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Lea

La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

Leí hace algunos meses el libro “Con las manos cerradas”,  de Henry Nouwen, profesor  por muchos años de  religión y filosofía  en las más prestigiadas universidades de los Estados Unidos y autor de varias obras espirituales, muy respetado desde el pasado siglo. Después de muchos años de carrera profesional se retiró para servir en un hospital psiquiátrico en Toronto, Canadá. En sus diarios cuenta que aquellos fueron los mejores años de su vida cristiana y de su vida profesional, en ese tiempo aprendió a valorar y disfrutar el amor de Dios, como nunca antes lo había visto. Habla mucho de un jovencito de 14 años que no podía hacer nada por si mismo, tenía una severa limitación mental además físicamente estaba discapacitado. Henri fue la persona que cuidó de este chico por mucho tiempo, le sirvió, lo alimentó, lo bañó y relata que “Aprendí el amor de Dios y lo que significa atendiendo a Sammy, un chico que ni siquiera podía darme las gracias por lo que yo estaba haciendo por él, pero aprendí el poder del amor de Dios que ha venido a darnos lo mejor que tenía cuando nosotros no podíamos pagar nada, ese es el amor del Señor”. Y dedica esos años a trabajar en ese lugar.

Quiero compartirles algunos pensamientos que encontré en ese libro. El primero despertó mi atención tremendamente y dice: “Orar no es asunto fácil, exige una relación en la cual dejas que otra persona llegue al centro mismo de tu persona. Descubre aquello que preferirías dejar en penumbras y toca aquello que preferirías dejar intacto”. Henri está apuntando a una realidad transformadora de la oración. Nos está diciendo que cuando nos atrevemos a adorar y a orar estamos entablando literalmente una conversación, con una persona que viene a nuestra vida a cambiarnos, que tiene el propósito que seamos felices, pero que la felicidad desde la perspectiva de Dios Padre tiene que ver con transformar tu humanidad, para que refleje la belleza y perfección de Su carácter aquí en la tierra. Y para ser transformados a la imagen de nuestro Señor es un proceso que nos invita a iniciar. Es peligroso para tu aparente seguridad, porque va a pedir  permiso para tocar y abrir puertas de bodegas de tu corazón, que tú no quieres que nadie abra,  te va a apuntar e indicar cosas que en tu vida no están bien y que quiere cambiar. Te va a mover el piso muchas veces.

Yo quiero ayudarte a salir de la idea que cuando se viene a la iglesia, se viene simplemente a cantar canciones románticas, luego quizás lloras un poquito porque te conmoviste, vas a  casa y todo sigue igual. El tema con el cristianismo es que el cristianismo te introduce a un proceso transformador que sacude tu humanidad, que la confronta, que la quebranta. Adorar a Dios, orar no es fácil. Y ante este mensaje y esta realidad muchos de nosotros tendemos a decir: -Bueno Señor, está muy bonito, pero, déjame como estoy-. Muchos de nosotros nos hemos acercado a Dios en algún momento queriendo orar, pero con las manos cerradas, queriendo ser cambiados pero no tanto, queriendo conversar con Dios, pero queriendo escuchar solo lo que queremos escuchar, y no necesariamente lo que Dios tiene que decirnos.

Y muchas veces, precisamente, porque orar es peligroso en ese sentido, es amenazante y entonces tendemos a cerrar los brazos. Yo me he dado cuenta que, por lo menos en mi vida muchas veces, hay momentos en los cuales he estado caminando espiritualmente con brazos cruzados, puños cerrados, queriendo recibir de Dios, pero sin poder recibir de Dios, porque no tengo la disposición para hacerlo y tampoco estoy consciente de ello. Yo les quiero compartir cuatro razones que encontré en mi vida y espero que te sirvan a ti, son cuatro cosas, cuatro aspectos, cuatro razones en las cuales muchas veces caminando con Dios lo hacemos con las manos cerradas. Mí intención es que te puedas liberar, que abras esas manos para que puedas disfrutar lo que es la oración, que puedas disfrutar lo que es la vida cristiana.

1.- Cerrando las manos. Cerramos las manos muchas veces, porque es más seguro aferrarnos a un pasado que conocemos, que a un futuro que Dios nos está llamando a vivir. A veces es más seguro, o creemos que es más seguro, mantenernos en control de lo que por lo menos conocemos. A veces nos aferramos a lo único que conocemos, aunque no sea tan bueno. Cuenta Henri que en el hospital había a una mujer que estaba fuera de sí, tres o cuatro hombres tenían que sostenerla, porque su fuerza era enorme. Cuando lograron controlarla, todavía sostenía sus puños aferrado al pecho. Cuando lograron abrir un puño encontraron una moneda. Era toda su vida, dice el autor del libro que era como si toda su vida se cifrara en esa moneda y al soltarla ella perdiera hasta su propia identidad o el último rasgo de razón que le quedaba en el mundo.

