Abrazos-Banner

Lea

La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

Cada año por la época de Semana Santa recordamos la muerte de Jesús. Su muerte, a nosotros los cristianos, nos causa gozo, porque ya vimos que murió y resucitó, está sentado en el trono. Para nosotros es motivo de gozo, pero en el momento cuando ocurrió su muerte, en el día en que fue crucificado, la gente que lo amaba sufrió lo indecible, porque su maestro había sido vituperado, había sido desnudado, había sido motivo de risa, de burla, lo habían coronado con espinas para burlarse, le habían dado un cetro con un letrero en la cruz que decía “Jesús el rey de los judíos”, Él que había reunido a su alrededor a miles de personas, que había sanado enfermos, que había dado vista a los ciegos, que había transformado la vida de hombres y mujeres como Zaqueo, María Magdalena, Pedro, Juan, muchos más. Cuando ellos vieron morir a su líder, a su amado, sintieron que se les abría la tierra y que desaparecía toda esperanza de tiempos mejores para Israel.

Los momentos de la muerte son difíciles para la familia, para los que están a alrededor de un personaje. Jesús muere y la gente siente tristeza, dolor. Es humano, es normal. Jesús fue capturado, juzgado injusta e ilegalmente, y lo condenaron a la pena de muerte, murió crucificado. Sus discípulos se deprimieron, se entristecieron, se asustaron, todos -sin excepción- huyeron y se encerraron.

El grupo selecto ya no era de doce en ese momento, eran sólo 10 varones, porque uno, Judas, se estranguló, no soportó la muerte del Señor. El otro de nombre Tomás, quien actuó como muchas veces actuamos nosotros cuando tenemos un gran dolor, se aisló, se encerró en la casa, cayó en tal depresión que prefirió estar a solas. Así hay mucha gente que cuando se deprime se aísla, ya no lo vemos en la célula, ya no lo vemos en la iglesia, se aísla porque está adolorida, está molesta, está resentida. Cuando se sufre la muerte de un ser querido, se pasa por un proceso que se llama duelo, luto y es inevitable ese proceso.

Lo primero que se siente cuando muere un ser querido, es un shock emocional. Se ve a muchos, en el  funeral, muy tranquilos aparentemente, como que no ha pasado nada, porque todavía no reaccionan ante la idea de que perdieron a su ser querido. Hay como una actitud de negación, después de eso viene una actitud de enojo y se enojan con Dios y dicen: “¿Por qué a mi Señor?”. En este proceso tenemos que acompañar a aquel que sufre, hasta que llegue el momento de la aceptación de la realidad, reconocer que sí se murió y que tenemos que vivir con esa pérdida.

Dice el Evangelio según Juan 20:24: “Tomás, al que apodaban el Gemelo, y que era uno de los doce, no estaba con los discípulos cuando llegó Jesús”. Esto fue un acontecimiento extraordinario, todos estaban encerrados en un cuarto, tenían miedo que a ellos  también los mataran, y de pronto Jesús aparece en medio y les dice “shalón”, paz a ustedes. Los diez se alegran, porque aquel que estaba muerto ha resucitado, lo abrazan, lo besan,  conversan y disfrutan. Tomás tenía esa cualidad de ser un poco pesimista, un poco deprimido,  por eso se alejó de la comunidad cristiana y aquí hay algo que usted deber recordar siempre: en medio de sus más grandes crisis  en su vida, en medio de sus más grandes dolores en la vida, nunca se aleje de la comunidad cristiana, por eso leemos en Hebreos 10:25 esta verdad: “No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca”.

Hay problemas, todos tenemos problemas, a veces se nos muere un ser querido, otras veces se nos muere un negocio, otras veces se nos muere una ambición deportiva, política, fracasamos y hay dolor. Lo peor que puede hacerse es esconderse, encerrarse en su casa. Yo he visto personas que han pasado años encerradas en su casa. He visto personas que después de la muerte de un esposo, por ejemplo, se deprimen tanto que se encierran. Tomás se aisló. Cuando no viene a la iglesia, a su célula, cuando no se reúne con las personas que le aman, no tiene quien le puede dar ánimo, por eso la Biblia dice que mejor dos que uno, porque si uno cae el otro lo levanta. Pero cuando está solo sufre más y se pierde de cosas extraordinarias, eso le pasó a Tomás. Se encontró con la agradable noticia de la resurrección de Jesús, pero como él no estuvo no creyó y lo expresó de esta manera: Hasta que no vea, hasta que no palpe, hasta entonces yo voy a creer que Jesús resucitó.

