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La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

¿Por qué la gente es infeliz, aunque se encuentre disfrutando de muchas comodidades, de mucha fama, de mucho bienestar en general? Uno ve a la gente conduciendo un automóvil de lujo último modelo, pero lo menos que se le ve en el rostro es alegría. Lo menos que se le ve en el rostro es satisfacción. Uno ve personas entrar a residencias hermosas, lujosas, exclusivas, caras y, sin embargo, no ve en sus rostros gusto, paz, felicidad. Hay quienes están en posiciones de honra, posiciones muy encumbradas en la sociedad, empero, no disfrutan de lo que tienen.

¿Por qué será que hay personas que uno las ve caminar con un cuerpo esbelto, un rostro hermoso y, sin embargo, lo que expresan es resentimiento, amargura, no hay felicidad, por más que están rodeados de todo lo que todo ser humano pudiera desear? Son infelices, porque no han logrado liberarse de los resentimientos, de los rencores, de los enojos y las frustraciones que todos experimentamos en la vida. Todos, alguna vez, hemos sido ofendidos y hemos ofendido. Santiago dice que el que no ofende de palabra, es una persona perfecta, madura, es una persona que ya aprendió a dominar la lengua, controla sus emociones, es una persona con templanza, con dominio propio. Mientras tanto, hasta que no lleguemos a ese momento seremos personas que usamos la lengua para herir, para ofender, para destruir.

Y otros no usamos la lengua para destruir, pero simplemente abandonamos a nuestros seres queridos cuando más nos necesitan, padres y madres que abandonan a sus hijos, hombres y mujeres que hacen promesas que nunca cumplen. Por eso muchos crecen amargados, ofendidos, resentidos, humillados. Esto no les permite disfrutar de la vida.

Recientemente se hizo una campaña publicitaria en Guatemala que trató de crear conciencia en la nación, la campaña se llama “Perdona, libera tu corazón del pasado”. Hubo vallas, algunos videos. El mensaje decía “Quita esa piedra de encima. Rompe esas cadenas que te aprisionan, saca esas espinas que te lastiman. Hoy reflexiona y medita y perdona a quien te ofendió o te hizo daño. Libera tu corazón del pasado”.

Perdone, es fácil decirlo, es muy difícil hacerlo. Y sobre todo cuando tenemos nuestro corazón atado al pasado, encadenado al ayer, pesado por esas piedras de tropiezo que llevamos dentro. La falta de perdón causa enfermedades, los médicos dicen que un 80 por ciento de las enfermedades pueden ser psicosomáticas, son enfermedades producto de nuestra actitud mental. Cuando se tiene una actitud mental enferma de amargura, de enojo, se está más propenso a enfermarse. Hay muchas enfermedades que se desencadenan por el enojo, el rencor, y lo peor del caso es que muchas veces el enojo, el odio y el rencor están apuntando a una persona que ya falleció. Ya no hay modo de dañarla o desquitarnos de esta persona.

Recuerdo en la década de los 70’s un joven se me acercó para que orara por él, tenía un terrible dolor en un brazo. El Señor lo sanó, dio testimonio, pero volvió a la siguiente semana y me dijo que el dolor seguía, volví a orar por él, sanó. La siguiente semana me volvió a decir que el dolor no desaparecía. Entonces le dije que ahí había algo más que el dolor. Tú odias a una persona y me dijo este joven que odiaba a su padre, porque lo abandonó cuando era chico, cuando más lo necesitaba no estuvo con él. Agregó: lo odio desde siempre y siempre he deseado verlo para matarlo, tengo un odio terrible.

