versículos 29-30 de Romanos 1: “Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres”.

Entre la lista de los pecados de los romanos que hicieron caer ese imperio, está el de chismoso y calumniador. Pablo en sus cartas condena este pecado. Y es uno de los que teme encontrar en la iglesia de Corinto. En 2 Corintios 12:20, les escribe y anuncia que les va a visitar, les dice: “…Temo que haya peleas, celos, arrebatos de ira, rivalidades,  calumnias, chismes, insultos y alborotos”. Y está hablando a la iglesia de Corinto, que estaba llena de todos los dones del Espíritu Santo, que se caracterizó por las manifestaciones gloriosas del Espíritu Santo y, sin embargo, temo que estén llenos de calumnias, estén llenos de chismes.

En estos dos pasajes está inmediatamente relacionada la idea de calumniar, que es el pecado de aquellos que se reúnen en pequeños grupos y hacen circular, confidencialmente, informaciones fragmentarias recibidas a través de rumores que destrozan la reputación y el buen nombre de personas, que no están allí para defenderse. El mismo pecado traducido en este caso como calumnia es condenado en 1 Paedro2:1, dice Pedro: Por lo tanto, abandonando toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia.

Santiago, Jesús, Pablo, Pedro, David, todos condenan el pecado de la calumnia, de las murmuraciones, así que esta es una falta condenada universalmente. Pocas actividades hay en las que la persona promedio encuentre mayor delicia que en el chisme mordaz, en contar y escuchar una historia escandalosa, especialmente acerca de personas prominentes. Y por eso es que hay programas de mucho rating en la televisión de sólo chismes. Y ahí estamos todos atentos, porque nos gusta el chisme. Debemos tener sumo cuidado.

Ahora Santiago condena la calumnia por dos razones principales. La primera, es una infracción a la ley suprema de la Escritura. ¿Cuál es la ley suprema de la Escritura? Es una pregunta que todo cristiano debe responder con aplomo, con seguridad y con propiedad. Santiago se opone a la calumnia y a la murmuración, porque es una infracción a la ley suprema de la Escritura, esa ley suprema está precisamente en la Carta de Santiago en el capítulo 2: 8 Hacen muy bien si de veras cumplen la ley suprema de la Escritura: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». ¿Cuál es la ley suprema de la Escritura? Ama a tu prójimo como a ti mismo. A Jesús le preguntaron un día: Señor, ¿cual es el principal de los mandamientos? ¿Cuál es el mandamiento más importante? Y Jesús les dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y a tu prójimo como a ti mismo. En Levítico 19:18 dice: “No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”.

Recuerden que prójimo es el más próximo. A veces pensamos que prójimo es aquel hambriento que está en India, en África o en Latinoamérica, pero nuestro prójimo es el que está más próximo, puede ser nuestro un familiar, nuestro amigo. La segunda razón por la que se opone Santiago a que hablemos mal los unos de los otros, es porque infringimos la ley suprema de la Escritura, que es amar al prójimo. Todo el Evangelio se reduce a amar al prójimo. En esto van a conocer que son mis discípulos -dijo Jesús-. ¿Cómo la gente va a reconocer que somos discípulos de Jesús? En que nos amamos los unos a los otros.

La mayoría de nosotros tenemos Biblia, no solo Biblia, sino colección de Biblias, pero la marca de que somos discípulos de Jesús es que nos amamos los unos a los otros. No importa que seamos flacos, negros, coreanos, cubanos, mexicanos, chaparros, altos, ricos, pobres jóvenes, viejos, hombres, mujeres, nos amamos sin importar lo que seamos, porque somos criaturas de Dios, y somos hijos de Dios. Tenemos que amarnos los unos a los otros.

La segunda razón por la que Santiago prohíbe que hablemos mal los unos de los otros, es porque es una violación de la prerrogativa de Dios. Hablar mal de nuestro prójimo, criticarlo,  calumniarlo, insultarlo, es en realidad dictar condena contra él. Y ningún ser humano tiene derecho de juzgar a otro ser humano. El Derecho de juzgar corresponde a Dios y únicamente a Dios, sólo Dios tiene la prerrogativa de juzgar. Por eso es que leímos  en Santiago 4:11-12 “Hermanos, no hablen mal unos de otros. Si alguien habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez.  No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?”.

El único que puede salvarnos es Dios y el único que puede destruirnos es Dios, por eso cuando a usted le digan: están hablando mal de ti, usted no se aflija, porque el único que lo puede destruir es Dios. No teman a los que matan el cuerpo, dijo el Señor, porque el alma no la pueden matar, por eso es tan importante que nosotros seamos cumplidores de la ley suprema: amarnos los unos as los otros. Cuando hablamos mal de otros usurpamos la función que solamente le corresponde a Dios nuestro Señor. En lugar de hablar mal de otros, debemos hablar con los otros. Yo siempre le digo: en vez de hablar mal de su Pastor, hable con su Pastor. En vez de hablar mal de su esposo, hable con su esposo. De qué le sirve que vaya con todas las señoras del cuchubal a quejarse que su  esposo le está dando solo 200 quetzales para el gasto del mes, vaya y hable con su esposo y dígale: esposo, no me alcanza lo que me estás dando, yo sé que estás ganando bien y me estas dando poquito. En vez de hablar mal de su jefe, hable con su jefe.

