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Lea

La esencia de prédicas para leer en menos de 5 minutos…

Todos los que hemos tenido la dicha de conocer a nuestra madre podemos decir que tuvimos una madre ejemplar, una madre modelo. Hay quizá algunas excepciones. En esta época el concepto de familia está siendo atacado, porque para muchos familia son dos muchachos que se casan o se arrejuntan como dicen en Guatemala o  son muchachas las que forman familia. Por eso es importante recordar cuál es el modelo de madre que necesitamos tener.

En la Biblia se nos habla de una familia en la que curiosamente no aparece en ningún momento el padre o al menos no aparece el nombre  y no figura. No sé si esta fue una familia en la que murió el padre tempranamente o se divorciaron y esta madre tuvo que criar a su hijo como una madre soltera, viuda o divorciada. Y ante esta realidad apareció un personaje notable en la historia, sobre todo notable en la historia bíblica, era un hombre perseguidor de la iglesia, Saulo de Tarso.

Al convertirse al Evangelio se transformó en el apóstol Pablo. Y el apóstol Pablo estuvo casado, porque fue miembro del Sanedrín. No sabemos por qué nunca aparece la esposa, quizá se murió o quizás lo dejó cuando él se convirtió al cristianismo, no sabemos. Pablo tomó a varios jóvenes como a Timoteo y le ofreció una figura paternal. Hay dos cartas en el Nuevo Testamento que él le escribió, y en la segunda le dice: Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, según la promesa de vida que tenemos en Cristo Jesús, a mi querido hijo Timoteo: que Dios el Padre y Cristo Jesús nuestro Señor te concedan gracia, misericordia y paz. Al recordarte de día y de noche en mis oraciones, siempre doy gracias a Dios, quien sirvo con una conciencia limpia como lo hicieron mis antepasados. Y al acordarme de tus lágrimas, anhelo verte para llenarme de alegría. Traigo a la memoria tu fe sincera, la cual animó primero a tu abuela Loida y a tu madre Eunice, y ahora te anima a ti. De eso estoy convencido. Por eso te recomiendo que avives la llama del don de Dios que recibirte cuando te impuse las manos. Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio.

Me impresiona que Pablo comience la carta diciéndole a su hijo Timoteo que  existe la promesa de vida que tenemos en Cristo Jesús. Debemos enseñar a  nuestros hijos, como padres, que hay una promesa de vida en Cristo. No solamente en la vida biológica física que les damos a ellos, Pablo no le dio a Timoteo sus genes físicos, no fue el padre biológico, sin embargo, funcionó como el verdadero padre. Le formó a este joven la imagen paternal que le hacía falta.

Toda madre y todo padre tienen que proyectarle esa imagen a sus hijos y darles participación en esa promesa que hay vida en Cristo Jesús. Pablo llegó a comprender que la vida sin Cristo no es vida, por eso dijo “Para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia”. Cualquier hijo de nosotros que viva la vida lejos de Cristo va a llevar una vida triste. Quizá logre éxito profesional o artístico o político, pero va a tener en su corazón un vacío existencial muy grande que nunca podrá llenar, a menos que nosotros lo induzcamos a entrar en esa promesa de vida. Dios ha prometido que el que cree en Jesús será salvo él y su familia. Y todo padre tiene que buscar la manera que sus hijos reciban el beneficio de esa promesa.

Es interesante que aquella época escribiera  y le dijera: “A mi querido hijo”. Todo ser humano tiene necesidad de ser amado, todos queremos y necesitamos ser amados. Qué bueno, cuando tenemos unos padres que nos aman, que nos abrazan, que nos besan, que nos dicen  que nos quieren. Si algo sufre hoy la humanidad, es  falta de amor, de padres que no expresan a sus hijos ese amor que ellos necesitan. Yo sé que muchos padres aman a sus hijos, pero están como congelados, como trabados, como apenados de decirles a sus hijos que los aman. Ellos saben que  los amamos, que trabajamos para ellos porque los amamos, pero necesitan que se los digamos: hijo te quiero mucho, aunque llegue con las notas en rojo, te quiero mucho.

Hace poco leía un comentario de alguien que decía: “Usted nunca ha oído hablar a alguien que diga este es mí ex hijo, usted nunca ha oído que alguien diga esta es mí ex mamá. Porque usted nunca se puede divorciar de su hijo, usted no puede divorciarse de su mamá”, aunque hay hijos que quisieran divorciarse de ellos, pero no se puede. Por eso es tan importante amar a nuestros hijos y desearles, como leímos, tres cosas: gracia, misericordia y paz.

Gracia es tener lo que no merecemos. Muchos tenemos hijos que merecen todo lo que les damos. Pero hay hijos que no lo merecen. Sin embargo, podemos desear que tengan lo que no merecen., que tengan una buena esposa, que tengan buenos hijos, que tengan un buen trabajo, que tengan seguridad, que tengan protección. Hay hijos rebeldes, malcriados, pero nosotros deseamos para ellos gracia, que tengan lo que no se merecen.

Que tengan misericordia. No sufrir lo que merecemos.  Hay hijos que merecen el castigo, que merecen la cárcel, merecen la muerte, pero les deseamos misericordia para que no sufran lo que sí merecen. Y paz, contentamiento en medio de la tormenta, Todos sabemos que nuestros hijos van a pasar por tormentas o enfermedades o dificultades familiares o problemas en sus trabajos, y por eso es tan importante que nosotros tengamos ese concepto claro que nuestros hijos necesitan paz, para tener contentamiento en medio de la tormenta.