Pero el tema es que cuando tú y yo nos acercamos a Dios la invitación es para ti, para que abras los puños y sueltes lo bueno y lo malo, lo que te duele, a lo que estás acostumbrado, porque Dios quiere darte algo mejor, Dios quiere llevarte a un mejor futuro, Dios quiere ofrecerte su Espíritu Santo.

2.- El disgusto. La segunda razón por la que cerramos los puños cuando estamos frente a Dios, es porque muchas veces estamos disgustados con alguien. Muchas veces estamos resentidos, hemos sostenido la ofensa que alguien nos hizo, muchas veces estamos realmente irritados porque un amigo, una persona, nos faltó, nos traicionó. Y un resentimiento produce que cuando te acerques a Dios, aunque tú digas con tus labios yo quiero recibir de ti, estés con el puño cerrado.

La presencia de Dios tiene que ver con atreverse a venir a la luz de luces, al que es perfecto, aquel cuyo juicio es perfecto, que puede desnudar tu corazón, y en su gran amor nos revela muchas veces dónde estamos para sacarnos de ahí. Dios nos ama tal como somos, pero nos ama tanto que no nos va a dejar en donde estamos hoy. Él nos quiere cambiar, el te trajo para cambiarte este día, Él te trajo para liberarte de tus resentimientos, para liberarte de esa irritabilidad, para liberarte de esa envidia, de ese enojo, para que sueltes esas palabras que alguien habló contra tu persona y tú todavía las sigues repitiendo, para que sueltes esa moneda. Dios quiere sanarte de esas cosas. Jesús dijo: Si alguno de ustedes quiere venir a orar, pero se da cuenta que su hermano tiene una ofensa, deja la ofrenda en el altar, váyase y arregle su rollo y luego venga y adore a Dios. Tenemos que aceptar que si Dios quiere hacer algo en nuestra vida, primero tenemos que liberarnos de esas cosas para que tú y yo podamos levantar manos santas, limpias y podamos tener comunión con nuestro Señor.

3. A la defensiva. Yo creo que muchas veces cerramos las manos, porque la vida, el mundo, nos ha enseñado a estar siempre a la defensiva. Muchas veces me di cuenta a lo largo de mi vida cristiana que yo no bajo la guardia aún con Dios. Soy de esas personas que creyó por mucho tiempo y lo explico de esta manera, que para conquistar cosas en la vida cristiana especialmente santificación, yo necesitaba sudar mucho por eso. Necesitaba pelear mucho, necesitaba sufrir un poco para que pasaran esas transformaciones en mi vida. Me he dado cuenta que ese pensamiento yo lo traje del mundo, porque en el mundo el que pestañea pierde, en el mundo cuando usted descuida la espalda muchas veces le van a pasar cosas que no le gustan. En el mundo hemos aprendido que para escalar en la compañía hay que pelear y pasar por encima de todo el mundo, aunque sean amigos. Y muchos vienen a la iglesia así. Estuvimos tan llenos, tan tensos, tan a la defensiva a lo largo de tantos años que no confiamos a veces de los hermanitos que están por ahí. Estamos igual en la iglesia, muchas veces tratando de ver donde servirle a Dios y con mucho cuidado advirtiéndole a los demás: No te metas en mi camino, porque te puedo bendecir en el nombre del Señor, puedo servir de instrumento a Dios para que llegues a tu destino más pronto de lo que quieres. Estamos siempre como a la defensiva. Yo cuento y me recuerdo de la historia de Jacob, porque necesitaba ser cambiado, pero no sabía cómo, porque siempre había peleado, siempre había mentido, siempre había arrebatado las cosas. Dios se encontró con Jacob en Peniel y cuando el ángel del Señor vino a saludarlo, Jacob vino y le hizo una llave seria y por las próximas horas ese ángel estuvo peleando con este tipo que no lo soltó ni un minuto. El hombre peleaba y peleaba y el ángel le decía suéltame, y la respuesta era que no lo soltaría hasta que lo bendijera. Yo he aprendido que para conseguir cosas en la vida hay que pelear, pero en el reino de Dios no es el que pelea, no es el que corre con su fuerza el que consigue ser transformado, más bien es aquella persona que se rinde a Dios que es transformado por el Poder de Dios. Y es por eso que el Señor le dice a Jacob: Suéltame y te voy a bendecir y no es sino hasta que el Señor lo hiere y en el piso le dice: ¿Cómo te llamas? Y Jacob fue transformado por el Poder de Dios, el nombre de Jacob se cambió.

¿Por qué estás peleando el día de hoy, por qué estás tan a la defensiva? ¿Por qué estás tan tenso a veces, aún en la presencia del Señor? Abre las manos, ríndele esas cosas a Dios.

