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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

¿Ha fallado alguna vez con la boca? Abrimos la boca y metemos la pata, boca de calcetín. A menudo nos equivocamos, yo llegué al vestíbulo del Auditórium Mayor en la Roosevelt hace algunos años y muy amable saludando a todos y veo a una joven señora que había tenido su niño hace algún tiempo y vengo yo y le digo: Señora, ¿está esperando otro niño? Y ella muy seria me responde: No, me dijo, estoy gorda. Me sentí incómodo y dije no vuelvo a hacer esa pregunta. Tenía 15 años de edad cuando entré al internado de la Escuela Bíblica, el primer día oí que tocaron a la puerta y yo muy diligentemente salí a abrir y a ver de qué se trataba. En la puerta había una señora que se veía muy avanzada en años, bastante avanzada en años, recuerde que yo tenía 15 años y calculo que la señora tendría unos 50 años, pero  para mi eso muy avanzada en años, hoy las veo muy jóvenes.

-En ¿qué puedo – le dije- servirle señora?

-Podría llamarme a Elder – dijo ella.

-Con mucho gusto -le dije-. Lo fui a llamar. Era el alumno de mayor edad en el Instituto, él tendría 35 años y todos le decíamos cariñosamente el viejo, hoy no le diría así, y le digo: Allá a la puerta te está buscando tu mamá.

-No es mi mamá, es mi mujer.

-Trágame tierra pensé yo. Vos perdóname, no te quería ofender.

-No te preocupés, me dijo, me pasa seguido.

Me imagino que en la calle le decía: adiós suegra.

El punto es que todos fallamos mucho con la lengua, alguna vez hemos fallado, todos tenemos serios problemas, por eso la carta que escribió Santiagos a los judíos cristianos – que estaban dispersos por causa de la persecución en todo el Imperio Romano- , les hace mención de esta gran falla que tenemos. En el libro de Santiago 3:2 leemos “Todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de controlar todo su cuerpo”. Quien nunca falla con lo que dice es perfecto, Santiago da por sentado que no existe tal persona en el mundo, porque ¿cuántas veces hemos fallado con la lengua? ¿Ha herido a otras personas al hablar? La lengua es capaz de herir a otras personas.

¿Ha vivido bajo el espíritu de la crítica destructiva? Muchas veces la crítica es totalmente destructiva. ¿Se ha burlado de otros? ¡Ah! eso es terrible, cuando uno se burla de la gente. No existe persona alguna que jamás haya fallado con su lengua. La pregunta que ahora debemos abordar es ¿por qué Santiago está hablando sobre la lengua, en este preciso momento a los judíos cristianos dispersos por causa de la persecución en el Imperio Romano? Leamos Santiago 3:1-2 “Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad. Todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de controlar todo su cuerpo”. Está haciendo la alusión a todos los miembros de la iglesia cristiana en la dispersión que estaba formada principal y mayoritariamente por judíos, a que no pretendieran muchos ser maestros. Por esa misma causa de la dispersión todos llegaron a distintos pueblitos, aldeas, caseríos y ciudades, a donde quiera que llegaran, llegaban con el conocimiento adquirido en Jerusalén, el conocimiento de Jesús. Le preguntaban a la gente ¿ha oído de Jesús? No y ¿quién es Jesús? Y empezaban a contarle de Jesús, de la vida de Jesús, la pasión de Jesús, la muerte de Jesús, la resurrección de Jesús, los milagros de Jesús y todos se quedaban con la boca abierta escuchando a cada cristiano.

Todos se convertían en maestros, donde quiera que fueran, porque ellos conocían de primera mano a Jesús. Pero dentro del contexto judaico, el rabí que es el equivalente al maestro en la iglesia cristiana, era una persona muy respetada, muy admirada, muy querida, todos querían ser maestros, porque entonces serían muy respetados, muy admirados, muy queridos. Los invitaban a entrar a las casas, los hospedaban, los alimentaban,  pero Santiago está diciendo que no pretendamos ser maestros, porque vamos a ser juzgados con más severidad. Al maestro se le exige mucho, y al maestro de la Palabra de Dios, al líder de la célula, al maestro de la Facultad de Liderazgo, al maestro de la Zona de Campeones, al predicador, se le exige mucho.