Los padres modelo fomentan servir con una conciencia limpia y por eso oran por sus hijos. Usted no quiere que sus hijos caigan en la delincuencia, que figuren en los titulares de los medios de información como estafadores. ¿Cómo se sienten los padres de esos hijos al ver los titulares donde señalan a sus hijos como criminales, secuestradores, delincuentes? Por eso los padres debemos orar por nuestros hijos. Un día un padre pasó frente al cuarto de su hijo cuando este oraba diciendo: -Dios, yo quiero ser tan bueno como mi papá-. El padre salió corriendo a su cuarto y se arrodilló y dijo: -Dios ayúdame a ser tan bueno de veras para que cuando mi hijo crezca sea como yo-. Los hijos necesitan ver en sus padres buenos modelos, que tengan conciencia limpia. Los padres se llenan de alegría al ver a sus hijos madurar en la fe.

Por eso Pablo dice: Y al acordarme de tus lágrimas, anhelo verte para llenarme de alegría. Los hijos pueden llenarnos de alegría y por eso es bueno estar con ellos en el colegio, en el deporte, en sus participaciones artísticas. Y los hijos lloran, sufren. Por eso es que cuando nosotros vemos a nuestros hijos crecer en la fe, en la gracia, podemos llenarnos de alegría.

No disfrute por el fracaso de sus hijos, todo lo contrario, llore con ellos, alégrese con ellos, disfrute con ellos. Demuestre una fe sincera. Loida, Eunice, la madre de Timoteo, fueron mujeres sinceras, según Pablo. Los hijos saben cuando nosotros somos genuinos, somos fieles.

Nosotros tenemos que ser personas sinceras, mostrarnos tal como somos y mostrarnos de sábado a domingo, aquí o en cualquier sitio de la misma manera, sobre todo en la casa, para que nuestros hijos vean que somos personas sinceras, creyentes genuinos y fieles. La tarea de los padres es estimular a los hijos. Por eso Pablo dice: recomiendo que avives la llama del don de Dios que recibirte cuando te impuse las manos. Todos los padres podemos imponer manos sobre nuestros hijos, no sólo para pegarles. Ojalá que nunca tengamos por qué pegarles, sino para acariciarles y estimularles, para despertar en ellos los dones que Dios ha puesto en sus corazones.

Cuando oímos testimonios de grandes pintores como Pablo Picasso que le dan gracias a su mamá, porque ella fue quien los estimuló  a pintar. Dar gracias a sus padres porque ellos fueron quienes los animaron  para cantar, para tocar. No desanimemos a nuestros hijos. Quitemos de nuestro vocabulario aquellas frases de: “Tú no puedes”, “Tú no sabes”, “Tú no vas a lograrlo”. Por el contrario, digamos a nuestros hijos: “Tú puedes”, “Tú siempre puedes”. Y que desarrollen esos dones que pueden servir a la humanidad y sobre todo que se apasionen del Señor. Padres, si sus hijos no viven apasionados por el Señor, tenemos que hacer algo por avivar ese don.

El trabajar, no importa en cualquier profesión, no es pretexto para dejar de asistir a servir al Señor, porque Él es la causa principal de nuestra existencia. El propósito de nuestra vida es de agradar a Dios, hacer la voluntad de Dios. Y por eso cuando dice Pablo que Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio. Nos da una lección fundamental que debemos transmitir a nuestros hijos. Muchos de nuestros hijos, quizás nosotros mismos también, hemos crecido tímidos, hemos crecido temerosos. Nos han dicho: “Tú no puedes, porque vives en este país donde no se puede”, “Tú no puedes porque has nacido en este barrio donde no se puede”, “Tú no puedes, porque vienes de esta raza que no puede”. Y nos han metido la idea que no podemos. Yo quiero recordarles ustedes que nosotros todos en Cristo Jesús y con la ayuda de Dios sí podemos, podemos salir adelante, podemos vencer las dificultades, podemos triunfar, podemos con la ayuda de Dios adquirir nuestra casita que tanto necesitamos. Podemos, si es que estamos en el proceso de estudiar en la Universidad, podemos ser buenos esposos, podemos ser buenos hijos, podemos ser buenos patronos, podemos ser buenos ciudadanos y enseñar a nuestros hijos a que Dios no nos ha dado espíritu de timidez, que Dios no nos ha dado espíritu de temor. Dios nos ha dado espíritu de poder. Sí se puede. A veces vemos a nuestros hijos soñar, quisieran hacer tal cosa, y en vez de decirle: hijo no sueñes, no se puede. Al contrario, dígale “Se puede hijo”, “Sí se puede”.

Claro que sí se puede. No acepte la idea que le ha  vendido alguien alguna vez, que no se puede. Usted está muy viejo para aprender. usted no está muy viejo para aprender. Mi hijo está muy chiquito paras hacer tal cosa. No, no está muy chiquito para hacerla. Sí se puede. Empiece ahora, Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, ni de temor, sino nos ha dado de poder, de amor y dominio propio. Si algo debemos enseñarles a nuestros hijos es amar.

“Dios nos amó de tal manera que dio a Su Hijo unigénito para morir por nosotros”. Dios amó a todo el mundo, a pesar que en el mundo todos estábamos en calidad de pecadores. Ese es el amor que dice Dios debemos tener cuando nos enseña amar a con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Poder, amor, dominio propio. Si algo nos hace falta es enseñar a nuestros hijos el dominio propio.

Escuche

La fe viene por el oir…