No nos conviene hablar mal de otros, nos conviene hablar con ellos. ¿Esto significa que nunca podremos mencionar las debilidades de otros para no hablar mal de ellos? No. De ninguna manera, los hechos deben salir a luz. La Biblia dice que el que anhela obispado debe tener un buen testimonio de los de adentro de la iglesia y de los de afuera. A la hora de seleccionar a alguien para una posición en la iglesia, se debe decir la verdad en amor, no para destrucción sino para la edificación de aquellos a quienes guiará, si fuera  seleccionado. Lo mismo ocurre en cualquier proceso de selección de personal en cualquier empresa, tenemos que analizar a la persona y ver si tiene las capacidades, las cualidades para llenar esa posición. Y es mejor decir la verdad en su momento. Recuerde que el principio de no hablar mal de los demás, tiene que ver con “destruir motivados por el enojo, la envidia o el orgullo”, pero podemos hablar la verdad. Usted ve que su hijo sale con una señorita de dudosa reputación y a usted le consta porque la ve que cada día sale con persona diferente en el barrio, tiene que decírselo, tiene que advertirle que no le conviene. Tenemos que advertir a nuestros hijos y a nuestros jóvenes.

Recuerdo a una señorita que decidió casarse con un joven, el que yo creía que no le convenía como esposo. Los senté a los dos y le dije por qué no era de la opinión favorable que se casara con ese bueno para nada. Y lo dije delante de él para que pudiera defenderse. Agregué que sus papás no querían se casara, sus hermanas, su familia y su pastor, porque era un muchacho agresivo, había golpeado a su esposa. La joven no hizo caso y a los dos años regresó y me contó su realidad. Tenemos que decir la verdad en amor para construir, no para destruir y nosotros tenemos que aprender si vamos a hablar algo, hablarlo en presencia del afectado.

A veces me ha tocado estar en situaciones bien complicadas con personas muy prominentes, pero me acuerdo de Natán. ¿Qué hizo Natán? ¿Hablar mal de David? No habló mal de David, no dijo que era un adúltero, no dijo que era un hombre infiel, no dijo que era un rey perverso. Él fue directamente con David y le dijo: Un hombre tenía cien ovejas y el otro tenía una oveja y le vinieron visitas al que tenían cien ovejas y éste fue al que tenía una oveja y le quitó la única que tenía, la mató y se la sirvió a sus visitantes.¿Qué te parece ese acto? Injusto, le dijo, porque teniendo cien ovejas, por qué le quitó a aquel la única que tenía, en lugar de matar una de las propias. ¡Ah, le dijo! Ese hombre eres tu David, por qué tu te quedaste con la mujer de aquel oficial hitita de tu ejército, ¿por qué no te quedaste con una de las tuyas? ¿Por qué te llevaste a la mujer de Urías. Y David en ese momento cayó de rodillas, se arrepintió, reconoció su pecado y el Señor lo perdonó. A veces nos toca ser como Natán, pero aún Natán un hombre de Dios, una mujer de Dios no hablan mal de los otros, va a con la persona directamente y con ella resuelve. ¿Cuántos se alegran que vinieran a escuchar un mensaje nuevo para cada uno de nosotros?

Como dije al principio, a veces decimos lástima que no vino mi tío, lástima que no vino mi hermano, mi amigo, este mensaje estaba bueno para él. A veces me lo han dicho así las personas, Pastor, ese mensaje estaba bueno para fulano de tal, pero no vino, pero hoy que bueno que vinimos nosotros, porque este mensaje está bueno para nosotros. Todos somos culpables de este pecado. Todos hemos cometido el pecado de hablar mal del Presidente, del Diputado, del Alcalde, del Pastor, del líder de célula, del hermano que dirige la música, del compañero de trabajo. Todos hemos caído en este pecado alguna vez, pero ¿qué vamos a hacer ahora? Número 1 decirle a Dios: Perdóname Señor porque yo abrí la boca y metí la pata un millón de veces, me arrepiento. ¿Pero y ahora en adelante qué vamos a hacer? Efesios 4:29 dice: “Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan”.

Hable para edificar, no para destrozar. Tengamos misericordia de los errores de los demás. A Veces nosotros somos inmisericordes y tomamos a una persona que cometió un pecado, cualquier clase de pecado y lo tratamos con dureza, sin compasión y lo destruimos. Nosotros debemos ser misericordiosos y llamar al hermano y con espíritu de mansedumbre, de humildad, restaurarlo. La actitud que debemos tener ante los errores de los demás, la encontramos en la palabra del apóstol Pablo en Gálatas 6:1 “Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado”. A veces nosotros somos duros porque alguien  cayó en pecado, pero se nos olvida que también nosotros podemos caer en ese pecado. Y ¿cómo esperamos que nos traten cuando caemos? ¿Cómo van a reaccionar? ¡Ah! Con la misma medida que medimos se nos volverá a medir. Y si nosotros somos misericordiosos y aprendemos lo que Jesús enseña sobre el perdón, Pedro le dijo: Señor, ¿entonces de acuerdo a la ley debemos perdonar hasta 7 veces? Y el Señor le dijo -no, hasta 70 veces 7-, pero eso no es para que usted empiece a llevar la cuenta, lo que está enseñando es que el perdón de Dios  es infinito, es ilimitado, que cuando Dios nos perdona nuestros pecados, su misericordia es grande. Todos los que somos cristianos hemos pecado más de alguna vez y muchos muchas veces, ¿El Señor ha terminado con nosotros duramente? No, ha tenido misericordia y la misericordia de Dios son nuevas cada mañana. Y por eso es tan importante que antes de hablar mal de los unos de los otros, nos cuidemos cada uno, porque también podemos ser tentados. No debemos hablar mal de nadie, pues solamente existe un legislador y juez, Dios nuestro Señor. Solo Él puede salvar y destruir. Nosotros somos llamados  a ser cumplidores y no jueces de la ley, por lo tanto hablemos sólo si  vamos a edificar y a bendecir a los creyentes.

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