En la iglesia al principio había ministros, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Los primeros, los apóstoles, los profetas y los evangelistas desarrollaban un ministerio itinerante, iban como Pablo de un lado a otro, un año aquí, un mes allá, seis meses allá, otros cuantos en la cárcel, después en el hospital. El Pastor y el maestro eran permanentes en la iglesia y por eso ellos eran los que determinaban la calidad de fe y de enseñanza que recibían los recién convertidos. De ahí la importancia de que muchos anhelaran ser maestros por el privilegio que eso significaba, pero tenían serios problemas con la lengua, por eso Santiago 3: 14, inclusive, dice: “Pero si ustedes tienen envidias amargas y rivalidades en el corazón, dejen de presumir y de faltar a la verdad”. Por un lado enseñaban la Palabra y por otro lado hablaban mal del prójimo. Tenían rivalidades, no debe haber rivalidades, ¿por qué tiene que ser mejor el presbiteriano que el metodista, el bautista, que el pentecostal? Debemos evitar las rivalidades.

Una de las normas establecidas por este predicador en este púlpito durante ya 32 años, ha sido jamás hablar mal de ningún siervo de Dios o ninguna congregación. Si ha alguien le he hablado ha sido directa, personalmente para hacerle una exhortación, una corrección, pero ha sido una verdad dicha en amor. Nosotros no podemos estar en amarguras, con envidias, con rivalidades. El Ministerio de la enseñanza conlleva una gran responsabilidad. Lucas 12:47-48 dice: “»El siervo que conoce la voluntad de su señor, y no se prepara para cumplirla, recibirá muchos golpes.  En cambio, el que no la conoce y hace algo que merezca castigo, recibirá pocos golpes. A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aun más”. Así que el conocimiento que tenemos nos hace responsables de producir más, de ser más correctos, de llevar una mejor vida, de tener una mejor conducta. Si usted reclama ignorancias, de todas maneras vas a recibir golpes, pero si usted tiene conocimiento va recibir más golpes todavía, por eso es importante que nosotros dejemos las envidias amargas por un lado.

La lengua la utilizaban para dar clases y luego para toda clase de males. La lengua el instrumento que utilizaban para enseñar también la utilizaban para destruir. Muchas reputaciones son destruidas alrededor de una mesa mientras toman café, cuántas veces se han juntado los maestros de la iglesia, alrededor de una mesa, a destruir a hermanos de la misma iglesia, no digamos de otra iglesia. No podemos dar lugar al mal uso de nuestra lengua, tenemos que usarla para construir. El ejemplo que da Santiago es claro, contundente y elocuente. Santiago 3: 3-6 dice “Cuando ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, podemos controlar todo el animal.  Fíjense también en los barcos. A pesar de ser tan grandes y de ser impulsados por fuertes vientos, se gobiernan por un pequeño timón a voluntad del piloto. Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero hace alarde de grandes hazañas. ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida”.

Todos necesitamos un freno en la boca, porque si nosotros nos pusiéramos freno antes de decir un montón de barbaridades que hemos dicho, evitaríamos dolor. Hay un dicho entre nosotros que dice: El pez por su boca muere y nosotros hemos muerto a muchas buenas amistades, hemos muerto a muchas buenas relaciones, hemos muerto muchos de los clientes, hemos muerto muy buenos negocios, ¿por qué? por nuestra lengua. Hemos tenido una lengua sin freno y eso nos ha causado demasiado daño.

Hoy en día, si Santiago hubiera vivido, quizás hubiera usado el ejemplo  del Airbus380 ese avión de pasajeros que es el más grande del mundo, capaz de transportar a 555 personas en su versiona estándar y hasta 850 en configuraciones con todos los asientos en clase turista, pero ¿cómo se hace para manejar un avión de esos?

¿Ha viajado en la cabina de un avión alguna vez? Si entrara vería una serie de palanquitas, que son el timón de esa gran nave, que logran controlarla, y detrás de esas pequeñas palancas, un piloto. Ahora si usted abre la boca ahí está la cabina de controles, en la boca suya está el timón. ¿Cuál es el timón? La Lengua. Nosotros a veces decimos ¡qué lengua! Cuando te murás van a hacer una caja para tu cuerpo y otra para tu lengua, porque hay algunos que tienen una lengua que de veras es viperina, es una voraz tijera, hace pedazos a la gente, todo el tiempo. Por muy grande que usted sea el timón de su vida está en la lengua, con ella usted determinará el rumbo de su destino. Cuando usted dice no puedo, ¿qué va a pasar? No podrá. Es que yo no puedo estudiar, es que mamá no puedo, no entiendo matemáticas, es que mamá no puedo, no me entra el inglés, es que mamá no puedo…ese decir no puedo determina el rumbo de su vida y usted no podrá. Pero si en cambio dice sí puedo, con la ayuda de Dios sí puedo y se respalda con Filipenses 4:13 que dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Puede estar preso y ser fiel al Señor, Puede estar próspero y ser fiel al Señor, puede estar en escasez y puede ser fiel al Señor. Todos debemos creer que sí se puede, pero nuestra lengua es la que dice sí se puede, no se puede, si se puede, si se puede…