No podemos pensar que Tomás hubiese sido un discípulo incrédulo. Igual hubiera actuado usted. Es una actitud racional bastante humana, normal. Debemos entender que existe lo que llamamos el conocimiento por los sentidos y el conocimiento por revelación. Y todo ser humano está acostumbrado al conocimiento por los sentidos. Todas las universidades.nos condicionan a pensar y ver todo a través del método científico y nos han hecho pensar que todo tiene que probarse en un laboratorio para creerlo. Todo tiene que demostrarse para creerlo y nosotros vivimos en base a los cinco sentidos, lo que vemos, lo que olemos, lo que gustamos, lo que escuchamos y lo que palpamos, creemos que eso es lo real.

El conocimiento es el niño ciego de los sentidos, porque aunque creemos que todo podemos probarlo, el ser humano se encuentra con el gran valladar que muchas cosas no pueden probarse, los científicos todavía debaten entre ellos cual es el origen de la luz, ¿dónde está el origen del movimiento, cuál es el origen de la fuerza, de la materia? Y se debate en muchas teorías, porque no hay nada que pueda ser científicamente demostrado. Aunque se jactan que todo lo juzgan en base de lo que ven, tocan y gustan, hay muchas cosas en las que creemos  pero no vemos. Por ejemplo, ¿cree que existe el pensamiento, ha visto un pensamiento, de qué color es el pensamiento, de qué tamaño? No lo hemos visto.

Hay fenómenos físicos, por ejemplo, el viento, cuantos lo habrán visto. No se mira, vemos sus efectos, pero no podemos decir que es de alguna manera y la Biblia nos dice claramente que no se sabe de donde viene ni para donde va. Pero ahí está, existe. Todos hablamos del átomo, todos hablamos de la reacción en cadena, de la energía nuclear, ¿pero quién ha visto un átomo, un electrón? No se ve, pero sabemos que existe. Hay muchas cosas en la vida normal que nosotros creemos que existen. ¿Existe la conciencia, la ha visto alguna vez? No se ha visto, no se sabe cómo es. A veces decimos que alguien tiene conciencia negra, decimos inconsciente, no tiene conciencia, pero ahí está. La tenemos, pero nunca la vemos. Lo mismo ocurre con el hombre, que es espíritu que vive en un cuerpo, todos vemos el cuerpo pero ¿quién mira el espíritu de la persona? Ninguno. Y cuando muere, se le va el espíritu, y sin espíritu es un montón de huesos y carne vieja, al rato es corrompida y se vuelve polvo.

Jesús le dijo a Tomás que viera, porque quería ver con los ojos como cualquier ser humano común y corriente, sin embargo, aunque incrédulo, tenía dos virtudes muy interesantes. Se negaba a decir que creía cuando no era cierto. Hay quienes dicen que creen pero no es cierto, mienten. Era honesto, si el no creía en algo lo decía y jamás diría que entendía cuando no fuera verdad, jamás apaciguaría las dudas simulando que no existían. Normal, Tomás tenía sus dudas y la duda nos lleva a la seguridad, porque entonces investigamos, preguntamos, averiguamos y hasta que llegamos a comprender la realidad.

Cuando estuvo seguro – la otra virtud - siguió a Jesús hasta el final. Jesús se apareció la segunda vez, para entonces ahí estaba Tomás, el Señor le dijo: Ven para acá, mete tu dedo aquí en los hoyos de los clavos y lo que hizo el discípulo en ese momento fue disipar todas sus dudas y confesó su fe diciendo: Señor mío y Dios mío. En ese momento se entregó totalmente, sin reservas a Jesús, reconoció su señorío, es decir: tú mandas, yo obedezco. Tú eres el dueño,  yo tu propiedad, yo te pertenezco. Además tú eres Dios, yo soy tu criatura, haz de mí lo que quieras. Cuando Tomás hizo esa confesión, se entregó a la certeza de ser total. De ahí en adelante jamás dudó.