Le dije que mientras siguiera odiando a su padre, de esa misma manera seguiría sufriendo el dolor en su brazo. Ya no oraré más por ti en estas circunstancias, sino hasta que estés dispuesto a perdonar a tu papá. –Prefiero el dolor – me dijo-. Y se fue. A los pocos días se me acercó y me dijo: Pastor me quedé pensando en lo que me dijo y escribí una carta -en esa época no habían correos electrónicos ni mensajitos, ni celulares, apenas tenía uno teléfono en Guatemala-, en esa carta le dijo a su papá  que lo había odiado toda la vida, por eso, por esto,  por esto, pero que recientemente su Pastor le había hablado de la necesidad de perdonarlo y que con lagrimas que estaban manchando su papel en ese momento le decía que lo perdonaba y que “en el nombre de Jesús yo te  bendigo, a pesar de lo que pasó, porque quiero ser sano no sólo del dolor del brazo sino del dolor en el corazón”.

Cuando no se perdona, las consecuencias son destructivas. Hay dolor en el corazón. Hay enfermedad en el cuerpo, Juvenal decía: Mente sana en cuerpo  sano y cuerpo sano en mente sana. Mientras su mente esté enferma, su cuerpo estará enfermo. Y su cuerpo no va a estar sano sólo por el ejercicio, puede estar ejercitándose, pero llevará en el corazón el peso de lo que sufrió ayer.

Aquella madre que ve a su hijo y cada vez que lo ve le dan ganas de encontrarse al marido o al novio que la abandonó y matarlo. Ni mata al novio ni mata al hombre que le hizo el hijo, sino que somata al pobre niño. Y hace lo que los psicólogos llaman transferencia de ira, por querer pegarle al hombre, le pegan al niño. Si no perdona no sana.

Naturalmente que la falta de perdón no sólo enferma al cuerpo, enferma a las familias, se rompe la relación entre padres e hijos. Estábamos iniciando la Fraternidad Cristiana y una distinguida señora que era 30 años más joven de lo que es ahora, por supuesto, con rostro amargado, me dijo que no perdonaba a su hermano, porque no quería que se casara con el hombre que escogió y no fue a la boda. Tenía 20 años de no verlo, ni hablarle, ni visitarlo. Yo le dije, que lástima que no hablamos hace 20 años, porque te hubiera dicho lo mismo que voy a decirte ahora: Perdona, perdona, libera tu corazón del pasado. Si usted no perdona va a sufrir.

También es el caso de una señora de la tercera edad que recientemente me compartió que por un mal entendido decidió alejarse de su hijo y ya tenía varios meses de no verlo ni a él ni a sus nietos. Le respondí que si ella había decidido hacerlo y ahora quería ver a sus nietos, entonces tenía que perdonar. Perdone el mal entendido, vaya con ellos y dígales que los ama, que quiere verlos. Y ¿saben que me contestó? ¿Yo, que soy la más vieja tengo que ir? Por supuesto, los más viejos tenemos que dar el ejemplo. A los pocos días la vi con un rostro radiante y feliz. Se había reunido con su familia nuevamente

Vale la pena perdonar, porque aunque nos alejemos de la persona que nos ofendió o que ofendimos, se enfría la relación, ya no hay llamadas, ya no hay visitas, ya no nos vemos y si vamos a la iglesia cambiamos de horario o algunos hasta deciden cambiar de iglesia, por no ver a su pariente, por no ver a su amigo, por no ver a su familiar. Pero dentro de nosotros está la ofensa. Estemos donde estemos siempre se llevará en el corazón la ofensa y van a pasar muchos años y en algunos casos la vida entera y siempre se recordará aquella ofensa. Nos volvemos esclavos, nos encadenamos a la ofensa. Se pasa el día y noche pensando en lo mismo y pensando en la venganza. Es increíble las cosas que la gente dice: Te he de ver en la catedral pidiendo limosna, estos ojos han de verte lleno de gusanos, maldito. La ofensa nos esclaviza.

Si no podemos perdonar los pecados de otros, cómo nos perdonará Dios los nuestros. Cuando nosotros perdonamos somos libres para vivir.