Muchas veces  nos dirán que no podemos, pero debemos dirigir el rumbo de nuestra vida o como dijo Amado Nervo, “ser arquitecto de nuestro propio destino” y esos lo hacemos con nuestra propia boca. Por eso cuando el ser humano, dijo Santiago en el versículo 2, es capaz de controlar su lengua, puede controlar todo su cuerpo, pero cuando la lengua no se controla, nuestro cuerpo completo está en descontrol y en indisciplina. La lengua hace alardes de grandes hazañas, pues tiene poder, la lengua tiene poder, tiene poder.

Santiago 3:5-6 dice “Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero hace alarde de grandes hazañas. ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno prende a su vez fuego a todo el curso de la vida”. Veíamos no hace mucho las imágenes por televisión de Moscú, un lugar que estaba lleno de humo, la ciudad estaba difícil de vivir, costaba respirar, ¿por qué? Por los incendios que se dieron en los bosques de Rusia que rodean Moscú.

Pastor, le vino a decir una mujer al pastor de la iglesia. Quiero pedirle perdón, porque yo he hablado muy mal de usted, lo he calumniado, lo he difamado, lo he desprestigiado, con mucha gente. Perdóneme pastor, porque el Señor me redarguyó y me enseñó que no debo hacer eso. Entonces le dice el pastor, muy bien, nada más le quiero pedir un favor, consiga una almohada de plumas se va por toda la ciudad en su carro hacia el trabajo tirando plumas, por toda las calles que recorra. Se atravesó la ciudad, tiró plumas, de regreso tiro más plumas, llegó y le dijo: Pastor ya hice mi penitencia. No, esa no es su penitencia, eso fue lo que usted hizo cuando habló mal de mí, cuando habló mal de mí, usted anduvo por toda la ciudad tirando infamias, desprestigios, calumnias, ahora va a hacer lo que usted tiene que hacer, vaya y recoja todas las plumas que tiró. Verdad que no es fácil, es muy fácil hablar mal de alguien, es muy difícil reparar el daño, no basta con decirle a la persona que fue objeto de nuestras críticas destructivas, perdóneme, hay que reparar el daño y reparar el daño no es tan fácil, cuesta mucho, por eso es mejor ponerle a la lengua un freno. Antes de hablar pensar para no dañar, no destruir.

Una palabra puede destruir toda una vida, Usted le dice a su hija: tú eres inútil y esa hija la toma como la palabra autorizada de parte de su mamá o de su papá y repetirá: Soy inútil, y se queda pensando que es inútil. Eres fea, aunque sea cierto no se lo diga. Eso marca la vida de una persona, es que eres un gordo, no importa que sea gordo no se lo diga, hay cosas que hacen mucho daño, se hiere y destruye toda una vida por una palabra que usted dijo. Si esa palabra va encendida de maldad, destruye. Santiago 3:7-8 dice  “El ser humano sabe domar y, en efecto, ha domado toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de bestias marinas; pero nadie puede domar la lengua. Es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal”. Humanamente es imposible refrenar la lengua, pero ¿cuántos creen que todo es posible en el nombre del Señor? En el nombre del Señor podemos cambiar de ser sarcásticos, cáusticos, destructivos, venenosos y convertirnos en personas que usemos la lengua correctamente. Jesús dijo en Mateo 12:36 “Pero yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado”.

El punto aquí es que Santiago nos está llevando poco a poco a su conclusión, por eso ahora terminan confrontándonos duramente. Esto no debe ser así, la lengua del ser humano fue hecha para bendecir y no para maldecir.  En vez de maldecir al gobierno todo el tiempo, bendígalo, bendice Señor a este gobierno, que bueno que ya va a terminar. Bendiga a su alcalde, bendice Señor a este alcalde, bendice Señor a este policía, que bueno que está ahí, cumpliendo su deber. Tenemos que aprender a  bendecir y no a maldecir. En vez de estar maldiciendo por la casa en la que vive, todo el mundo en este momento se queja que su casa está algo húmeda, que la ropa esta algo mojada. No maldiga al arquitecto que se la hizo. No maldiga al ingeniero que se la hizo, o al maestro de obras. Todas las casas están algo húmedas, con toda la lluvia que hemos tenido. Hay que bendecir, otras veces nos hemos estado quejando que no hay agua, déle gracias a Dios que usted ahora no tiene que salir a regar su jardín, está verde como nunca.