Hay un libro apócrifo llamado Los Hechos de Tomás, que cuenta cómo decidió compartir el Evangelio tan lejos de su tierra. Hay una iglesia en el sur de la India que se llama Tomista, que reconoce sus orígenes en el discípulo y apóstol Tomás. Y se cuenta que el rey Gundaphoros le ordenó que construyera un palacio. Le dio el dinero y lo repartió entre los pobres y cada vez que el rey le preguntaba cómo iba el palacio, le decía va bien, se está construyendo. Un día, por último, el monarca mandó a llamar a Tomás, porque sospechó que algo no estaba pasando como debería, según él. Le preguntó ¿has construido mi palacio? Y respondió ahora no puedes verlo, pero cuando abandones esta vida, lo verás. Cuando nosotros damos a los pobres y damos para la obra de Dios, lo que estamos haciendo es tesoro en el cielo, tesoro para Dios.

Por supuesto hoy en día hay tomases, hay algunos que dicen que Dios no existe, hay algunos piensan que Dios no es real, sin embargo, la Biblia nos enseña en el Salmo 53:1 que “Dice el necio en su corazón: «No hay Dios». Decir no hay Dios es simplemente reconocer que somos necios, insensatos, blasfemos. Cuando vemos alrededor nuestro y vemos el sol, la luna, las estrellas vemos la tierra, el mar, la flora, la fauna, todo lo creado podemos concluir y decir: “Esto no es producto de algo espontáneo, tiene que haber detrás de esta gran creación un creador extraordinario. ¿Quién es ese creador? Dios. Él creador de los cielos y de la tierra y por eso el ser humano siempre ha tenido un testimonio vivo en la creación de la existencia de Dios. Él nos permite tener la dicha de ver su creación, que es la que nos demuestra su existencia.

Abra su Biblia en Romanos 1:18-21: “Ciertamente, la ira de Dios viene revelándose desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los seres humanos, que con su maldad obstruyen la verdad. Me explico: lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo se lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa. A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón”.  La misma creación da testimonio que un arquitecto perfecto está detrás de todo lo que existe. La primera generación de los discípulos, incluyendo a Tomás, vieron a Jesús y creyeron, usted dirá qué dicha la de ellos porque lo pudieron ver, abrazar y estar con Él. Jesús le dijo a Tomás: “Dichosos los que no vieron, pero creyeron”.

A veces creemos que la felicidad está en tener muchos bienes, pero quiero decirle que la cantidad de bienes no determina la felicidad que tenemos. Jesucristo dijo: “La vida del hombre no consiste en la abundancia de bienes que posee”. Y si no pregúntele a varios que han acumulado muchos bienes y están ahora en el Preventivo de la zona 18. Pregúnteles cuántos millones los hicieron felices y en cambio usted no tiene un millón y es feliz. La dicha no está en la abundancia de bienes que tenemos.

Yo le quiero decir a todos los solteros, casarse no los va a hacer felices,  si usted quiere ser feliz, debe ser feliz ahora que es soltero, para cuando se case haga feliz al otro. Usted va a ser dichoso, porque usted decide ser feliz, usted va a ser dichoso, porque sin ver a Jesús, creyó en Jesús y esa es la fuente de la verdadera dicha y felicidad. Va llegar el día en que usted verá a Jesús, aunque no haya creído en Él. La gente cuando se está muriendo - a veces Dios en su misericordia les permite regresar-  cuenta que vio una gran luz y al Señor, pero no todos tienen la dicha de regresar y prepararse.

El día que usted se muera, aunque no haya creído en Jesús, lo va  ver y entonces dirá, Señor yo creo en ti. El Señor le va a decir: “Dichos los que no vieron y creyeron”, porque ahora tú estás viendo y ahora sí crees, pero en el cielo ya no hace falta la fe, allá es suficiente la vista. Aquí en la tierra andamos por fe y no por vista, aquí es donde por fe llamamos a las cosas que no son como si fueran, aquí es donde por fe creemos en Dios y creemos en Jesús como nuestro Señor y Salvador Personal. Por eso ahora entendemos lo que Jesús le dijo a Tomás: “Dichosos los que me ven con vista espiritual, no con vista material, porque ahora, así como tú me vez Tomás y reconoces que no solamente soy tu Señor, sino que soy tu Dios, así vendrán muchos que van a creer en mí como su Señor, como su Dios sin verme”. La ventaja de creer sin ver es que nos permite prepararnos aquí en la tierra para cuando lleguemos a la presencia de Dios nuestro Señor.