Filipenses 3: 13-14 dice: Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás. ¿Qué es lo que debemos hacer con el pasado, entonces? Olvidarlo. No puede seguir pensando en el pasado. Pablo, quien sufrió tanto, fue perseguido, apedreado, traicionado, encarcelado, injuriado, difamado, atacado, dice: Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús.

Olvide lo que queda atrás. Si no olvida su pasado, va a arruinar su presente. ¿Por qué hoy vemos caras amargadas? Porque la gente no olvida el pasado. Y siempre recuerda las palabras que le dijo el jefe, el papá, la esposa, el hijo, la nuera, el socio, el amigo, y le retumba en su mente la palabra que lo hirió y por eso no disfruta el presente, por causa del pasado. Avance hacia la meta, alguien dijo: “Si quieres vivir un día, toma venganza. Si quieres vivir  feliz toda la vida, perdona”.

¿Se ha vengado usted alguna vez? Seguros que sí. Pero esa felicidad no dura más que unos instantes. Cada vez que alguien nos ofende se experimenta un sentimiento de dolor y un sentimiento de venganza. Se tienen pensamientos como estos, “Yo me voy a desquitar, me quito el apellido si no logro”. Tenemos que cambiar de actitud. Vea lo que dice Pablo a los Romanos 12:17-21: No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», dice el Señor. Antes bien,  «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer (veneno, esa es la interpretación de los vengativos, pero aquí no dice veneno, simplemente dice dale de comer); si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta.» No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.

Dios es un juez justo y suya es la venganza. Yo quiero decirle que si a usted le mataron a un ser querido no busque como vengarse, deje que Dios se encargue. Pero tampoco se alegre al ver sufrir a quien le hizo mal. No se alegre del mal ajeno.

Si perdonamos imitamos a Dios. Si somos hijos de Dios debemos parecernos a Dios, pero hay quienes se parecen más al diablo, hablan como el diablo, piensan como el diablo, actúan como el diablo, violentos como el diablo, vengativos como el diablo. Si somos hijos de Dios tenemos que parecernos a Dios. Debemos parecernos a Dios y actuar como Dios actúa. ¿Cómo actúa Dios? Miqueas 7:18 dice: “¿Qué Dios hay como tú que perdone la maldad y pase por alto el delito del remanente de su pueblo? No siempre estarás airado, porque tu mayor placer es amar”.

Dios desea que lo imitemos en todo y que no estemos airados todo el tiempo. Pablo dice en Efesios 4:26-27: “Airados, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo ni deis lugar al diablo”. Cuando usted se enoja le da lugar al diablo y en vez de parecerse al Padre nuestro que está en los cielos, se parece a Satanás que está aquí en la tierra. Por eso nosotros tenemos que imitar a nuestro Padre. Me gusta lo que dice Proverbios 17:9: El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos. Ahora, cultivar requiere trabajo, requiere esfuerzo. Nadie tiene un jardín bonito porque tiene buena suerte. Usted tiene un jardín bonito porque se ha esforzado, le ha dedicado tiempo. Cultivar el amor requiere perdonar. Cuando usted perdona, cultiva el amor, cuando no perdona destruye el amor. Y sigue diciendo: el que insiste en la ofensa divide a los amigos. Cuando usted tiene una amiga y un día llega con el ojo morado, usted no sabe por qué le pegó, porque él también anda con el ojo morado. La cosa es que pasan los días y se reconcilian estos amigos. Usted le dice a su amiga, que en su celular tiene la foto que le tomó cuando estaba golpeada de la cara, ¿por qué va a regresar con ese desventurado? Te va a matar. El que insiste en la ofensa está dividiendo a los amigos, lo más probable es que no vuelva a pasar y que se restaure ese hogar.