Tenemos que bendecir, la lengua está hecha para bendecir y no para destruir. Hay muchas maneras de decir las cosas,  y las tenemos que decir de la mejor manera posible. Yo le invito a usted que le diga a su esposa Mira, los huevos se enfriaron, ¿serías tan amable de calentarlos otra vez? A que diga no servir para nada vieja inútil. Está fría la comida otra vez, tenemos que aprender a bendecir en vez de maldecir, todos tenemos algo muy bueno y  vale la pena decirlo. Santiago 3: 9-12 dice “Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas, creadas a imagen de Dios. De una misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Puede acaso brotar de una misma fuente agua dulce y agua salada?  Hermanos míos, ¿acaso puede dar aceitunas una higuera o higos una vid? Pues tampoco una fuente de agua salada puede dar agua dulce”. Recuerden que la carta va dirigida inicialmente a los judíos cristianos y los judíos que estaban acostumbrados religiosamente a orar tres veces al día, había un tiempo que apartaban para orar, y la oración de los judíos estaba saturada de bendiciones a Dios, le llamaban “el Bendito” y le decían toda clase de bendiciones, por todo lo que habían recibido y por todo lo que Él había hecho por ellos, eran bendiciones tras bendiciones, terminaba el período de oración y volvían al mercado a hacer su negocios, a maltratar a la gente.

No podemos tener un período para alabar y otro  para maltratar, no es así. Nuestra vida tiene que ser de uso continuo de nuestra lengua para bendecir, aún a los que nos maldicen. Es increíble cómo muchas personas siendo cristianas hablan tan mal de otros, levantan falsos testimonios, practican el chisme y hasta utilizan palabras obscenas, Santiago dice que esto no puede ser así. Tenemos que tener cuidado de andar repitiendo historias que no nos constan y si nos constan cierre el pico, métale freno a la lengua y en vez de hablar del hermano, hable con el hermano, llámelo, visítelo, restáurelo, anímelo, de repente logra traerlo de nuevo al camino del Señor. No practiquemos el chisme.

Pureza en el corazón equivale a pureza en la conversación. La lengua al final de cuentas es la expresión de mi vida. A veces hablamos mal de aquel porque se metió con una señora y éramos nosotros los que queríamos meternos con esa o con otra señora. La lengua al final de cuentas es la expresión de mi vida, de mis pensamientos y de mi corazón. Lo que hablo, lo que siento, lo que soy, lo que hay en mí. Qué es lo que estoy hablando, eso es usted, por supuesto la abstención de algo no necesariamente es un completo sustituto del control de su uso. Santiago no está favoreciendo un silencio cobarde sino el sabio uso del hablar. No se trata de que usted no hable, se trata de que hable bien, que edifique, que diga la verdad en amor. Por supuesto, si usted ve que el novio se está quedando con su hija en la casa a dormir, si usted no dice nada, pronto adoptará al novio y al hijo del novio. Claro que hay que hablar, pero decir la verdad en amor. Por supuesto, si usted ve que su esposa se estás vistiendo de tal manera que ya está revelando el alma, hay que hablarle, decirle, a mi me gusta verte así, pero me da pena que los hermanos de la célula te encuentren así. Hay que decir la verdad en amor, no en rencor. Nuestra lengua tiene un propósito y es edificar.

Jesús dijo en Lucas 6:44-45 “Ningún árbol bueno da fruto malo; tampoco da buen fruto el árbol malo. A cada árbol se le reconoce por su propio fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.  El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca”. Eso es un autoexamen. Si estoy hablando mal, es porque mi corazón está mal, si estoy hablando bien, es porque mi corazón está bien. Pero cuando estoy resentido y ofendido empiezo hablar mal y eso no conviene. Recordemos lo que dice Proverbios 18:21 “En la lengua hay poder de vida y muerte; quienes la aman comerán de su fruto”. Y usted hoy tiene el poder de usar su lengua para producir vida.

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La fe viene por el oir…

 

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