1 Juan 2:1 “Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo”.

1 Juan 1:9:” Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad”. Quien conoce a Jesús por fe, tiene ante Dios al abogado por excelencia de su lado. Un día va llegar al cielo, pero va a encontrar a Jesús al lado suyo. Ahí será su abogado, su intercesor, el diablo va a decir: yo doy fe que este era un tramposo, se quedó con la plata de los que confiadamente depositaron en su banco, pero si ese tramposo viene a tiempo como Zaqueo y se arrepiente y se convierte a Dios y cree en Cristo -  ojalá que devuelva lo que se robó, ojalá que devuelva algo, si es que todavía le queda- , va a estar delante del Señor con un abogado a la par, para interceder por él. Ese abogado se llama Jesús.

No hay ni uno que no sea pecador, todos somos pecadores, pero cuando muramos los ángeles nos van a escoltar a la presencia de Dios y cuando se lea el nombre nuestro en el libro de la vida, va a estar con nosotros Jesucristo, quien desde ya está haciendo la labor de abogado, dándonos consuelo, dándonos intercesión, orando por nosotros allá con el Padre. Uno y otra vez se cae en el mismo pecado, pero Él intercede por nosotros, porque Él quiere que nosotros seamos salvos.  Juan 3:16-18: “»Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios».

Todos sabemos Juan 3:16 de memoria, muy pocos Juan 3:18, “El que cree en Él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre  del Hijo unigénito de Dios”. Si usted ha dicho: Yo voy a creer en el Señor después que deje este puesto, porque me estoy quedando con mucha plata. No puede ser buen cristiano y ser ladrón al mismo tiempo. O quizá usted dirá: Yo voy a creer en Dios cuando deje este escuadrón de la muerte, porque no puede estar matando gente y ser cristiano. O usted dirá: Yo voy a ser cristiano cuando se me muera la amante, porque me encanta y no puedo ser cristiano teniendo una amante. Yo le Quero decir una cosa, más vale que crea ya, porque en el momento en que usted decide no creer, usted decide estar condenado. No es que lo van a condenar, usted ya está condenado por sus palabras, por su confesión en contra de la fe en Cristo.

Hay un pasaje que asusta pero también es real en Apocalipsis 20:11-15: “Luego vi un gran trono blanco y a alguien que estaba sentado en él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo, sin dejar rastro alguno. Vi también a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Se abrieron unos libros, y luego otro, que es el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados según lo que habían hecho, conforme a lo que estaba escrito en los libros.

Le recuerdo, todo lo que hacemos hay alguien en el cielo tomando nota. Usted cree que nadie sabe, pero cuando llegue al trono le van a decir de las cuentas que tiene en Suiza, de las cuentas que tiene allá, de todo lo que usted cree que nadie sabía, ahí está. Sigamos. El mar devolvió sus muertos; la muerte y el infierno devolvieron los suyos; y cada uno fue juzgado según lo que había hecho. La muerte y el infierno fueron arrojados al lago de fuego. Este lago de fuego es la muerte segunda. Ya está la muerte física, usted deja aquí su cuerpo y se va, luego la muerte segunda, cuando a usted lo reúnen con su cuerpo resucitado y lo separan de Dios y ahí estará en el infierno. Aquel cuyo nombre no estaba escrito en el libro de la vida era arrojado al lago de fuego”.

El mismo Evangelio que predicó Jesús condenará a los que no crean y esas mismas palabras serán su juicio. Jesús es el Juez justo que dará a cada quien como merezcan sus obras. De usted depende, creer en Jesús y tenerlo como su abogado ante el Padre o creer en Él cuando ya no se pueda hacer nada y esté en el juicio final y Jesús ya no sea su abogado sino ahora sea su juez. ¿Cuándo creerá? Va a creer  aquí o va creer allá.  Jesús dijo: “Dichosos los que no vieron y creyeron”.

Escuche

La fe viene por el oir…