4.- No nos gusta depender. Cerramos las manos, cerramos los puños porque no nos gusta depender de otra persona. No sé si a usted le ha pasado. A mí me pasó cuando mis padres se separaron yo tenía que ir muy a menudo al negocio de mi papá y pedirle dinero para las cosas de la casa y a mi no me gustaba,  algunas veces si, porque si lo encontraba de buenas me daba todo lo que mamá necesitaba y un poco para mi, para comprarme lo que quisiera. Era el mejor papá del mundo, en ese momento. Yo creía que la historia se repetiría al día siguiente. Pero ese día con tan mala suerte que papá estaba de malas y cuando estaba de malas abría la boca y era terrible lo que salía de ella. En esencia era el reclamo. Me daba tanto coraje que salía indignado.

Yo me volví muy independiente, lo cual no es tan malo excepto cuando la independencia en este sentido se construye sobre la base del orgullo, ese es el problema, porque cuando tú eres independiente parado en tu orgullo no le recibes nada a Dios y Él no le da nada a esas personas, porque la Biblia dice: Dios resiste a los soberbios, pero da al humilde. Humildad es una calidad de espíritu que te ayuda a reconocer tus limitaciones, te hace tener una perspectiva correcta quién tú eres. Tus atributos, también tus limitaciones. Dios no le da a los orgullosos y los orgullosos no quieren ni pueden recibir nada de Dios. El libro de Santiago le dice a los cristianos que “ustedes piden,  pelean, se sofocan y tienen envidia. No todos reciben, porque no saben pedir. Pero más adelante dice: Y piden pero no pueden recibir, porque Dios resiste al orgulloso, pero le está dando solamente al humilde. Pídale a Dios que le dé gracia, para que Su Palabra revele dónde está su corazón. A mi no me gustaba depender de nadie, pero he llegado a darme cuenta en las cosas de Dios que, para poder recibir, necesito abrir las manos.

Termino dándole tres consejos para que usted viva con manos abiertas delante de Dios.

1.- No tenga miedo. No le tema a un futuro nuevo que Dios está trayendo, no le tema a nuevas oportunidades que Dios pone delante de usted, no le tema a retos nuevos que Dios está trayendo a su vida. Despida esos temores en el nombre del Señor. No le permita al temor que le robe a su vida de oración, no le permita al temor que lo deje callado, cuando necesita hablar con Dios.

Hace muchos años estaba en Bolivia y un amigo nuestro nos llevó a un campo de cuerdas,  así le llamaban ellos a un lugar de entrenamiento y cursos para ejecutivo de compañías, el profesor de este curso tuvo la grandiosa idea de construir, poner unos postes de ocho o diez metros y cuerdas sobre esos postes, y se le ocurrió llevarnos  para subirnos y que camináramos sobre las cuerdas. Y todos mis músicos pasaron, les dijeron como conectarse con las cuerdas y se tiraron. Y al final me dijo ahora te toca, -cómo, yo soy el líder, el líder siempre tiene que estar más seguro que los demás, cómo se te ocurre que yo suba-. Y me contesta -Tú debes dar el ejemplo, debiste ser el primero-. Y me preguntó por qué yo no quería y no quería contestar, pero la realidad es que yo estaba que me moría de miedo. Y entonces este señor me dice: -Yo sé lo que te está pasando, tienes miedo. Subí, y me lancé, porque esta era la mejor opción para bajar. Y lo hice por algo que este hombre me dijo: hay terroristas internos que te han dicho que no puedes y les has creído, pero el Señor te dice no temas yo estoy contigo  No tenga miedo.

2.- Libérate del temor. Abracé la esperanza. Henri Nouwen dice en su libro: Aquel que ora, ora porque tiene esperanza y si no tiene esperanza usted no puede orar, porque abrir el diálogo con Dios implica que está esperando ser beneficiado por ese maravilloso Señor. Jeremías  29:11 dice: Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza”. Usted debe de creerlo conmigo. Viva con esperanza. Libérese del temor.

3.- Déjese guiar de Dios. Comparto un pensamiento más. “Puedes dejarte guiar sin saber hacia donde. Solamente sabes que la libertad que te trajo el aliento de Dios en tu vida te llevará a una nueva vida, aún cuando la cruz sea la única señal que puedas ver”. Aquel que ora hasta esa señal, habrá perdido su carácter temeroso. Pedro le decía al Señor, te amo, pero no te sigo hasta la cruz, pero cuando Jesús lo confronta en Juan 21 le dice, tú no puedes llegar como estás, tú has vivido toda tu vida conducido por tu ego, pero a partir de ahora, vas a aprender a que otro te ciña  y tu extiendas las manos y otro te guíe a donde tú puedes llegar solo.

Yo te invito en el nombre del Señor a que abras las manos y te dejes guiar por Dios, a que dejes tratar de controlar lo que va a pasar o cómo va a pasar o cómo tu futuro va a ser y simplemente le digas al Señor: Sé que tú eres bueno, que tú me vas a guiar a lo mejor, siempre.

Escuche

La fe viene por el oir…