Proverbios 19:11 dice: El buen juicio hace al hombre paciente; su gloria es pasar por alto la ofensa. La gloria del hombre paciente, de buen juicio, es pasar por alto la ofensa. La gloria del hombre sabio es pasar por alto la ofensa. Yo he tenido amigos y familiares que a veces van conmigo y me encuentro con alguien que ellos saben que me ofendió alguna vez, y al principio les costaba aceptar que yo pasara por alto la ofensa y saludaba a la gente como si nada. Cuando usted pasa por alto la ofensa, duerme bien, vive bien, no es amargado, está tranquilo, está feliz, porque no está obsesionado con la ofensa. Es por su bien, entonces el consejo para todos los que han sido ofendidos es perdonar, perdonar, perdonar, porque cuando usted perdona y olvida no sufre, porque esa es otra, si perdona pero no olvida tiene que sufrir. Por eso es importante pasar por alto la ofensa.

Hace algunos años estaba hablando de este tema  en Costa Rica. Se me acercó una joven de 14 años que quería hablarme. Me contó que su maestro la había hecho suya y más tarde su hermano. Entonces le di la medicina, perdona, no vas a poder liberarte de esta situación,  te va a perseguir toda la vida, siempre tendrás presente que el maestro abusó de ti, que tu hermano abusó de ti, pero cómo vas a poder librarte de esa cadena que te ata al pasado, nada más perdonando. Hay que tomar en cuenta que el perdón no es una sensación, no es una emoción, es una decisión. Usted decide perdonar y aunque en su corazón sienta el odio, perdona y después que perdona el odio desaparece, pero si usted decide no perdonar, seguirá sufriendo. El perdón es una decisión.

Esta es una lección importante, el perdón es una decisión, usted decide perdonar, la joven decidió perdonar y entonces le dije, vamos a orar y tu vas a decir: con la ayuda de Dios yo perdono al maestro fulano de tal por haber abusado de mi, y perdono al fulano de tal hermano mío por haber abusado de mi, y perdono y entonces dices tu nombre, a mi por haber participado o por haber hecho, todos tenemos alguna participación. Hay que perdonar a los demás y perdonarnos a nosotros también, porque a veces la última persona en perdonar es a nosotros mismos. Perdónese ya, por algo dice la Escritura que el principal mandamiento es amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y a tu prójimo como a ti mismo, y el perdonarse a si mismo, es amarte a ti mismo.

Olvide. Jesús nos enseñó en Mateo 6:12,14-15 Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas.

Venía de Ámsterdam, después de asistir al a un congreso, y me detuve en Miami, donde prediqué. Una joven señora se me acerca para contarme que había descubierto las cartas que una mujer le escribió a su esposo y que fue causa de ruptura del matrimonio 15 años atrás. Cada vez que se sentía mal habría las cartas y las leía nuevamente. ¡Masoquista! Esto es como clavar con un martillo y darse en el dedo gordo que duele y se inflama y  repetir el accidente. Le dije a la señora: Si usted quiere vivir en paz realmente y que ya no le moleste lo que pasó, que fue lamentable, triste, por supuesto, entonces tiene que perdonar y olvidar lo que pasó y la tarea que yo le voy a recomendar para hoy, es que llegue a su casa, saque las cartas y las queme.

Tememos que practicar el perdón día a día y olvidar el pasado. Cada vez que usted traiga a memoria las cosas pasadas, estará rascando la costra sobre la herida y experimentado el mismo dolor de antes y resucitando sentimientos y emociones de odio, rencor y venganza. Perdone y practique el perdón todos los días. No piense más en el ayer, vea lo que dice Isaías 43:18-19, Dios les dijo «Olviden las cosas de antaño;  ya no vivan en el pasado. ¡Voy a hacer algo nuevo!  Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta?  Estoy abriendo un camino en el desierto,  y ríos en lugares desolados.

Rompamos cadenas, saquemos piedras de nuestros corazones, quitemos esas espinas que nos han  atormentado toda la vida, pidamos al Señor que nos libere, debemos estar dispuestos a perdonar. Tenemos que pedir perdón, pero antes de pedir perdón tenemos que dar perdón, tenemos que perdonar.

Piense a quien tiene que perdonar.

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